Larga distancia

Ilustración: Vanessa Ortega. Toditos los derechos reservados.

Con pocos días en Barcelona, una amiga española que ahora vive en mi lejana tierra, me puso en contacto con un amigo de ella. Lo hizo porque pensó que nos haríamos compis/yuntas/amiguetes/causitas, pero no fue así. No sé bien qué pasó, pero de esa única conversación hay algo que siempre recordaré. Él me decía que una de las tantas cosas que odiaba de la crisis (además de la inestabilidad económica, claro) era ver cómo se iba la gente que quería. Fuga de talentos, le llaman.

Me decía que muchos de sus amigos se habían ido a otros sitios buscando algo mejor. Algo. Y que él prefería no comunicarse mucho con ellos. “¿Y eso?”, le pregunté. “Todo bien con esto del Skype, con verlos contentos y hacernos muecas. Pero, ¿sabes?, no los puedo abrazar…”. En ese momento, no le di mucha importancia a su comentario y como sucede con toda la información nueva que entra a mi cerebro fue a parar al rincón de “Importante para usar después” (como la química, las ecuaciones exponenciales y el francés).

Un domingo del invierno que pasó, mis amigos se reunieron en el que era mi piso, allá a 9.000 km de distancia. Se juntaron a almorzar en manga corta y sudando porque era verano. A alguno se le ocurrió llamarme por Skype y hablamos lindo y nos hicimos muecas, efectivamente. Al cortar la comunicación y escuchar ese ruidito propio del Skype equivalente a “Hastalavistababy”, sentí como si me hubiesen reemplazado el corazón por una bolsa de aire. Efectivamente, no los podía abrazar para despedirme. Sus voces atolondradas con su bonito acento se habían ido también. Y yo, envuelta en una batamanta tratando de no caer triste.

Hace no mucho y también por Skype, mi madre me contó que tuvo un pequeño accidente casero. Otra vez, la bolsa de aire en el pecho. Pensar siempre lo peor (por qué no estuve ahí, y si hubiese sido más grave, y si no hubiese tenido seguro, etc.) y en ese instante darme cuenta que por mucha tecnología que nos permita estar conectados, tenemos un océano que nos separa y que ya no puedo decir: “Estoy en 10 en tu casa” y llegar tan campante, dar un besito (y no dos) y abrir la primera chela mientras me cuentas tu día. Y que debo resignarme a perderme bodas, nacimientos, celebraciones, ascensos y primeros pasos, pero al mismo tiempo darme cuenta que aquí también voy teniendo con quiénes celebrar. Y esa sensación, buena para el ego sin duda, de que la vida conmigo o sin mí sigue su puto curso.

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