Cien años

Desde que estábamos en la extrusora y éramos sólo materia prima, sin ninguna forma ni similaridad con nada, supe que serías el amor de mi vida. A veces pensaba que irremediablemente nos separaríamos en algún momento, y yo siempre me preguntaría cuál fue tu destino. No me equivocaba.

Una vez que fuimos bolsas, estuvimos juntas, pegada una a la otra. A pesar de la cercanía, tú apenas notabas mi existencia; yo intentaba dirigirte la palabra, pero enmudecía con tan sólo mirarte… era tan difícil vencer la timidez. A veces pensaba en revelarte mis sentimientos así sin más, pero al final me contenía y pensaba: “somos bolsas de plástico y viviremos cien años; tengo tiempo de sobra”. Nunca pensé que la vida es cambiante y el destino es caprichoso.

Un día, en la fábrica de plásticos, armaban cientos de lotes de bolsas iguales a nosotras. De pronto vi cómo te alejabas de mí, y mientras tú quedaste hasta abajo en un paquete, yo quedé arriba, sin tu presencia y con una gran incertidumbre; no sabía qué nos esperaba y si en algún momento volveríamos a encontrarnos.

El lote en el que me encontraba fue dividido y repartido en diferentes puntos; yo terminé en algún mercado de pulgas de Chicago, entre ropa y muebles viejos, esperando a que llegara mi turno para ser útil y transportar alguna prenda de ropa, o quizás unos guantes, o algún objeto al que una persona decidió darle otra oportunidad. Un día de mucho viento, sucedió algo inusitado: una ráfaga de aire levantó varios objetos a su paso, derribó mesas y otras estructuras, y me llevó lejos, muy lejos del mercado.

Estuve vagando por las calles la mayor parte del día con ayuda de los vientos inclementes, hasta que pude descansar contra un poste ubicado frente a una tienda en cuyo aparador había varios televisores. Estaban transmitiendo una película de la cual no podía oír nada, hasta que, de pronto, apareció una figura conocida: era mi amada bolsa, tan blanca y hermosa como la última vez que la vi. En la escena que apareció, daba vueltas con el aire y alguien la grababa, me pareció un espectáculo muy simple pero a la vez hermoso. Vi la película hasta el final, teniendo cuidado de que el aire no me apartara del poste, y mi amada apareció de nuevo. Fue entonces que lo supe: tenía que ir a California y buscar a mi bolsa querida.

Viajar de Chicago a California no iba a ser cosa fácil, pero el amor que sentía me daba bríos y me llenaba de esperanza. Los vientos del norte y del sur me llevaron en todas direcciones, quedé atascada en árboles, cables de luz, desagües, puertas y demás mobiliario urbano, sin embargo, de algún lugar, de alguna parte de mi ser, adquiría la fuerza suficiente para liberarme y continuar mi viaje.

Volé durante meses a través de varios estados, con diferentes climas y condiciones del tiempo, admiré muchísimos paisajes, y vi al Sol despertar y dormir las veces suficientes para inundarme de gozo al admirar semejante belleza. Yo estaba maltrecha y muy cansada, pero después de varios meses, al fin llegué a Los Angeles.

A pesar de que me sentía agotada, rodé por bulevares y avenidas en busca de mi amor, pero no hallé nada, estaba perdida en una gran ciudad y no sabía qué rumbo tomar. Mientras descansaba en una acera buscando una solución a mi dilema, una escoba me arrastró sobre el pavimento, y junto con otros desperdicios y pequeños montículos de polvo, acabé en un contenedor oscuro y fui transportada a un depósito de basura.

Desde entonces vivo rodeada de otras bolsas, de latas, muebles inservibles, aparatos descompuestos y otro tipo de objetos que ya nadie quiere. Paso los días al sol, y las noches debajo de cielos estrellados o completamente despejados, aunque, sin importar qué hora sea, qué clima haya o en qué mes del año estemos, pienso en mi bolsa y lo hermosa que era, pienso en toda la belleza que encerraba aquella escena en la que la vi bailar con el viento.

Dicen que nosotras, las bolsas de plástico, vivimos cien años, pero así fueran otros cien, o mil, me mantendrá viva el recuerdo de mi bolsa amada, de los instantes gloriosos en los que estuvimos juntas, pues para mí fueron como la eternidad. Lo que soy se resume en la dicha de aquel momento en el que fuimos un todo, aquel momento en el que nos convertimos en un solo ser.

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