El insomnio acecha y el amor se desecha.
Y estaba ahí, treinta y cinco le marcaba la cuenta por aquel café tibio y dos alfajores de maicena que fueron hechos hará tres días atrás. Le dolía la cabeza, hacía una semana entera que sufría insomnio por estrés, contaba ovejas pero no le quedaba ni una porque ya las había contado a todas. La boleta de luz, el alquiler, ese jefe irritable y su afán por ponerse corbatas espantosas, el cumpleaños del amigo y esa dudilla de “¿Qué es de mi vida?” le sonaban constantemente la cabeza, que por un momento se sentía como si estuviese al lado de un parlante en boliche ruidoso y maloliente.
Por ahí se quedaba en un estado dubitativo mirando un punto fijo, casi sin respirar ni pestañear pensando quién sabe qué de todo ese barullo de confusión mental irritante.
Mandale saludos a tu chica, diciendo ésto se despedía el flaco que se sentaba al lado de él en mesas separadas, para degustar otro café y quizá ahogarse en pensamientos a las tres de la mañana.
Saludar a quién si no está más, pensaba, porque lo había dejado por otro hombre, ese tal Lucas que trabajaba con ella en esa oficina de mala muerte; resulta que tenía un yate o casa de fin de semana en Miami la verdad que no se acuerda porque con tan sólo pensar en su ex y el repugnante de su compañero, se le hervía la sangre como una pava posándose en una hornalla incandescente.
Pestañea cansado e inspira aire pesado de aquel bar frente a su departamento, en el cual se podía ver cómodamente su balcón que da a la calle. Le convida el de enfrente un cigarrillo prendido sin ganas, como por compasión o por lástima juguetea un poco con él con sus labios resecos mientras sigue mirando un punto fijo infinito.
Las cenizas caían como hojas en otoño, mientras el cigarrillo descansaba cómodamente en el labio inferior y sus ojos se entrecerraban porque el cansancio arribaba tarde a las cinco de la mañana.
Andá a un doctor para que te recete algo che, le decía aquel amigo por mensaje de texto mientras entablaban una conversación frívola ya que el otro no se sabía dónde estaba, al parecer era una fiesta de un no se quién que hacía no sé qué, pero el amigo seguía enviándole fotos de las chicas de atuendo corto y apretado que pululaban la fiesta.
Calzó saco y pagó la cuenta, cruzó la calle encorvado y con aspecto de dolor. Brevemente se acostó de nuevo y realizó el intento de dormir un poco.
Cinco y treinta marcaba la hora aquel reloj LED que se posaba sobre su mesa de luz. La ventana abierta y compenzaron los primeros cantos de algún que otro pájaro madrugador.
Seis en punto sonó la alarma.