31
En casa doblo las bolsas como lo hace mi papá y antes de fregar, limpio el espacio como me lo peleaba mi mamá. Sonrío ante los problemas, pero al mismo tiempo me estreso mucho… Es que soy ellos dos, mi mamá y mi papá; mis viejos.
Hoy estoy celebrando 31 años y hace un año no pensé que estaría donde estoy. Ahora tengo un trabajo corporativo (donde no tengo que vestirme con tacones y talles), vivo con mi novio Edu y su perro Rucio (que me lo quiero ganar y decir: mi perro); tengo a mi hermano a 30 minutos en bicicleta y con los brazos abiertos cuando le pido un abrazo; tengo a Javi, mi mejor amiga chilena, que tiene un humor tan negro como el mío y eso nos hace más que compatibles. Y lejos está Nanda, de ella aprendí que el lenguaje y la comunicación están en todo, incluso en aquello que no notamos.
En la distancia tengo a mis amigos, los mejores, los más lejanos, los no tan cercanos; pero todos están ahí, a una llamada de distancia.
Tengo un país en crisis, un corazón eternamente roto. A Graffe, Gilber y Picón injustamente presos. Tengo también la esperanza de que todo se acabe, las ganas de sonreír y celebrar cuando Venezuela comience a ser nuevamente un país grande, bello; con gente hermosa de alma y bien alimentada.
Para este año solo quiero una cosa: comer rico y estar bien acompañada; y así será. Aunque, en verdad, si pudiera pedir algo sería que Venezuela se arregle, que mis papás tengan salud y que el trabajo no nos falte.
A esta edad estoy agradecida. He aprendido que uno no necesita demasiados peroles para ser feliz, ni demasiada ropa, ni demasiado nada. Y eso me contenta. Me siento bien como soy, como estoy, con lo que tengo.
Y todo esto lo digo porque sólo quiero agradecer a mis papás, porque por ellos soy esta Laura hoy. A mis amigos, a mi gente porque con ellos me llené de historias y lo sigo haciendo.
