Reyes en Andorra: uno o ninguno

Lugar: Andorra / Andorra


¿Lo bueno, si breve dos veces bueno? No sabemos si Boris I, el primer (y único) rey de Andorra estaría muy de acuerdo después que su reinado durara solo una semana. Pues sí, ese pequeño país en medio de los Pirineos fue por un breve tiempo una monarquía, y aunque pueda parecer una historieta medieval ocurrió hace menos de cien años.

Boris I se llamaba en realidad Boris Skossyreff, y aunque él se paseaba con monóculo en un ojo y aires aristocráticos y decía ser conde de Orange, la verdad es que era un ruso de poca monta que a base de labia consiguió hacerse con el cetro del pequeño país del Pirineo. Antes de llegar a Andorra ya había hecho de las suyas por medio Europa; había espiado para los británicos después de exiliarse por zarista, se había casado con una mujer mucho mayor que él quien le había aportado prosperidad económica y hasta había sido expulsado de Mallorca por cuestiones poco claras. Llegó a Andorra siguiendo a una joven británica de quien decía haberse enamorado y se le concedió la nacionalidad en 1933.

No solo supo seducir a la joven, sino que también lo hizo con los dirigentes del país pirenaico. Al poco de instalarse en Andorra empezó a encontrarse como en casa, tanto, que decidió hacer algo para modernizar ese pequeño sitio dejado de la mano de Dios. Inspirado por la divinidad que le otorgaba el cargo monárquico autoproclamado de Conde de Orange empezó a tramar un plan para llevar la prosperidad a Andorra. Fijándose en lugares como San Marino o Mónaco, pensó que ese era un buen lugar para substituir las vacas por billetes y crear un paraíso fiscal. A cambio del favor que haría a los ciudadanos, pensaba que la recompºensa justa y merecida era la de convertirse en rey de Andorra.

No pensaba que le costara mucho, y menos en un país donde los dos jefes de estado eran un obispo (el de la Seu d’Urgell) y el presidente de un país que estaba a centenares de kilómetros (el de Francia). Andorra tiene un peculiar sistema de gobierno basado en el coprincipado, y esas dos figuras ejercen de jefes de Estado aunque la gestión diaria la lleve el Consell de la Vall.

En mayo de 1934 Boris se fue al Consell de la Vall para hacerles saber que se le había ocurrido que quería ser rey de Andorra. Que a ver qué les parecía. Que le traería casinos, inversiones y dinero fácil. Las autoridades andorranas se tomaron cinco días para pensárselo. Y la respuesta fue clara: no gracias, y hasta pronto.

Boris Skossyreff, con monóculo en el ojo, en una de las pocas imágenes que se conservan

Fue expulsado del país y Boris se refugió en la vecina localidad de la Seu d’Urgell. Un pequeño contratiempo como ese no iba a detener el afán monárquico, ¡faltaría más! Usó todos los contactos que tenía para empezar una gran campaña de propaganda. Llamó a los periódicos y les contó su historia, organizó actos, imprimió 10.000 copias de un panfleto llamado Butlletí Oficial d’Andorra con la supuesta nueva constitución del país y hasta se hizo una sesión de fotos oficiales, con cetro y monóculos incluidos.

Dos meses después, el día 6 de julio, dio por acabada su campaña propagandística. Convocó de nuevo a los representantes de las parroquias del país para explicarles su propuesta. Soltó de nuevo todo el rollo, y a ver si le apoyaban y tal y cual. Esta vez, el discurso tuvo su efecto porque obtuvo una aplastante victoria: 23 votos a favor y solo uno en contra.

Pues ala. Monarquía en Andorra. Con toda la pompa, Boris Skossyreff fue declarado Boris I de Andorra e instaló su palacio provisional en…un hotel. Concretamente en la Fonda Calons de San Julià, donde redactó la nueva constitución del país, que tenía 17 artículos y promovía un régimen liberal con sufragio universal, libertad religiosa y de prensa y leyes propicias a la creación de un paraíso fiscal.

El primer copríncipe, el gobierno francés dijo que vale, que aunque ellos eran una república, que los andorranos hicieran lo que quisieran y que no molestaran demasiado. Sin embargo, el Batlle d’Encamp, el único que había votado en contra de la proclamación de Boris I, se fue rápidamente a ver al obispo de la Seu d’Urgell, el segundo co-principe, para contarle la locura que acometía su pequeño país. Al obispo se le salían las órbitas de los ojos al enterarse de la noticia. Se opuso totalmente a la nueva constitución que planteaba Boris Skossyreff porque, entre otras cosas, apoyaba la creación de casinos. ¡Por Dios! ¡Casinos! ¡Juego! Pecado mortal, ya saben.

Para más inri, al día siguiente de su proclamación Boris I decidió expedir un bando donde declaraba la guerra al obispo de la Seu. Pobre Boris, con la iglesia hemos topado. El obispo no tardó a convencer al copríncipe francés de que esa locura no podía continuar. Se pusieron de acuerdo, y mandaron a la Guardia Civil a detener a Boris y acabar con aquel sinsentido.

Ese fervor monárquico que se había desatado ocho días antes en la Casa de la Vall quedó en nada. Ningún súbdito movió ni un dedo para defender a su soberano, que vio como se iba enmanillado de su país y encarcelado en Madrid, siguiendo la ley de maleantes.

Después de eso Boris nunca volvió a Andorra y se le perdió la pista. Algunos hablan de que fue preso en un campo de concentración en Francia, otros que vivió apaciblemente en Alemania… A los andorranos parece que poco les importa, porque desde entonces no han vuelto a tener ningún rey. Ni ningún casino.