Zombis de la Patria

“Estoy acá (en Tucumán) tratando de pensar y sentir lo que sentirían ellos, nuestro próceres, en ese momento. Claramente deberían tener angustia de tomar la decisión, querido Rey, de separarse de España”.

Extracto del discurso presidencial en ocasión del Bicentenario de la Independencia.

(fuente diario La Nación, fechado 10 de julio de 2016)

Están de vuelta. Son apenas un puñado. Una decena de sonámbulos deformes que avanza tropezando con su propia osamenta podrida, la piel hecha jirones, la ropa raída, los ojos sin párpados. Desdibujados por la niebla y la oscuridad de la noche cualquiera podría confundirlos con indigentes arrastrados por algún gesto instintivo mientras cruzan plaza de Mayo. En las escalinatas que dan a la calle Rivadavia , otro parece haber estado esperándolos y se les pone a la cabeza. Entran a la Catedral Metropolitana, siguiéndole los pasos, sigilosos, hacia una de las naves a la derecha del templo. Las tres esculturas femeninas de Argentina, Chile y Perú señalan el lugar en el que ya no hay tumba; el mármol rosado aparece descorrido mostrando un hueco por el que la tierra se ofrece a cobijarlos ahora de otro modo. Una Buenos Aires subterránea de galerías centenarias les ofrece refugio para este nuevo exilio. Uno a uno se van dejando caer…

Al cabo de dos o tres horas de caminata en las tinieblas, eligen un recodo donde guarecerse. Por ahora nadie parece perseguirlos, pero no se les escapa que esa situación puede cambiar en cualquier momento. Mientras tanto, en la noche allí abajo, resucitan el tiempo frente al fuego. Vienen de la peor de las soledades, la del tiempo y la del polvo. De a poco recuperan algunos hábitos, el lenguaje, sus glorias, sus desvelos. Apenas iluminados por las llamas, es aún más difícil distinguirlos, fantasmas mustios, pensativos, sentados en pequeños grupos. Sólo él, don José, sobresale: voz de mando, acento andaluz, mirada penetrante.

-Descansar en paz, quién pudiera… piensa San Martín, la mirada perdida en las formas cambiantes del fuego. Una semana han pasado ocultos bajo la ciudad y siguen a la espera, sin entender que los ha traído de vuelta ni cómo se hace para volver a morir, para volver a la eternidad del descanso merecido que solo a ellos se les niega, rompiendo la más natural de todas las leyes. Sopesa sin alcanzar alguna conclusión, si está pagando su pasado masón que lo condena a esta especie de infierno mestizo de ser muerto entre los vivos y estar apenas más vivo que los muertos, o si eso ya lo ha saldado con un siglo y medio de sepultura con la cabeza hacia abajo y esa punzada en las cervicales que lo atormenta desde el regreso.

Cada tanto se les une otro. Algunos vienen de muy lejos, todos llegan igual: confusos, grises, desorbitados; pero el grupo, la conversación, quién sabe, los apacigua y los vuelve casi humanos. La única mujer llega una mañana, envuelta en una bandera desgarrada en la que a duras penas se distinguen rojo, verde y amarillo. Cuando parece que se abalanzan sobre ella, de una sola mirada silenciosa y firme los pone a raya a todos, como si siempre se hubiera entendido con insomnes y salvajes. Entre la admiración y el presagio, San Martín reconoce a Juana.

Todos han dado su vida por la patria en sangrientas y desiguales batallas, han permanecido años alejados de sus mujeres y sus hijos, hasta casi no recordar sus rostros… han relegado todo por ir detrás de la independencia y la libertad de sus pueblos. ¿Qué hacen entonces otra vez despiertos, esta vez ancianos la mayoría, salvo los que han tenido la desdicha de morir jóvenes? Lo poco que saben de cómo funciona el mundo en esta época, lo poco que alcanzan a escuchar desde allí abajo o lo que ha contado Moreno que se ha atrevido a subir algunas noches, los confunde aún más: ni sables, ni caballos, ni carruajes; casi sin cielo ni horizonte, la ciudad sobre sus cabezas bulle a un ritmo atronador que los desorienta y apabulla.

El general pasa mucho tiempo a solas, inquieto, mascullando quién sabe qué cosas. Esperar nunca fue su fuerte, se pone ansioso y sus problemas gástricos empeoran, volvió a vomitar sangre hace dos noches, como antes, como si a medida que se recupera la memoria volvieran con ella todos los otros males.

Una tarde, Simón vuelve de uno de sus paseos por el túnel con un diario que ha estado hojeando con Mariano. Una a una van dejando caer atropellándose, las novedades y desmesuras de un país que reconocen. Las reservas de petróleo volverán a manos privadas, la deuda externa será inmensa, la soberanía peligra por los cuatro puntos cardinales; el pueblo resigna sus derechos y se encamina a la miseria, parece haber elegido a un tirano deshonesto a todas luces admirador del extranjero, latinoamérica toda retrocede y se fragmenta… Las palabras de Bolívar y Moreno producen dentro de sus cabezas un chirrido insoportable, una tiza resbalando en diagonal sobre la historia; se agarran la cabeza con las manos intentando apagar ese zumbido que les crispa los oídos y las tripas. Don José, se levanta y les arrebata el periódico:

-Entonces era ésto.- Dice al cabo de unos minutos.

-La Patria nos ha pedido en el pasado que seamos capaces de dar la vida; ahora, mis amigos, parece que debemos luchar por la independencia otra vez y solo así podremos volver a descansar.

-¿Dar la vida después de la vida también, mi general?- Se anima a preguntar Belgrano.

-Así parece- responde San Martín.

Ahora el General empieza a entender que tendrá que esperar un poco más para descansar eterno, que primero habrá que averiguar cómo se combate al enemigo en estos tiempos. Alguna idea parece tener de todas formas, siempre ha sido un magnífico estratega y en secreto agradece a quien sea que los haya traído de vuelta, poder contar con Moreno entre sus huestes.

-Moreno, acérquese…dice el General.

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