Crimen y castigo, Dostoievski

God save Rasumikhine

Uno de mis personajes preferidos de la literatura es Rasumikhine, el amigo del asesino Raskolnikov en Crimen y castigo. Cualquier lector de esta novela de Dostoievski queda abrumado (lo tengo comprobado) por la inquietud que le inocula el ruso. El sufrimiento del protagonista es compartido. Lloramos la pobre suerte de Raskolnikov con él, nos aburrimos como él en el diván, y sobre todo, nos agobiamos sobremanera por la barbaridad que ha cometido (y de la que nos sentimos cómplices).

En éstas, Rasumikhine me inspira bastante simpatía. Si hay alguien que permanece al lado del desesperado estudiante asesino de viejas, es este desgarbado joven. Le vemos echar mano de paciencia una vez tras otra, al compás de los bajones y subidones de su compañero de apuntes.

Eso sí, hay que reconocer que este Rasumikhine nuestro (al menos mío) es un tanto torpón. Trata de enmendar a Raskolnikov de una vez, que cambie de actitud de un día para otro. Es como remediar la pobreza de un mendigo cubriéndole con la toga real sus vergüenzas, sin antes darle un buen baño y proveerle de ropa interior.

Pero precisamente es esta atolondrada actitud la que más (me) enternece del aprendiz de letrado del que hablamos. Rasumikhine es inteligente, pero aún joven e imprudente (dos condiciones que suelen ir unidas, pero no tiene por qué). Si no ayuda efectivamente a su amigo, no es porque no quiera, ni mucho menos, sino porque no sabe. Ni siquiera cae en la cuenta: a su juicio, está haciendo con Raskolnikov precisamente lo que este chico necesita. Y claro, no entiende que siga en sus trece, melancólico y hasta depresivo. La paradoja es que el mejor amigo del protagonista no tiene ni idea de cómo ayudarle.

Ninguno querríamos estar en la piel de Raskolnikov. Pero todos querríamos ser Rasumikhine que viene, va, consuela y levanta al primero. ¿Por qué? Rasumikhine es un héroe de la compasión, la rescata en un mundo inhóspito y cerril. Hace esta novela un punto más humana, vista la depravación del protagonista. Y es el contrapunto que dota de armonía toda la historia y permite cerrarla.

Sin contar, por supuesto, con Sonia Semiónovna Marmeládova, la amada Sónechka.

Marisa de Toro