Volver

He vuelto a casa. O a mi casa de acá. Es decir, me subí a un avión y pasé 12 horas con mucha gente desconocida y quise ver un poco del mar antes de aterrizar, pero un jovencito estaba haciéndose selfis con el Pacífico y no se pudo. Pero olía a Lima desde allá arriba: una mezcla de mar y humedad. Y luego gente, mucha gente que saluda, habla y pregunta cosas con ese acento que he ido perdiendo. Paso los primeros días esforzándome para que no salga un “vale” en vez de “ya” o un “móvil” en lugar de “celular” y así. Hasta que mi cerebro decide resetearse solo y otra vez aparecen los “pero qué ajco”, “alucina”, “huevada”, “pendejo” y “pucha” en mis conversaciones.

Lima y su eterno manto de niebla desde lo alto. Foto: descubrelima.com

Luego toca una maratón social y una avalancha de besos, abrazos y comida y mamá me mira raro por los ruidos de placer que suelto cuando como olluquito. De repente tengo una agenda que revienta. Me siento como el juguete estrella de la navidad, el que todos quieren. No tengo una tarde o noche libre y no pienso demasiado en que repito lo mismo hace días. Vuelvo a mis bares favoritos, que son dos nomás, y todo sigue igual, salvo los precios. Visito a más gente, me subo a buses con rutas largas y sudo y me leo un cuarto de una novela durante el camino, pero nada de eso importa demasiado. Porque vuelves a estar con tus compinches y tal vez hablan de cosas que ya se contaron en Facebook, pero es diferente. Es mejor.

Nick Hornby y su sabiduría de vida en thethingswesay.com

Sin embargo, los juguetes estrellas pasan de moda. Porque, tú sabes, el verano va llegando a su fin, se vienen los gastos escolares y la vida misma y ya no puedes andar jugando. La rutina se instala y permisito amiguita que toca seguir. También pululan fantasmas del ayer en forma de gente o de recuerdos. Algunos fantasmas son como Gasparín y son buena onda y te puedes sentar a tomar un té con ellos. Pero hay otros que son aterradores como peli de horror japonesa.

A veces, generalmente de noche y durante esos escasos tres minutos que me toma dormir profundamente, me pregunto: “¿habré hecho lo correcto?”. A la mañana siguiente, muy temprano porque al parecer no necesito despertador en el hemisferio sur, le confieso a una amiga que siento que la temporada de Lima (siempre he creído que mi vida es una suerte de sitcom maníaca) se está acabando y no estoy segura si habrá otra más. Con toda su sabiduría, ella responde que no hay final de temporada, simplemente todo continúa. Y es eso. La sitcom de mi vida funciona mejor con puntos suspensivos y coquetear con una temporada más que está en constante negociación “con los directivos” que podrían ser la oficina de extranjería, una cáscara de plátano en el suelo esperando a que me desnuque o sacarme la lotería. Así que parece que esta historia, la mía, aquí o allá, continuará…

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