A la inclemencia y todos los males de la cabeza
Hoy le escribo a tu más grande verdad: la inclemencia.
Tantas cualidades te vi que en tus defectos lo único que encontré fue la reafirmación de mi ignorancia. Omití por completo que además de todos los errores que reconociste existía en ti un mal más grande que el orgullo. Me duele admitirlo pero eres víctima de la inclemencia.
Sabía que podías llegar a tener dureza, voluntad y una tenecidad mal entendida pero nunca te creí inclemente. Y es que tal vez sea yo y mi constante habilidad de ver a todos como me veo a mi, te vi así, buena y llena de perdón, sé me olvidaba todas las historias que me contabas y jamás me imagine que te consideraras tan moralmente superior como para no perdonarme o darme el beneficio de pedirte excusas.
A tu inclemencia solo le digo: gracias. Gracias por volverme más dura de corazón, por forjar mi alma de todo menos de rencor y por enseñarme que tú nunca podrías ser mi modelo a seguir.
