José Francisco

Estruendo, polvo, oscuridad, silencio. En ese orden. Antes del estruendo, nada; en vano se esfuerza en recordar algo; no lo consigue. Por el momento sólo puede ir hacia adelante, inspirar y exhalar, cuánto hace que ha perdido ese y otros reflejos, no lo sabe; desenvolverse del polvo y la negrura y tratar de moverse, eso es lo único que puede hacer. Después de tanta nada, parece haber olvidado cómo se hace, cómo se envía esa señal al cerebro de que se quiere mover un brazo por ejemplo, o una pierna, o abrir los ojos, aunque de lograrlo, en esta situación abrir los ojos no sea lo más inteligente si se tienen en cuenta el polvo y la oscuridad del lugar. Cómo sea, de a poco puede mover un brazo y un impulso eléctrico llega hasta su mano y entonces ese moverse va haciéndole un lugar, un poco de aire y algo sobre él se aliviana, tierra desgranada que empieza a correr hacia abajo y es entonces cuando tiene que escupir la tierra que se le mete en la boca y reconoce algo así como el sabor a tierra y saliva que se empasta y vuelve a escupir. ¿Es él el que escupe la tierra que se le mete en la boca o es la tierra la que lo escupe a él, después de un siglo y medio de silencio?

Algunas partes de su cuerpo ya responden casi de inmediato y puede con ambas manos procurarse un orificio hacia arriba y empezar a incorporarse, justo a tiempo cuando todo debajo suyo se desmorona y ahueca. Todavía aturdido logra asirse de los bordes del mármol descorrido y salir; ya de pie, logra deletrear su nombre grabado en la piedra: Don José de San Martín.

Unas cuantas velas en el altar de la nave central iluminan la Catedral, pero alcanzan para enceguecerlo. Es así que los primeros pasos los da a tientas hasta que logra divisar una salida hacia la calle. Atónito, baja los escalones de la entrada con dificultad, se sienta en el último, se recupera del esfuerzo. Casi no distingue las formas de afuera: luces, sombras, sonidos desconocidos que no consigue descifrar… mareado, vuelve a pensar en su nombre: Don José de San Martín. Gira entonces la cabeza para ver el edificio ahora a sus espaldas, el Palacio de Bourbon, duda… algunas imágenes se sobreimprimen y París o Buenos Aires, lo mismo da si ni siquiera sabe qué están haciendo sentados allí, él, la noche y el frío. Se les une el llanto de una niña que se cuela desde antes y se mezcla con un ladrido que parece venir desde la plaza. Se le confunden ese afuera y este adentro desmenuzado en imágenes que se deshacen apenas aparecen… Se deja llevar de todos modos: Mercedes, Remedios, la nieve, la voz de su madre, una canción española y un rasgueo de guitarra mal templada. Es extraño, siempre creyó que los recuerdos estaban en la cabeza pero las siente latir en el pecho a esas imágenes; le duelen y sin embargo se aferra a ellas, lo reconocen. No le dan tiempo de ordenarlas, se precipitan, ahora son voces conocidas, gritos, alaridos, rugidos de cañón; una máquina gigante, desconocida, pasa rodando frente a él y entonces el estampido es doble, estereofónico y lo obliga a esconder la cabeza entre sus manos. Unos segundos de quietud silenciosa y vuelven los relinchos, el cansino andar de los caballos, el galope, la llanura, el viento helado, la montaña, a sus espaldas los propios; quién sabe dónde, ahí adelante, el enemigo.

Entrar, eso hará, sólo quiere volver a descansar, eternamente; no hay una sola parte del cuerpo que no le duela, nunca se sintió tan cansado en su vida, volver a abandonarse a la tierra, sólo eso quiere, se levanta… ¿éste cansancio que siente lo trae de la otra vida o esos pocos pasos y el regreso lo han agotado? Antes de decidirse a entrar, lo puede la curiosidad y se asoma hacia la esquina, reconoce el cabildo allí a la derecha y ya no duda , ha vuelto a Buenos Aires, su yerno le ha cumplido. Se descubre deletreando los carteles de la calle y descubre su nombre, le hace gracia pensar que todo podría llamarse don José de San Martín en este mundo nuevo. ¿Será esto la locura, verse en todas las cosas, ver el propio nombre en todos lados?

Las enormes construcciones a su alrededor le retacean un cielo sin estrellas, para colmo esas luces apenas opacadas por la niebla lo encandilan. Las observa desde abajo; no puede entender qué son ni cómo es que se alimentan. La plaza le ofrece un paisaje más abierto. Intermitentes, las máquinas de acero pasan veloces por la avenida, se detienen unos instantes para luego reiniciar su marcha. Otra vez el silencio que dura unos segundos. La primera de tres campanadas lo sobresalta. Vuelve sobre sus pasos.

Prueba hablar; le dice algo al perro que lo mira con un ojo acurrucado detrás de una columna. Resignando la modorra, el animal se acerca lentamente y lo olfatea, él lo acaricia y es raro, pero es recién ahora cuando empieza a recordar cómo se sentía sentirse solo.

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