¿Quiénes somos?

Las perdidas somos dos sudamericanas en Barcelona. No sabemos qué hacer con nuestras vidas, pero nos une un hecho: dejamos la estabilidad de un trabajo y un entorno más o menos conocido para enfrascarnos en una búsqueda personal y profesional.

Una perdida


Soy una desarraigada sin remedio. Desde que dejé mi hogar, hace diez años, me he mudado siete veces de casa, cuatro de ciudad, dos de país y una de continente. En el camino dejé trabajos perfectos, ofertas aún mejores, billetes de todas las denominaciones y tangas en apartamentos en los que no debería haber estado. En Buenos Aires dejé colillas de cigarro en todas las paradas en las que esperé un colectivo. Ahora vivo en Barcelona. Me busqué un sobreático lindo para compartir y dejé de consumir lácteos. Aquí hablo todos los días con mi mamá y por primera vez lloré con una película, también me saqué el carnet de la biblioteca y voy casi todos los días. Una noche caminando por el Raval le pregunté a Barcelona si me quería. Aún no me responde.

Otra perdida


Yo tenía un piso propio, un gato al que me gustaba observar por horas, padres devotos, amigos incondicionales con distintos problemas mentales y un puesto de trabajo. Hace dos años dejé de tener esposo y volví a ser soltera. Y todo aquello que di por sentado, se puso en duda. ¿Debería dedicarme a escribir hasta que me sangren los dedos?¿Continuaría viviendo en mi pisito clasemediero con arte utilitario adquirido a crédito?¿Me volvería una de esas solteras que enseñan fotos de su gato a desconocidos? Dejé familia, amigos, piso y trabajo y vine a Barcelona. Antes de partir, me hicieron una despedida en la que me emborraché hasta alucinarme estrella de rock e hice crowd surfing. En el aeropuerto, lloré antes de entrar a la sala de embarque. Mi mamá me abrazó y me dijo: “No se llora”. Doce horas después estaba esperando a mi roomie en la calle Calabria. Él llegó en moto y con una sonrisa. Solo he vuelto a llorar cuando tuve fiebre de 40ºC.