
Terapia
Habré tenido unos 7 u 8 años cuando por primera vez sentí esa pulsión por sentarme a escribir lo que pensaba y sentía. Fue una poesía dedicada a “La Leñera”, una lámina de Berni que estaba colgada en el living de mi casa. No sabía nada de métrica y rima y así y todo, las 3 o 4 estrofas fluían armoniosamente entre rima consonante y versos de arte menor.
Tal vez porque no me costaba y lo hacía en un ratito, en la escuela era muy vaga para escribir. Siempre terminaba completando carpetas al final del trimestre, los resúmenes y redacciones salían siempre en el último minuto. Mi mamá me retaba pero finalmente terminaba con excelentes notas, aplauso, medalla y beso.
English Language I y II en la facultad me demandaron más responsabilidad y la obligación de entregar los escritos a tiempo además de mucha lectura y análisis para desarrollar distintos temas. Ya no era “redacción tema: la vaca”, y si bien no me costaba escribir, si me costaba horrores sentarme a hacerlo, procastinaba hasta último momento. Me acuerdo como si fuera ayer la velocidad con la que en dos días escribí los 10 ensayos que me faltaban presentar para regularizar Language II, y a mí profesora (Ma Elena Billota del Josefina Conte en Corrientes) diciendo que con lo lindo que escribía era una pena que no lo hiciera con más amor.
Gracias a Language III incursioné en otros géneros: short stories, textos académicos y muchos essays. Me encantaba escribir pero siempre, siempre, me costaba sentarme a hacerlo. Porque, claro, recién me podía sentar cuando se me ordenaban las ideas y a partir de ahí fluían las palabras.
Desde entonces a ahora seguí escribiendo, siempre a escondidas o en privado. En su momento fueron cartas que se mandaban por correo (era tan mágico poner la estampilla y tirar el sobre en el buzón!), después fueron emails, luego una carpeta en Mis Documentos que nadie pudiera descubrir, y últimamente notas en el celular. Es que lo que escribo es tan mío! y a diferencia de los años de estudio, ahora lo hago porque a través de las palabras ordeno mi cabeza (y muchas veces mi corazón), funciona al revés y es terapéutico. Y además me gusta. No todo es autoreferencial, también me gusta contar con mi mirada y usando la imaginación historias que son prestadas. Y aunque en algún punto me sienta vulnerable al compartirlo, ya no me da vergüenza.
Porque con lo difícil que me resulta expresar de frente lo que me pasa y lo que siento, encontré la forma casi perfecta de sacar lo que de otra forma se me quedaba adentro.
Algunos cocinan, otros cantan o tocan la guitarra o pintan. Están los que se enferman. Yo, escribo.