Magenta

— ¡No hay malos padres, simplemente existen los padres! — fue todo lo que pude decir en el momento en que se me pidió decir algunas palabras en memoria de mi padre. Todos guardaron silencio esperando que hubiera mas oraciones para el discurso que tenía que dar en torno a la figura paterna o a lo valioso que fue para mi. No pude decir nada más, todo se quedo en el completo vació. Aunque trataba de decir alguna otra cosa, algo así como: “mi padre fue el mejor de todos, me enseño el valor de la vida…”; en el fondo sabía que eso no era cierto, sin embargo, me enseño la más valiosa de las lecciones al dejarme de lado durante la mayor parte de su vida: construyete a ti mismo. Aunque más tarde descubrimos que nuestros padres siempre nos enseñan lecciones sin que nosotros las apreciemos o nos demos cuenta.

Guarde silencio, deslice el dedo por mi nariz y volví acomode mis lentes, cerré mis ojos tratando de escapar de ese lugar, alguien se acerco a mi y me abrazo.

Desde la muerte de Matilde parecía que mi vida fuera la conclusión de una obra literaria y no de una buena sino de una de aquellas que siempre terminan en un cliché. Con la muerte de mi padre toda aquella sensación solo fue en aumento, el aturdimiento que provocaba la idea de que mi tiempo pasaba sin un proyecto. De que el proyecto que era mi vida hasta ese momento había terminado y ahora solo quedaba el recapitular todo lo aprendido, sin ir a ningún lado. Lo más extraño es que tenía que esforzarme por pensar que debía ir a algún lado, tener un proyecto. Pero ¿Cuál era ese proyecto? Un viaje a ningún lugar, me decía de pronto. Pensé en la infinidad de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto y eran cercanas a mi, en las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían.

Todo paso a llevar el ritmo normal de un funeral, esperaban para poder despedirse de la manera más apropiada. Todos somos muerte, nos despedimos diciendo: “nos veremos pronto” o “espero que te acompañemos del otro lado”. Espero una oportunidad

para huir. Durante ese pequeño lapso de tiempo en mi mente se repetía la única frase que mi padre compartía conmigo: “¿Qué es lo que vas a hacer ahora?” y más que frase una pregunta obligatoria de los pocos momentos de contacto conmigo, en realidad no sabía que haría, nunca pensaba más allá del pequeño instante en que vivía, pero no podía decir aquello y en muchas ocasiones solo me quedaba callado o preguntaba qué haría de qué, pero la pregunta se volvía a repetir. Si hubiera conocido de manera exacta que pasaría con mi vida en los años siguientes jamás hubiera estado en ese preciso lugar, nunca hubiera asistido al funeral de mi progenitor, jamás hubiera regresado a México.

Luego se escucharon unos cuchicheos en la parte de atrás; luego más cerca; luego el llanto de algunas personas, entre ellas mis hermanas, la viuda de mi padre y sus hijas. Una oportunidad. Se comenzaron a parar de sus asientos. El piso del lugar parecía crujir. Las sillas se mecían. Otras personas entraron detrás. La puerta del lugar medio cerrada. El movimiento de cada uno.

Algunos años después cuando al recordar los días en que mi madre abandonó a mi padre (y a nosotros), para tratar de encontrar lo que llamaban amor, pude llegar a la conclusión de que quizás y solo quizás lo habían tratado de encontrar en el tiempo o mejor dicho que con el tiempo eso que ellos tanto buscaban los encontrará. Pero el amor no está en el tiempo, no está en ninguna parte, simplemente es una palabra carente de sentido, el amor es, sin tiempo. Una búsqueda interminable por querer saciar el hambre invisible. La intensa necesidad de amor fraternal.

No había más que decir. Siguieron esperando, sentados deseando huir. Escapatoria. Hasta que se levantaron para dejar lugar a otros. Salieron de prisa.

— ¿Que podía decir de un completo extraño? — murmure, sin que nadie pudiera escucharme.

— Era el mejor hombre que conocí — Escuche a alguien decir, aunque no vi quien era. Guarde silencio. — Es una lastima que su hijo pudiera decir tan pocas palabras para honrarlo y despedirlo — añadió.

— Es una buena persona seguro que por la conmoción no pudo decir nada más, dejemos que se desahogue después — Volví a escuchar. Intente ver a otro lado.

No pude en aquel momento siquiera derramar alguna lagrima al ver su cuerpo tendido a mitad de la sala metido en un cajón esperando ser consumido por el fuego. Todos me observaron por un rato, las cabezas levantadas, las miradas fijas. Las miradas se desviaron hacia mis hermanas, la viuda y sus hijas. Respeto. Vi a un hombre delgado, alto con sombrero vestido de luto.

— Ahí va un amigo de tu padre — dijo la persona que se encontraba a mi lado. Los demás estaban respectivamente sentados, de pie y de pie en la periferia de mi visión. Por mi parte me quede un rato de pie.

— ¿Quién es? — pregunte.

— Con quien creció y se crió desde que tenía diez años — me respondió. Me quede mirándolo mientras presentaba sus respetos ante el cadáver, para después dirigirse a presentarlos ante los afectados. Se postró frente a mis hermanas, diciendo:

— Era un excelente ser humano, todos lo vamos a extrañar —

— Gracias — Respondió la viuda con lágrimas en los ojos, se paró y lo abrazo. Empatía. Sonreí desde el otro lado de la habitación.

— Anda ve a saludarlo — dijo el tipo que se encontraba a mi lado.

— Le saludare más tarde — respondí. Me aleje de la escena. Guarde silencio. Nada que transmitir. Mi padre. Extraña sensación. Solo una casualidad. Causalidad. Una pequeña niña mirando a todos y sonriendo. Creo que era mi sobrina. Así es como la vida comienza. Un cliché.

Sin llanto de mi parte. Él siempre lo quiso de esa manera, repetía una y otra vez:

— Cuando yo muera no quiero que nadie siquiera derrame una sola lagrima, no quiero que nadie este triste en cambio quisiera que todos estuvieran felices por mi muerte — y así fue, al menos para mí. No estaba triste, pero tampoco feliz. Apatía.

— Después de todo, es lo más natural del mundo, la muerte, la decadencia — Me dije.

Uno de los eventos más importantes en la vida de un hombre es la muerte del padre, lo marca ya que lo ha acompañado en vida, lo ha guiado por el camino correcto, pero con mi padre no fue así el decidió guiar a otras personas que no eran sus hijos, enseñarles el camino correcto mientras nosotros vagamos por la vida esperando encontrar el camino por nuestra cuenta y lo encontramos, cuando él regreso a querer guiarnos ya era demasiado tarde, no era necesario o eso era lo que pensaba. Un día vi a mi padre darle un consejo a un amigo mío, el coraje me consumió por dentro, pero por fuera sonreía, deseaba que alguna vez me diera un consejo de la misma forma que a él se lo dio, siempre parecía más reclamo que consejo cuando me decía algo o más bien una imposición de su parte, sin oportunidad de elección ¿Qué era lo correcto? ¿Él tenía razón? Todo se caía a pedazos, mi vida entera no eran más que las piezas de un rompecabezas que era imposible armar.

— Tuvo una muerte repentina, pobre hombre — dijo alguien a quien no reconocí. Al parecer a la muerte no le gusta esperar que nos encontremos preparados para poder recibirla. Se presenta en el momento menos indicado teniendo cierta inclinación por lo dramático.

— La mejor muerte — dijo una de mis hermanas. Y de cierta manera podría tener razón ya que no vivió angustiado por saber que su ultimo momento ya había sido anunciado por alguna médico, por alguna tipo de adivino que predice el futuro. Todos a su alrededor se sorprendieron de aquellas palabras.

— Sin sufrir — agrego — . Un momento y todo paso, similar a morir durmiendo. Nadie más hablo.

La mirada de muchos fue bajando por el borde del ataúd conforme se acercaba la hora de llevar el cuerpo a su último adiós. Dolorosa pérdida. Todas lo son. El inexpresable el dolor en mí. Que dios tenga misericordia de su alma. Mi paciencia se agota. Todos se quitan el sombrero. Casi es hora.

Mis hermanas también estaban en ese mismo lugar, las personas trataban de consolarlas, las lágrimas rodaban por sus mejillas, sus ojos estaban hinchados de tanto llorar; esos ojos inyectados de sangre, los labios secos, el preciso momento en que uno a uno se marchan, cuando entre llantos, risas y recuerdos te vas quedando solo, entre pesadillas eternas y nos damos cuenta de que nos encontramos en la línea inflexible de una mente al borde de una parapléjica verdad: “El tiempo destruye todo”. Nostalgia.

Fue notorio en muchos de los asistentes al funeral que durante tanto tiempo habían permanecido a su lado el desagrado de aquellas simple palabras. Desagrado. Atormentado por aquel desagrado fui directo a la mesa donde había algunas bebidas y tome una. Algunos intentaron acercarse a mí, pero a toda costa los trataba de evitar, me parecía incomodo que hicieran alguna cosa que me irritara, como preguntarme porque solo dije esas simples palabras o a darme su pésame. En aquel momento pensé que debía hacer esfuerzos por mantenerme en ese lugar y seguir una conversación con los asistentes aunque yo no lo quisiera. Un cuarto impregnado por el luto.

Aumenta el conocido pánico de sentirme rechazado y el pulso se me acelera. Me concentro en permanecer absolutamente en silencio en una silla, vacío, mis ojos se convierten en dos grandes y pálidos ceros. De esa manera arranco la mirada de mas de uno. De esa manera pretendo pasar desapercibido. Es mi respuesta silenciosa al silencio expectante que comienza a afectar al ambiente de la sala. Miradas acechantes.

En todo momento se acercaban personas desconocidas y escuchaba sus comentarios sobre cuanto lo sentían, sobre que contara con ellos, sobre si deseaba hablar con alguien ellos estarían para mí, sobre lo buena persona que era mi padre, de

pronto me encontraba en una situación rara. Me imaginaba en medio de todos esos rostros desconocidos gritando para poder desahogarme, no por la muerte de mi padre sino por todo aquello que en un momento tuve que pasar, todo aquello que no pude decir, todo aquello que no pudo ser perdonado. La muerte era una cosa insignificante en aquel instante. Ver el cuerpo inerte, frío, en aquel féretro no tenía importancia. Frustración, impotencia, gritar, llorar, moquear. Todo había acabado. Gusanos, podredumbre, polvo, una urna de cerámica, un viaje sin final, un túnel de luz por el cual seguir, eternidad de felicidad, eternidad de sufrimiento. Lo que no se expresaba en lágrimas era expresado en suspiros. Desconsuelo.

Cuando por fin me quede solo un momento, me senté en un pequeño banco a pensar y a fumar un cigarrillo. A la luz del fósforo con el cual encendía el cigarrillo, observe a todos a mi alrededor, todos preocupados por la muerte, algunos endurecidos tratando de no hacer notar su tristeza, algunos tratando de animar a mis hermanas y la viuda de mi padre sentada siempre al lado del féretro donde se encontraba su cuerpo. Permanecí callado. El mejor hombre del pueblo, todos lo somos una vez que morimos. Eso nos mantiene vivos por un tiempo. Me preguntaba qué era lo que transformaba a las personas tan repentinamente, quizá era obvio que la muerte de alguien más los transformaba, y no era que se entristecieran por su partida como ellos mencionaban, sino que les recordaba que algún día todos moriríamos. Aquel suceso les recordaba, inecesariamente, hechos que no les dejaban bien. ¿Qué podría ser? Fascinación. A veces ellos notan lo que es una persona. Instinto. Lo cierto es que había enturbiado la paz interior que había encontrado como cuando se lanza una pequeña piedrecita a un estanque. Y después: solo pensando.

Estoy sentado en una sala, rodeado de rostros y de cuerpos extraños. Es una fría habitación con las paredes pintadas de blanco, con cuadros de paisajes al estilo de Franz

Barbarini. No hay ventanas. Los ruidos de las personas quedan aislados por una pequeña sala de recepción que antecede a la habitación.

Tres rostros llenos de angustia se sitúan encima de ropas negras, con los ojos hinchados e inyectados de sangre. Son mis hermanas. No se de quien es el tercer rostro. Me he decidido por cruzar las piernas, cuidadosamente, el tobillo sobre la rodilla, las manos juntas sobre los pantalones. Me olvide de los cigarrillos por un momento. Tengo los dedos entrelazados en lo que me parece un sucesión espectacular. Los rostros restantes en la sala son desconocidos para mí, amigos de mi padre, de mis hermanas, de la viuda, pero ninguno que yo recuerde.

¿Qué es lo que debía sentir? Al ver sobre mí posadas todas aquellas miradas, al pronunciar esas palabras, aquellas personas esperando que alguna lágrima recorriera mi rostro. Y todo lo que paso fue que al terminar de enunciarlas saque la cajetilla de cigarrillos y encendí uno. Me aprieto las manos y dirijo la mirada vacía por las caras de los asistentes. Extrañamiento. Noticias de otro país.

Los actos de decir adiós, de brindar aquel acto sublime y necesario a una persona es el momento adecuado para definir quién fue, nuestra muerte nos va a definir como la persona que fuimos y la que intentamos ser. Todo era lo adecuado para que este tipo de cosas se dieran, algunos lloraban y compartían con algún desconocido su pena, algunos otros también extraños a mi vista acercándose y tratando de platicar sobre los momentos que paso junto a mi padre, con los ojos llenos de lágrimas al borde de encontrarse llorando por la muerte, pero no porque esté lleno de aflicción porque no volverá a ver a su amigo sino porque le recuerda que algún día el estará tendido en una sala llena de gente llorando porque el ya no estará en este mundo o pasara a convertirse en un montón de polvo o alimento para los gusanos. Pero entre más pasan los años, menos nos cuesta aceptar que esto nos pasara, quizá el viejo al final lo acepto y simplemente dejo que pasara.

Mis manos estaban una encima de la otra, muy apretadas. Noté las uñas de una hincándose en los nudillos de la otra, pero parecía una sensación lejana, no sentía dolor, me concentraba en otras cosas y todo paso desapercibido. Desapreté mis manos para quitar el cigarrillo de mi boca. Las volví a apretar. Un anciano de ropa decolorada se mantenía frente al ataúd. Tampoco lo reconocí. Se produce un silencio. Alguien sonríe y se inclina hacía adelante para dar las condolencias a mis hermanas. Murmura algo que no alcanzo a escuchar. El ochenta por ciento de los rostros presentes los desconozco. Agradablemente expectantes. El pecho se me agita. Compongo lo que espero parecerá una sonrisa. Miro en todas direcciones delicadamente, como intentando que todos los presentes vean la expresión en mi rostro sin olvidarme de nadie.

Nuevo silencio.

— ¿En realidad tengo que estar aquí? — me pregunte. Sin responder. Observe a mí alrededor. Luto. Pobre desgraciado. La gente sigue llorando, sollozando, murmurando. La viuda acomodando su pelo, limpiándose las lágrimas. Un cuarto para las cinco. Su mirada se postró levemente sobre los asistentes, con una mano sostenía un pañuelo. Sonríe.

— Todos hemos pasado por un gran dolor por la pérdida — una figura alta, apoyada en un bastón me lo dijo.

Mis ojos se postraron en él. Otro desconocido.
 — Bueno casi todos, los más pequeños dudo que sepan que es lo que pasa — añadió. — ¿Morir? — pregunte.
 — Si — respondió.
 Agarró su bastón y siguió su recorrido. Un suspiro sofocado salió de él cuándo se

marchaba.
 — ¡Dios lo perdone! — Dijo una mujer mayor de edad. Secándose los ojos mojados

por la lágrimas con los dedos. Jamás imagine hace poco más de una semana, la última vez que lo vi, y estaba tan feliz como de costumbre, que la muerte se detendría por él.

— ¡Se nos ha ido! — añadió. Miro el ataúd tristemente. Después me miro y me dio un abrazo. No dijo nada más. Se alejó perdiéndose entre los asistentes.

— Tuvo una muerte repentina, tu padre un hombre tan decente — alguien se acercó y me lo dijo.

— Todas las muertes lo son — dije.
 — Sin sufrir — añadió. Todo pasó en un momento. Nadie habló.
 — Que triste — Dijo alguien más. No significaba nada.
 — Pobrecillo — Exclamó una anciana que se encontraba frente al ataúd.
 — Era tan joven — Le decía una señora que vestía con un reboso sobre los hombros

a la viuda.
 — Lo peor de todo es que las dejo desprotegidas a ti y a tus hijas — La madre de la

viuda se lamentaba. Mire el reloj. Hay que mirar el comentario desde el punto de vista caritativo, mi padre siempre lo fue.

— No lo puedo creer, mira que dejarte así sin nada después de tantos años que pasaste a su lado y tu tan joven — añadió la madre de la viuda.

— ¡Es un cobarde! — Exclamó una de las hermanas de la viuda.

— No nos toca juzgarlo a nosotras, ya Dios se encargara de eso — contestó la madre.

Mis hermanas a punto de hablar ante esos comentarios, volvieron a cerrar los labios. Sus grandes ojos se postraron fijamente en la conversación de la viuda y compañía. Desviaron la mirada. Un hombre humanitario y comprensivo fue. Siempre una buena palabra que decir. No tienen misericordia de él. Solo Dios la tendrá. Me miraban al otro lado del salón. La viuda y compañía también desviaron su mirada hacia mi. Intente evitarlas. Aire sofocante.

No más dolor, no más despertar.
 Me veo forzado a mover los ojos para los lados para evitar la mirada de la viuda.

— Quiera Dios que su alma encuentre la paz eterna — se acercó mi hermana y me lo dijo.

— Eso espero — conteste. Guarde silencio.
 — Sí — agrego mi hermana y después se alejo. Una ronda de consuelo.
 La hora llego. Primero todos acompañaron el ataúd con los restos de mi padre al

cementerio para la misa de requiem. Coche fúnebre y tres coches de duelo. Detrás de los coches de duelo iban personas caminando y al final un vendedor ambulante junto a su carrito de helados ¿Quién los compraba? Los que acompañan el ataúd hasta el cementerio.

Juliana y sus hijas le siguieron en un coche de duelo, se detuvieron frente a la entrada de la iglesia sacaron dos coronas. Entregó una a un muchacho que iba con ellas. Del otro automóvil salieron mis hermanas y una mujer, todas con la cara manchada de suciedad y lágrimas, apoyadas del brazo de la mujer, levantando los ojos hacia ella buscando una señal para soltar en llanto.

Los ayudantes tomaron el ataúd en los hombros y lo llevaron adentro. Todos siguieron para entrar a una pequeña capilla destinada a dar la despedida y se fueron acomodando alrededor del ataúd, la mayoría quedaron afuera escuchando a través de un altavoz. Me quede cerca de la entrada de pie.

En este momento me doy cuenta que debí de haber sido un mal hijo o al menos una decepción y una fuente de arrepentimiento para mi padre.Debe de haber tenido una idea muy concreta sobre mí, más bien me veía como su proyecto fracasado, algo impalpable, algo irremediable. Su descripción más frecuente de mí era “el no tiene idea de que es lo que quiere, debería hacer algo productivo de su vida”. No parecía lógico que a un hombre como el le saliera un hijo al que no pudiera ayudar con sus consejos como a las tantas personas que en algún momento recurrían a el, porque no es que no eligiera recurrir a el sino que cada que recurrir por alguna tipo de orientación siempre iba con alguien para

ayudarlo o se encontraba fuera de casa. Tampoco podía entender como un joven que el consideraba prometedor de acuerdo aun plan de vida que el había trazado, sin razón aparente cambia de opinión al consenso paterno y decide estudiar algo que el no había planeado, y después se marcha a un lugar desconocido llamado Norteña al otro lado del océano Atlantico y llevar una vida que era considerada por el de lo más precaria por más de mas de cinco años.

Un monaguillo, llevando un cubo dorado con relieves con algo dentro, salió por una de las puertas lateras que se encontraban en la parte de altar. El sacerdote, salió tras él, en la mano izquierda llevaba un libro. Se detuvieron frente al túmulo.

El señor esté con ustedes… el sepelio es el fin de la vida terrenal. El comienzo de la misa de requiem. La última oportunidad en la que unos cuantos despiden a otro y lo

envían con aquellos que ya no se encuentran entre los vivos. Aquellos que no están, ni van a estar.

— En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. ¡La paz esté con ustedes! — escuche decir al sacerdote que se encargaría de la misa de requiem.

— Non intres in judicium cum servo tuo, Domine.

El sacerdote sacó del cubo del muchacho un palo con una bola en la punta y lo agitó sobre el ataúd. Luego marchó al otro extremo lo volvió a sacudir. Luego regreso con el monaguillo y lo dejo otra vez en el cubo. Esta todo escrito en una especie de manual de procedimiento para cada una de las misas que son ofrecidas: tiene que hacerlo.

— Et ne nos inducas in tentationem — . El monaguillo repetir algunas de las cosas que el sacerdote mencionaba en latín o de alguna manera decía algo que las complementaba.

— In paradisum — Porque dicen que van al paraíso solo con arrepentirse de sus pecados y si en vida no lo hacen ¿cómo saben que su ultimo pensamiento es el arrepentimiento de todo aquellos males que hicieron .Lo dice por encima de todos. Quizá

sea porque algo debe de decir. Algo que consuele a los afectados, haciéndoles creer que al final pudo encontrar la paz interior.

— Y así despedimos a este cordero de dios, que se ha unido a su rebaño en los cielos para toda la eternidad — Supongo que ya es un asunto resuelto y ha tomado un aire más oficial. Me levante de mi asiento. Todo había terminado. La muerte consumada.

— Ante la muerte humana, la propia y la de nuestros seres queridos, cada uno de nosotros se queda con el corazón conmovido, la mente obnubilada y la mirada triste. Dios tiene derecho de llamar a sí de este mundo, a la mansión eterna, a quién desee, cuando quiera, y del lugar y de la forma que el quiera. No se consulta con nadie sobre nuestra muerte, ni exonera a nadie de la muerte. El es el Creador de nuestro cuerpo y de nuestra alma, el Señor absoluto del tiempo y de la eternidad, de los ámbitos materiales y de las esferas espirituales, y por eso, todos estamos ante Dios en actitud de humildad y fe.

El director de la funeraria recitaba una lista de gastos interminables. Me entrego un sobre con las cosas que mi padre llevaba al morir. No eran muchas sus pertenencias en ese momento, su cartera, su anillo de boda, un reloj y otras cosas. El director de la funeraria como todos los demás no dejaba de hablarme sobre los viejos tiempos en que había conocido a mi padre.

— Ante el llamado de Dios, callan todas las objeciones y las fábulas humanas. Queda solamente la respuesta de quien ha sido llamado ante Dios, y nuestra intercesión humana mediante el sacrificio de Jesús ante el misericordioso Padre Celestial. Que Cristo Rey, cuya festividad celebramos hoy y a quien ofrecemos esta Santa Misa, reciba el alma de este su fiel ciervo, y le otorgue el premio por sus buenas obras y el perdón de sus faltas. También nosotros nos arrepentimos por las buenas obras que dejamos de cumplir y por todos nuestros malos pensamientos, palabras y obras que no están de acuerdo con la ley de Dios.

El sacerdote cerro el libro y se marcho hacia donde estaba la tumba donde mi padre sería enterrado. Mientras el monaguillo hacia preparativos para lo siguiente. El final. Todos estaban atentos. La viuda lloraba desconsolada. Los ojos hinchados de tanto llorar. Incienso. Cenizas a las cenizas. La vida entera en un instante. No se puede sepultar sin eso. De eso aprendimos. Aprovechar cada instante. De vuelta al mundo. Lo sentiré después cuando caiga en la cuenta. Tristeza.

Los sepultureros volvieron a cargar el ataúd y lo echaron en sus hombros para llevarlo por los angostos caminos del cementerio.

— ¿Quieres verlo por última vez? — Me dijo una de mis hermanas. Me tomó de la mano y me llevaba hacia donde estaba el ataúd. Me detuve.

— ¿No quieres? — me dijo.

— No — respondí. Solo se quedo mirándome. Todos pasaban a darle sus últimos respetos. A despedirse. Adiós.

— Se lo debes, podrías hacer ese esfuerzo. Nunca más lo veras — me miró y me dijo eso mientras contenía el llanto. Pero sin reproche, como si me lo pidiera.

— ¿Por qué? — Agregó.
 — No sé — dije.
 Entonces, limpiándose las lágrimas y sin mirarme dijo:
 — Comprendo — me soltó la mano y se fue.
 Todavía me parece estar viendo a mis hermanas, a la viuda y sus hijas al lado de

féretro, llenarlo de flores y coronas, después contemplar con desesperación el lento proceso de despedida, el lento viaje al cementerio. Y todos llorando como se llora a un ser querido. Recuerdo sus caras como indescriptibles. Sus manos extendidas, temblando por el dolor, colgaban hacia el ataúd y después en el carro fúnebre que trasladaría su cuerpo al panteón municipal. Todos intentando consolarnos, pero fracasando en el intento.

No habían podido cumplir la última voluntad de nuestro padre. Encontrar la felicidad. Todos lloraron. Supongo que así terminan todas las vidas. Infelicidad. Llanto.

Quiero posponer el momento del fin, la despedida.

Cuando abrieron la tumba para meter el ataúd, la cruda realidad de la muerte no pudo esconderse detrás de palabras y gestos ceremoniales. Allí estaba el lugar de descanso de mi padre, lo estaban enterrando y con el tiempo se desintegraría poco a poco el recipiente que una vez fue su cuerpo, serviría para alimentar a los gusanos. Detrás de mí se escuchaban sollozos de las mujeres. Todos hablaban con gran sentimiento. Con todo corazón.

Imposible no pensar en su muerte, nunca más lo volvería a ver. Nunca volvería a recuperar el tiempo perdido. Me encuentro a mí mismo sudando. La adrenalina se dispara en todo mi cuerpo, parece concentrarse en algunas pequeñas zonas. La necesidad de experimentar dolor. La necesidad de expresar lo que siento. La necesidad de detener el tiempo para decir unas ultimas palabras y expresar mi afecto. De que esta historia siga narrándose a sí misma, incluso después de habernos dicho todo lo que debimos decirnos. Y sin más un llanto silencioso se desata en mí, me pongo las gafas. El momento ha llegado, la despedida.

Una taza de café vacía. Para terminar.
 Rezan por el eterno descanso de su alma.
 Los sepultureros tomaron sus herramientas y comenzaron a poner un techo sobre el

cubo que habían preparado para el ataúd. Después tomaron sus palas y lanzaron tierra sobre el techo que cubría el ataúd. Empezaba a ser olvidado.

Después del ritual de despedida, mis hermanas y yo estuvimos un rato en el lugar. La viuda fue la primera en desaparecer. Recuerdo su cara como indignada. Todos se marcharon. Las seis de la tarde. Una de mis hermanas fijó en mí una mirada extraña.

— Todo ha sido un sueño, ¿verdad? — Me dijo.

— ¿Qué es lo que ha sido un sueño? — Le pregunté.

— Toda su vida… ¿Por qué destruyó la felicidad de todos? — Respondió. Guardamos silencio.

— Para que el pudiera encontrar la suya — respondí.

Una vez terminado el funeral, cuando se marcho el último de los asistentes que fueron a mostrar sus respetos y su dolor, regrese a la casa donde mi padre donde había vivido con su esposa y dos dos hijastras los últimos años, no se encontraba nadie en el lugar, supuse que lo más probable es que hubieran pasado primero a la casa de alguien más para poder descansar un poco, decidí esperar en la entrada. Mi hermana menor trato de acompañarme al lugar pero me negué. Tenía la tarea de poner en orden las pertenencias de nuestro progenitor, una ardua labor sin duda, sin embargo, era algo que debía hacer en la más completa soledad. Era el final del ritual para decirle adiós.

Poco después de media hora de espera llego a la casa su esposa, no se sorprendió de verme esperando. Me sonrió y abrió la puerta para que pudiera pasar.

Revise sus pertenencias, aparté algunos documentos que se encontraban pendientes de algún trámite y llené varias cajas con otras cosas, poniendo de un lado las que debían quedarse en la casa, en otro las que se donarían a la beneficencia y en un tercer lugar las que tenían que ser entregadas a sus diferentes amigos, cajas que fui marcando con los nombres de sus próximos dueños. Una extraña sensación me invadió. Y por primera vez en mucho tiempo me encontré mirando a mí mismo. Pero no era como mirarse en un espejo, era como mirar a otra persona. Era como estar en dos lugares al mismo tiempo. Como estar viendo una película surrealista.

Ahora todo lo que queda es la memoria. Los hechos opacos y sin desarrollo de mi vida personal.

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