Solsticio de invierno

Todos los años, en el hemisferio sur, cada 21 de junio marca el inicio del invierno, esa estación del año que por muchos años ha sido mi menos preferida. Yo nací en el trópico, a mi me gusta el calor, andar de vestidito y ojotas, tirarme al sol y, aunque me arrugue, adoro el bronceado veraniego al blanco morgue que indefectiblemente lucimos en la estación más fría del año.

El invierno te obliga a “hibernar”, meterte para adentro (de las casas, de los lugares y hasta de uno mismo). Hay que vestirse en capas, cubrirse las manos con guantes, la cabeza con gorros y el corazón con chocolates. Nos convertimos en corazas andantes para protegernos de las inclemencias (del tiempo y de otras cosas).

Hasta que un día entendí qué pasaba en cada solsticio: la noche más larga y el día más corto de todo el año. Y a partir de ahí, un poquito más de luz cada día, y en consecuencia, un poquito menos de oscuridad. Un ciclo que tenemos que atravesar para después disfrutar los días largos y cálidos, las noches frescas al aire libre, el sol en la cara y los pies en el agua.

Hace un tiempo festejo los 21 de junio. Porque aunque deteste estar emponchada de los pies a la cabeza se que no me queda otra que atravesar el invierno para llegar a la primavera. Que aunque no me guste estar para adentro, a veces es lo que tengo que hacer para volver a florecer. Porque comprendí que todo en la vida son ciclos, que cada historia tiene un final, y que cada final es el comienzo de una nueva historia.

Porque al fin y al cabo, a certain darkness is needed to see the stars (hace falta un poco de oscuridad para ver las estrellas).

Feliz solsticio de invierno :)

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