La soledad de Natalia Sedova

Aún recuerdo nuestro primer día en la Casa Azul. Nos lo pasamos mezclando el tequila con vinos europeos para olvidar los años de exilio. Era la primera vez que nos sentíamos en casa. El clima tropical, la sincera bienvenida de Diego Rivera, la sonrisa de Frida Kahlo y la recién estrenada libertad que nos proporcionaba el gobierno mexicano.

Nos habíamos pasado los veinte días de travesía en barco leyendo algunos libros que habíamos podido conseguir sobre México. Imaginando como sería lo que llamaban el nuevo mundo y, al llegar, nos pareció que era todo lo que necesitábamos. Qué equivocada estaba. Si algo es seguro es que por mucho que uno huya, las penas siempre le acaban alcanzando.

Todo empezó de manera muy sutil. No te voy a mentir, al principio ni lo sospeché. Pensé que las atenciones eran una forma de agradecer la hospitalidad de nuestra anfitriona. Las miradas, las risas, las historias que le contabas.

-“Un anciano y una lisiada dando un paseo. ¡Qué estampa querido Trotsky!”, solía decir Frida.

El dolor que arrastraba aquella mujer le hacía tener una empatía poco común y hasta pude entender lo rejuvenecedor que era para ti susurrar tus vivencias a unos oídos nuevos. Volver a ver esa sorpresa, esa admiración por el revolucionario que una vez fuiste. Un inocente bálsamo para el ego que Stalin te había arrebatado.

Hasta que un gesto te delató, mucho antes de vuestro primer beso. Esa tarde de agosto le prestaste uno de tus libros en el que habías deslizado una carta de amor. Algo imperceptible para cualquier otra persona, pero no te olvides de que una vez yo también fui joven y tú me regalaste tu amor.

A partir de ese momento, la Casa Azul se volvió claustrofóbica. El ambiente sofocante. En los momentos de soledad me dio por pensar: de las muchas decepciones que he vivido en estos últimos años de exilio, ¿cuál ha sido la más dolorosa? ¿La desaparición de nuestra familia en Rusia? ¿El confinamiento forzado en Noruega? ¿La persecución que vivimos en Francia?

Pero sorprendentemente no, nada duele tanto como algo que nunca vi venir. Diría que, mucho más que la traición carnal, el desgarro vino al ver como me sustituías como tu confidente.

No me dejaste más remedio que hacer las maletas y buscar refugio fuera de esa casa. Tenía la decisión tomada cuando llegaron noticias desde Rusia. Stalin había ordenado la muerte de viejos camaradas. Un pequeño recordatorio de que nosotros también estábamos sentenciados. Me preguntaste si tenía miedo a morir y te contesté que no.

-“¿Por qué?”

Y aquí viste el dolor en mis ojos, por primera vez.

-“Porque ya me han arrebatado lo último que me quedaba”.

No supiste qué decir, ni yo supe cómo seguir la conversación. Al día siguiente me despedí de la Casa Azul.