Shoshin

Siempre me gustó aprender. Me genera adrenalina descubrir algo nuevo, explorarlo con asombro. Estar atenta a cada detalle, a cada nueva respuesta. Capturar ese momento inicial que luego va a desaparecer fundido en lo cotidiano. Hace un tiempo descubrí que eso se llama Shoshin.

Shoshin (初 心) es un concepto del budismo zen y las artes marciales japonesas que significa “mente de principiante”. Se refiere a tener una actitud de apertura, entusiasmo y falta de ideas preconcebidas cuando se estudia un tema, tanto a un nivel avanzado, como de principiante.

En la mente del principiante hay muchas posibilidades, en la mente del experto hay pocas. La mente del principiante encarna las más altas cualidades emocionales, tales como el entusiasmo, la creatividad, y el optimismo. (Wikipedia)

Suelo tener esa actitud cada vez que empiezo un trabajo o un curso nuevo. Viene dentro del combo de tiempo no apurado. El primer día estoy muy atenta a lo que me sorprende y elijo un lugar o un detalle al que pueda volver cómplice cuando esté a mil y quiera bajar un cambio o empezar de nuevo.

En el Banco hay un montón de obras de arte latinoamericano. Esta máscara del carnaval de Oruro en Bolivia (declarado patrimonio oral e intangible de la humanidad por la UNESCO) es la primera que veo en el hall central al caminar hacia mi oficina. Es un modelo de máscara de diablada con influencia de dragones chinos. Todo lo que uno aprende en Wikipedia :)
Sin embargo, esta vez es diferente. Los cambios que estoy atravesando no sólo requieren explorar lo nuevo, sino también -y principalmente- resetear todo lo aprendido.

Es necesario que desinstale cada uno de los sistemas que me permiten comunicarme y entender el contexto e instalar otros distintos. Y se aplica a todo. Desde lo más grande, como vivir en otro país, hasta lo más básico, como los nombres de las cosas o las letras (como la ‘v’ y ‘b’ que resultaron altas, bajas, cortas o largas, con la heladera que es también nevera, refri, congelador, freezer).

Para navegar esta transición, todas las tácticas y estrategias son válidas. El objetivo es claro: disfrutar lo nuevo, mantener el equilibrio, fluir y crecer. Y por eso me pareció valioso compartir qué me está funcionando ahora para obtener ese equilibrio.

  • Ser paciente

El ingrediente esencial de todo proceso de transformación es la paciencia. Ser paciente con lo que va a venir, con los demás y principalmente conmigo. Hay muchísimas cosas para reaprender -las hornallas, las cerraduras, la llave de la ducha, las pulgadas y los grados Fahrenheit- mi cerebro deja de funcionar en automático, y se acaba la batería rapidísimo. Al principio es super frustrante, y hay que aprender a navegar en esa incomodidad. Clave: Anotar todo. Anotar lo que siempre recuerdo y lo que en este momento decido que voy a intentar comprender después.

  • MVP + Foco

¿Qué es lo mínimo que necesito para empezar? Y de todo lo que necesito empezar, ¿en qué enfoco primero? Ingresar en todos los registros legales de un país, empezar un nuevo trabajo en un lugar multicultural, armar de cero un hogar, puede marear rápidamente a cualquiera. Mi truco: Enfocar en lo más esencial, poner toda mi intensión en eso y después iterar para hacer un upgrade. Contrato firmado para poder sacar la cuenta bancaria con domicilio en Buenos Aires hasta tener algo a mi nombre acá, colchón inflable prestado un mes hasta armar yo misma mi futón, cortina del baño atada al barral, hasta comprar los ganchos que olvidé, la ropa doblada hasta que lleguen las perchas, y así con cada rincón. Cuando te acostumbras a la solución “campamento” es momento de saltar al siguiente nivel.

  • Recalcular constantemente

Todos los criterios con los que llegué no aplican directo a la versión local. Hay que soltarlos y volver a equiparte. “Un dos ambientes chico con sol y balcón, a distancia caminable al banco” no arroja resultados. Tuve que aprender a buscar con otros parámetros: junior one bedroom, studio, on-site management, all utilities included. Mejor que sea de un tirón, como las curitas. Lo positivo, cuando reseteas los filtros de tu búsqueda, pasás de ‘encontrar’ a ‘descubrir’.

  • Confiar

‘No todos los que deambulan están perdidos’, escribió Tolkien. ‘Y viceversa!’, pienso cada vez que me pierdo y aprovecho que estoy perdida para pasear, sonriendo y descubriendo cosas nuevas, confiada en que en algún momento voy a llegar a destino. Y aplica para cruzar las calles, para las góndolas del supermercado, o para llegar desde mi oficina 639NE, a la sala B-220 del edificio anexo, bajando por la escalera para pasar por el cruce del 5to piso, que está en el ala SW!

  • Organizá tu equipo chico

Mi equipo chico de amigos va a estar ahí haciéndome el aguante siempre, no importa en qué locura me embarque. Pero para no abrumarlos y que su ayuda fuera más efectiva, dividí los pedidos de auxilio y tips por grupos de dos o tres amigos. Así fue cómo algunos recibieron reportes sobre mi adaptación laboral, otros sobre lo agobiante del clima de este pantano, un grupo siguió mi búsqueda de departamento y otros que ya habían vivido acá, me ayudaron con los trámites. Y fue más divertido así.

  • Declararse hundido

No todo es rosa, divino y brillante. Hay días donde me declaro ‘hundido’ y simplemente me pongo a llorar. Se requiere mucho coraje para aceptar tu vulnerabilidad y pedir ayuda. ‘No sé por dónde empezar’, ‘Quisiera que fuera más simple’, ‘No tengo contexto para entender’, y varios otros ‘me ahogo’ que Ceci escuchó con sus apapachos -esta vez virtuales- siempre reparadores. (Danke!) Vale llorar a borbotones para desagotar. Lo que no vale es llorar sin aprender.

  • Traer mis amuletos

Como parte del proceso de despegue de Buenos Aires, fui seleccionando pequeños objetos que me iban a hacer sentir a gusto o en casa no importa donde estuviera. Así viajaron conmigo los imanes de la heladera, mi vision board, las palitas de madera (porque nunca son suficientes palitas de madera!) mi libro de Rocky, etc. Y aunque no tuviera absolutamente nada en el departamento la primera noche, desperté sabiendo que las dos lechuzas que me recuerdan a mis abuelas me habían estado cuidando.

Y así vas, con tu cartera comodín, recuperándote de tu versión zapallo, gestionando varios grupos de whatsapp, sonriendo completamente perdida una vez más, descubriendo lugares y personas, sacando energía extra de todos los rincones para enfocar y hablándote bonito.

Hasta que llega un instante mágico, donde algunos sistemas terminan de bajar, y sucede que venís caminando pensando profundamente en algo y una voz en tu mente te dice ‘Hey, ya pasaste la 16th St. en esta tenés que doblar’.