La valija

Se ve que se daba maña con eso. Sabía perfectamente cómo llevarla de un lado a otro y dejaba siempre a mano aquello que usualmente necesitaba. La practicidad que había desarrollado con los años con ese objeto hacía verlo como algo sumamente fácil de maniobrar. La realidad es que la llevaba a todos lados. Compañera de viajes, soportaba todo tipo de climas y superficies.

Un día muy igual a cualquier otro, en una calle conocida de barrio amigable, cuando menos lo hubiese imaginado, la valija decidió vencerse. Se encontró en segundos inmersa en un océano de cosas. Cosas que, claro, estaban allí adentro, pero hacía tanto tiempo que habían sido guardadas que casi ni recordaba cómo habían llegado ahí.

Lo primero que hizo fue reconocer el panorama para ver la manera de recomponer esa valija y seguir camino, pero a medida que corría una cosa, aparecía otra más, y así sucesivamente. Cuánto podía caber ahí adentro acaso? Todo lo que meticulosamente había ocupado un lugar específico y calculado, ahora estaba corrido de lugar, desordenado, expuesto. No había manera de volver a colocar todo aquello en su antiguo lugar.
La situación la sobreacogió. La valija se tornaba cada vez más inmensa y oscura, lo cual le requería mucho esfuerzo mantener la respiración normal.

Entre las cosas tiradas entre, alrededor, por encima y debajo de ella, encontró mil vidas que habían sido suyas y que alguna vez olvidó. A pesar de la oscuridad que ganaba cada vez más espacio, la curiosidad la tentó con seguir investigando todo aquello. Siguió adentrandose. Ya no se veía la calle ni las caras conocidas. En cambio ahí las cosas parecían no pertenecer a ninguna concepción lógica que conocía. Figuras amorfas, híbridas e inconclusas apestaban el lugar. El horror la hizo soltar en llanto. Cómo había llegado eso ahí? Una, de miles de preguntas. Confundida por el mareo de emociones optó por dar la vuelta, pero en cuanto miró hacia atrás no tenía a dónde ir: el barrio ya no era el barrio, la valija ya no estaba ahí y ella ya no era la misma.