Ilustración: Vanessa Ortega. Toditos los derechos reservados. No piratees.


Reflexión del peine


Me empecé a peinar por pobre. En mi país, calurosito y tropical, me podía lavar el pelo todos los días sin remordimiento, el sudar todos los días (a causa del clima, la playa o exceso de actividad) me lo permitía. Era un derecho, no un privilegio.

Un trabajo estable y bien pagado me daba el status para pararme frente al estante de productos para el cabello y comprar marcas que ahora solo veo lejanas, en tiendas especializadas, en la repisa más alta. John Frieda, Kérastase y Schwarzkopf eran mis amigos, sus manos mágicas en forma de crema para peinar y bálsamos con brillitos acariciaban mi cabello húmedo todos los días para después dejarlo libre a merced del viento. Nunca supe lo que era un peine.

Hasta que llegué a Europa, a su abundancia de pelos lisos y (¡horror!) su ausencia de cremas para peinar. El primer preinfarto lo tuve en Carrefour, no solo un champú costaba 4.85€, sino que la variedad de productos para los rizos se basaba en espumas. Una sustancia mutante que pasa de estado semilíquido a semigaseoso en cuestión de segundos, apoderándose de mi mano y luego de mi pelo, para dejarlo con una textura más bien plástica de falsa humedad, como un espejismo en la mitad del desierto. “Prueba en El Corte Inglés”, dijeron. Ahí supe que tendría que renunciar a tres desayunos por semana si quería mantener una imagen respetable.

Luego vino el invierno y la imposibilidad de salir con el pelo mojado sin que mis orejas estuvieran en riesgo de desprendimiento a causa del frío. Todos los factores jugaban en contra de mi frágil economía: los 20 minutos adicionales de agua caliente para lavarme y desenredarme los rulos, el secador de pelo en las mañanas jalando electricidad como una plancha, mi compañera de piso quejándose todas las mañanas del ruido, y yo sin poder pagar un piso sola. Una mañana miré mi imagen en el espejo, un pollito remojado con la gaveta llena de productos baratos incapaces de controlar mi exceso de trópico en temperaturas de un dígito, y me resigné.

La próxima inversión sería un peine, accesorios de todos los tamaños y pinzas invisibles, de esas que usan para peinar a las novias. Con ayuda de youtube aprendí a hacer trenzas, colas y moños con una sola mano. Tuve que seguir el consejo que tantas veces me dieran afamados peluqueros: “lávate el pelo día por medio”, mientras yo los miraba condescendiente desde mi trono de silla de salón de belleza pensando que no sabían de lo que hablaban, que sólo alguien que hubiera crecido con rulos sabe lo que es despertarse en la mañana como Chewbacca.

Ahora parezco propaganda de Dove, dando mi testimonio de caso exitoso a las pelo rulo del mundo: “Desde que descubrí el lavado día por medio, mi pelo ganó fuerza y brillo. ¡Me siento más segura y menos pobre que antes!”. Quién diría que la libertad tiene forma de peine.