Detachment

Laura Ochoa
Jul 20, 2017 · 5 min read

Voy a comenzar con una historia que me contó mi mejor amigo hace algunos años.

En una ocasión, un alumno le preguntó a su maestro cuál es la conducta perfecta o el estado natural de la mente. El maestro no respondió, únicamente le indicó a su pupilo que llevara flores al panteón y las repartiera en las tumbas; una vez hecho esto, debía gritar toda clase de halagos. El alumno regresó con su maestro y éste le preguntó qué había sucedido o qué había escuchado después de repartir las flores y gritar cumplidos y palabras agradables. “Nada”, respondió. El maestro indicó a su alumno que regresara al panteón, pero esta vez, en lugar de halagos, debía gritar insultos a diestra y siniestra hasta desgañitarse. El joven cumplió con la tarea que tenía asignada, y cuando su maestro le hizo las mismas preguntas, dio la misma respuesta: “Nada”. Al final, el maestro dijo a su alumno que eso es precisamente lo que hay que hacer con las bendiciones y las maldiciones, o lo que es lo mismo, no hay que generar ningún apego.

No deja de sorprenderme lo fácil que es ofender y ofenderse en estos tiempos. Resulta muy sencillo blandir unas cuantas palabras para herir susceptibilidades y generar polémica, porque siempre, SIEMPRE, habrá alguien que se dé por aludido y que tome las cosas de forma personal. El meme del niño que trata de pasar entre láseres sin tropezarlos y alude a nuestro torpe intento de no ofender a nadie con lo que opinamos o sentimos, ha cobrado gran sentido para mí.

No me agrada mucho compartir mis gustos o expresar opiniones en las redes sociales porque casi siempre soy blanco de la regañonería crónica, crónica, crónica de uno que otro usuario, y aunque sé que no debería quedarme callada y que tampoco debería importarme lo que opinen otros de mí, me resulta muy cansado estar peleando con gente que ni conozco y que no me va a aportar nada valioso. Además, los gustos personales son eso, PERSONALES, y nadie tiene por qué determinar si estamos en lo correcto al amar o detestar ciertas cosas. Si a todos nos gustara lo mismo, si todos opináramos lo mismo o si todos estuviéramos siempre de acuerdo, el mundo sería sumamente aburrido. La diversidad es la sal de la vida, y el respeto y la tolerancia hacia esa diversidad son indispensables para disfrutarla, entenderla y, por qué no, ser felices y estar en paz con ella.

Un amigo tuiteó al respecto de las series de televisión, porque vio que alguien mencionó que su Game of Thrones es Rick and Morty, con el respectivo aire de superioridad moral que le da rechazar algo popular. Mi amigo dijo que ver series es el equivalente actual de leer libros, y que eso hace a un individuo “mamador”, sin intención de generalizar, pero con los elementos suficientes para ofender a más de uno. Es muy fácil enojarse y discutir por algo que un desconocido escribió en internet, sobre todo cuando no se tiene el contexto o no se sabe por qué dijo lo que dijo, pero además de fácil, no tiene sentido, al menos no para mí. ¿Por qué discutir por una opinión?, ¿por qué discutir por un gusto personal?, ¿acaso van a cambiar su postura o nos van a dar la razón por pelearnos y decirles hasta de lo que se van a morir?

Últimamente tendemos a adjudicarnos todo, a tomarlo personal, a ajustar a nuestro modo las palabras de otros a lo que expresamos en cualquier parte, y eso, pienso, sólo nos hace vivir en un infierno. Por supuesto que en la televisión, en los periódicos, en las redes sociales, en la radio y en muchas partes, veo, leo y escucho diversas ideas y posturas con las que no estoy de acuerdo o que en algún momento pudiera considerar como ofensas, pero intento que no me afecte y, sobre todo, recuerdo algo importantísimo: no iban dirigidas a mi persona.

Todo el tiempo veo tuits o publicaciones acerca de temas que me afectan o que critican cosas que me gustan o me interesan, o con los que debo entender que soy pendeja por hacer, decir o pensar ciertas cosas. Cientos de veces he estado a punto de responderlos, pero al final me contengo porque 1. no son para mí, y 2. prefiero no decir nada, no engancharme ni generar apegos que sólo me causarán frustración. Muchas personas me han dicho que debo expresar lo que pienso y que no me deje, pero la verdad es que con los años, he aprendido a dejar pasar todo y a quedarme con lo que me aporte algo o me ayude a poner atención en ciertos aspectos de mí misma en los que debo trabajar. Algunas personas me han mencionado que no creen que yo pueda ser así, que necesariamente debo tener una opinión o generar un sentimiento cuando me dicen algo que me molesta o no me parece, pero no, en verdad soy así, y no sé ni me importa si está mal o bien, simplemente me funciona y ya.

La siguiente es una escena de la extraordinaria película Detachment, que de alguna forma ejemplifica esta cuestión de “no hacer nada”.

Lidiar con el rechazo toda mi vida me ha entrenado para manejar la frustración, pero sobre todo, me ha hecho entender que los demás no tienen por qué pensar igual que yo, y que, tratándose de gustos personales, es una pérdida de tiempo intentar convencer a otros de lo que está bien o mal. Como escribí en Twitter hace días, me cae muy mal que digan que si te gusta tal o cual cosa eres un idiota, inculto, pobre, naco, o de plano nadie puede ser tu amigo, pero no te atrevas a cuestionar sus gustos o a decir que no te interesan porque te dan de trompadas con la supuesta superioridad moral que éstos les brindan.

Entiendo perfectamente que los gustos personales unen, que incluso crean lazos entre individuos, pero eso no implica que se tenga que condenar a alguien por no pensar igual o porque sus intereses sean de otra índole. Al hacer pública una parte de nuestra vida en las redes sociales, estamos expuestos a las críticas y nos volvemos susceptibles a ser cuestionados por aquello que presentamos o expresamos hacia los otros. Una idea o una preferencia no dotan de superioridad a nadie ni lo hacen especial, y es válido opinar, pero es mejor hacerlo desde una perspectiva que construya, sin juicios de valor, y objetiva, que privilegie el respeto y la tolerancia.

Dejemos que los demás disfruten de lo que quieran y hagamos lo propio, finalmente, siempre habrá personas con las que tengamos afinidad y podamos crear lazos, pero a la vez, siempre habrá personas con gustos e ideas distintos de los nuestros, y lo mejor que se puede hacer es aprender a vivir con ello y que sean felices con lo que decidan, pues nosotros también buscamos eso, disfrutar y amar ciertas cosas sin ser cuestionados, atacados o juzgados, porque es el derecho de todos.

Vivamos la propia vida del modo que nos acomode mejor, y dejemos que los otros también lo hagan. Vivamos sin apegos y sin miedo a que el mundo sea distinto de como pensamos que debe ser.

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    Laura Ochoa

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