Late Bondi #2
Gasto horas mirando el techo negro de la carpa, acomodándome en distintas posiciones adentro de la bolsa de dormir. Afuera escucho el piano y la voz grave del dueño del camping que canta Café La Humedad. Más temprano, mientras montaba las tablas sobre los caballetes y doblaba las servilletas, su mujer me había contado que cantar en un grupo de tango había sido su sueño de toda la vida y que hoy, que cumplía sesenta y cinco, por fin lo iba a realizar.
Me habían hecho pasar al comedor a donde estaban comiendo torta y café, y había estado ahí durante la conversación con su hija desde Madrid via Skype. Me habían pedido que cantara una canción y había tocado una de Mississippi John Hurt por lo limitado de mi repertorio. Había sido la primera vez que tocaba en público después de haber salido de Buenos Aires.
-Me gusta esa canción- dijo la madre del cumplañero, una señora de casi noventa años-porque habla de los amigos-.
Un desfile irlandés en Villa General Belgrano con chicas en mamelucos verdes y música celta es uno de los primeros momentos emotivos. De los parlantes sale una canción que solo yo conozco, The Wild Rover, y me acuerdo de la época en la que escuchaba bastante música irlandesa, de haber tenido Will ye go Lassie go entre las más escuchadas del Ipod por semanas. Me acuerdo de ir en un micro comiendo fideos fríos por las colinas rurales de Irlanda, de los caballos blancos que brillaban.
Toco menos de diez canciones en el patio Macondo, las que se me de memoria, las que tuve tiempo de aprender. En la gorra salen como cien pesos. Camino con las manos en los bolsillos. Me siento bien. Compro comida en una esquina antes de caminar siguiendo la ruta que sube hasta el camping. Me paro enfrente a una obra en construcción y pienso si voy a conseguir trabajo por jornal en lugares así, trabajos ríspidos de doscientos pesos. Enfrente veo un hotel modesto y pienso si van a haber días en los que me vaya tan bien que me quede en un hotel en vez de en un hostel o un camping. Me imagino los baños con olor a Glade.
En Alta Gracia llueve sin parar. Las canaletas de las calles se saturan. En las esquinas se ven las lagunas de agua gris gorgoteando contra las bocas del desagüe. Está todo cerrado. La única persona con la que comparto el hostel es un tipo que vino de Buenos Aires para un casamiento. Toma coca cola en la cocina viendo un partido de Federer. No me mira cuando responde. Me da la información más escueta y elemental que puede. Pienso en caminar hasta lo del Che, pero hace frío y está todo inundado. Me meto en un shopping que es lo único que está abierto a comer milanesa con papas fritas.
Me cuesta tres días encontrarme en la ciudad de Córdoba con uno de mis dos conocidos allá. Es una chica que estuvo en Buenos Aires el año pasado y con la que pegamos, en su momento, una onda más o menos buena. Mi otro contacto, un arquitecto cool de sesenta años con los que compartí un par de veranos en Uruguay, me manda un par de textos, me ofrece un colchón en su casa por si no estoy cómodo en el hostel, y cuando acepto clava visto para siempre.
Conseguir lugares para tocar es fácil y encuentro algunas personas raras en los bares que se entusiasman con la música folk. Una tarde camino quince cuadras a través del centro cordobés hasta la lo de mi amiga. Vive en un departamento sobre el arroyo la cañada, que en este momento es casi inexistente, un hilo de agua gris que sortea con obstinación latas de coca, plásticos, un colchón convertido ya en gomaespuma.
Mi amiga tiene un gatito de pocos días que está en una fase lúdica muy agresiva. Corre de un lado al otro del departamento, salta de la mesa al sillón, y muerde sin descanso zócalos, pantalones y zapatillas.
Después de los primeros minutos descubrimos que tenemos pocos puntos en los cuales estar de acuerdo, y atravesamos una llanura de silencio incómodo. Mientras comemos galleta con mate veo que tiene la cara neutra y una voz cansina con la que se repite que la vida hermosa y la tristeza está mal.
Cuando atardece caminamos hasta una plaza que está a un par de cuadras a encontrarnos con una de sus amigas. Tomamos unas rondas más de mate intercaladas con porro. Yo decido no fumar porro. Creo que es una forma de comunicar mi incomodidad, mi sensación más bien enfrentada a la escolástica de esa felicidad agotadora. A nuestras espaldas veo unas ratas escabullirse entre las ramas de los arbustos.
Del otro lado de la plaza hay un grupo de unas veinte lesbianas underage. La mitad viste remeras holgadas de bandas y pantalones que dejan ver sus bóxers. Son las que interpretaban el rol masculino en la pareja gay. Casi todas tienen el pelo teñido de colores fuertes y alguna parte de la cabeza rapada.
Entre nosotros nos ponemos de acuerdo en que, para muchas de esas chicas, lo que hacen es una demostración, una queja, algo muy social más que una cuestión primariamente orgánica. El promedio de edad del grupo debía estar en los catorce o quince años. Media hora más tarde se arma un griterío bastante heavy que incluye piñas y tirones de pelo del que nos alejamos en silencio.
La noche que gano 600 pesos tocando en uno de los bares del independiente más populares de Nueva Córdoba me gasto cien en whiskey irlandés para que tomemos yo y una chica porteña del hostel. Esa noche besamos en la caminata de vuelta enfrente de un boliche para el perfil dark.