Susana, Pío Baroja

La Verbena Libros
Sep 2, 2018 · 3 min read

1938. Las imprentas de San Sebastián paren Susana, obra de Pío Baroja. Breve, sencilla, ágil. No es novela de aventuras, como Zalacaín o Las inquietudes de Shanti Andía, sino quizá se pueda decir que se trata una meramente psicológica.

Al bueno de Miguel no le ocurre absolutamente nada. Más allá de que marcha a París, que providencialmente se libra de la guerra civil, que se muda incontables veces y que conoce a multitud de personajes, a Miguel no le ocurre absolutamente nada.

Toda la acción, pensamos, sólo rodea el interior del protagonista, es puro accesorio. En apariencia, ocurren muchas cosas, pero a Baroja le interesa lo que pasa en el alma de Miguel y el resto le importa más bien poco. La procesión va por dentro.

Melancólico, austero y aburrido, Miguel, nuestro hombre, no tiene más expectativa que la de morirse en algún momento. Hemos buscado en él aspiraciones, no parece haberlas. Ni siquiera la miseria en la que vive le estimula a buscar una posición económica más desahogada. Nada le llena y él se conforma. Asume que su existencia está vacía y siempre lo estará.

Hasta que aparece ella. Susana. Menos mal, porque revive al protagonista y le hace descubrir la alegría y la belleza de tantas cosas. Sobre todo, las que se encierran en las personas. El tipo introvertido y fatalista de Baroja, cuyo único objetivo era la supervivencia, descubre que el amor también es para él.

La transformación de Miguel, aun siendo sólo parcial, es encantadora. Se abre a su triste mundo un panorama de emociones, posibilidades e intereses. Plasma Baroja la necesidad que tenemos los humanos unos de otros. Con mentalidad de científico, casi diseca el cerebro del muchacho y nos hace ver, neurona a neurona, cómo se va enriqueciendo el chico y además, oye, está feliz.

Pero Baroja aún guarda un as en la manga. Nos va a dejar a todos con la miel en los labios para que nos enteremos de que la vida es perra, casi una sucesión de desgracias, y que más vale no engatusarse con las alegrías, porque o son un espejismo o simplemente efímeras. Para él es mejor el tópico aquel de revolcarse en el barro de la desdicha.

Aquí, en la sorpresa final, encontramos muchas, quizá demasiadas coincidencias con La sombra del ciprés es alargada, de Miguel Delibes. No es poco probable que el vallisoletano leyera Susana y trasladara la misma trama a la aspereza de Ávila.

Volviendo a nuestra novela, resultan deliciosas las descripciones que hace Baroja de París, que conoce como la palma de su mano. Nos lleva hasta allí y nos parece estar en el parque de Montsouris, charlando despreocupadamente con Miguel, Susana, el señor Roberts, Tilly Rocurent y Valentina.

Démonos un paseo por la capital de la Francia de entreguerras. Disfrutemos con los descubrimientos del bueno de Miguel. Gocemos con la bondad de Susana. Eso sí, resguardándonos del pesimismo novetayochista y recordando la máxima que bien utilizan los hermanos Álvarez Quintero en El genio alegre, “alegrémonos de haber nacido”.

|Marisa de Toro

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