Frankenstein de Mary Shelley.

“Cuando la curiosidad mató al gato” o tal vez “el joven curioso que jugó a ser Dios” son dos frases que podrían resumir la historia genialmente narrada por Mary Shelley.

Una historia narrada completamente en primera persona lo que sitúa al lector en una posición de privilegiada cercanía que hace ver que la historia sale del libro directamente a ti, sin ningún intermediario de por medio. Esto también produce que las diversas situaciones se hagan más cercanas estremeciéndote como si tú fueras el mismísimo Victor o su creación.

El tema principal de la obra podría decir que es el juzgar a los demás por su aspecto, algo muy presente en nuestra sociedad actual. Para nada pretendo justificar la postura que adopta el monstruo al matar a toda esa gente, pero también es verdad que fue Victor quien le hizo verse como un monstruo y cuyos desprecios le llevaron a cometer esos crímenes. Al fin y al cabo todos necesitamos a alguien que nos quiera.

De una forma u otra los monstruos somos las personas, y en muchas ocasiones somos nosotros los que creamos a esos monstruos, al condicionarlos, al juzgarlos, … como me atrevería a decir que es el caso del monstruo de Frankenstein. Esta es una reflexión que hice ya muchos años atrás cuando viendo la serie animada Scooby Doo, una inocente niña de 8 años le dijo a su abuelo: “Tienen que cazar a los monstruos, pero siempre son personas con disfraces, nunca son monstruos de verdad”, su abuelo puso la cara más tierna que pudo y agarrando de la mano a su nieta le dijo: “Cariño, los verdaderos monstruos somos las personas.” Qué razón tiene mi abuelo, a pesar de que juzguemos y rechacemos a las personas diferentes a nosotros Hitler solo era un tipo popular en Alemania con un bigote gracioso.