Una pena en observación, C.S. Lewis

La muerte, a examen

Se han cantado muchos himnos a los caídos, se han escrito cientos de elegías. La muerte es inevitable; a algunos les atropella como un coche que se ve venir pero que aún está lo bastante lejos (creen) como para cruzar la calle a tiempo, a otros les saluda como vieja conocida porque la han leído, la han estudiado, la han vivido (qué cosas), incluso la han meditado.

A C.S. Lewis, la muerte le visitó una vez en forma de cáncer, se sentó en una salita y después se llevó a su padre. No contenta con eso, volvió a los pocos años también bajo la misma apariencia, pero entonces fue más lejos todavía, pasó a la intimidad del salón familiar y se fue con la madre del escritor. Y aún hubo una tercera vez. Penetró nada menos que hasta la alcoba del matrimonio, el núcleo mismo de la fortaleza. Y allí, los miasmas mortíferos cazaron a H. y se la quitaron a Lewis, años después de haberse dado el sí quiero.

De este tercer golpe nace ‘Una pena en observación’. Lewis se observa a sí mismo, estudia su propia tristeza. El mérito está en que no se lame las heridas pero tampoco se pone aséptico y frío. No debe ser fácil hablar del propio dolor, en este caso desgarrador, sin dramatizar en exceso. Y es que el inglés está mutilado, él lo dice: “Estoy aprendiendo a andar con muletas. Dentro de poco puede que pongan una pierna ortopédica. Pero nunca volveré a ser un bídepo”. Le reconcome la amargura y quiere, en su línea, llegar hasta el final: por qué ha muerto su mujer, qué sentido tiene esto, dónde está Dios, si en verdad siente algo o es puro trámite su duelo.

Personalmente, me emociona una paradoja: a medida que (se) hace preguntas, Lewis va conociéndose mejor. La muerte de su mujer le descubre nuevos matices de su vida, ¡después de tanto tiempo! Estaba tan cerca de sí mismo que no los podía ver. Nace una etapa con la muerte. H. y Lewis se enriquecieron mutuamente mientras ambos vivían. Ahora, H. sigue aportando a su marido; de manera opuesta, no con la presencia, sino con su ausencia. Y Lewis, a pesar de todo, es feliz.

¿Quién nos iba a hablar así del final de la persona amada? Ni siquiera Delibes en ‘Cinco horas con Mario’ o ‘Señora de rojo sobre fondo gris’. Pero eso ya es otra historia.

Marisa de Toro