Noviembre

Cuento Corto


Es invierno y el frío lo hace pesado como si el aire fuera hielo. Me levanto con la precisión que fui adquiriendo solo, sin más aditamentos que la rutina. Baño, cocina, coloco la pava en el fuego y voy como un reflejo a la ventana a observarla.

Son las nueve en punto y ella sale por la segunda puerta de la galería, la segunda, nueve en punto, con esa perfección que se me va encarnando. En su mano izquierda lleva una o dos bolsas de basura, lo único que puede variar. Tantas veces me pregunto por qué a veces, una y otras, dos. Tantas veces Dios se nos presenta perfecto y otras sucumbe como si fuera un frágil invento nuestro. En la mano derecha: las llaves. Abre la cerradura de la reja, las deja puestas y con la misma mano, ya liberada, toma el picaporte y al fin sale a la vereda, se va de cuadro y en cuestión de segundos vuelve, ya sin bolsas. Cierra la puerta, lleva nuevamente las llaves en su mano derecha y entra siempre por la segunda puerta de la galería a las nueve y seis minutos.

Para cuando tengo el agua caliente en el termo y el mate preparado con yerba nueva, se hacen las nueve y cuarto. Tomo una cosa con cada mano: el termo, en la derecha y el mate, en la izquierda, y vuelvo a la ventana. Ella sale ahora por la primera puerta de la galería, la primera, nueve y cuarto. Con los brazos lo más extendidos que puede, lleva la palangana con siete prendas lavadas. Ropa, manteles, sábanas, lo que fuese, pero exactamente siete prendas, y a veces me digo: “¿No te aburre ver siempre lo mismo? ¿La perfección no te aburre?”. Hay quienes miran las noticias a la mañana mientras desayunan o leen un diario o escuchan la radio. Ellos sí suelen sorprenderse de vez en cuando ante cosas que son siempre las mismas, quizás cambian de nombres propios o pasan en diferentes países, pero en sí son siempre las mismas, puede variar en una o dos bolsas de basura. La pregunta es: ¿Por qué a veces una y otras dos?

Ahora se pone en puntillas para colgar la ropa, con el antebrazo intento a medias secar el vidrio empañado. A tientas veo su cabello blanco, su alborotado estilo de principiante equilibrista, su pollera a rayas. Y entre la cuarta y la quinta prenda por tender, y con el vidrio nuevamente empañado, puedo percibir una variación en la escena, una sombra donde debía haber luz, un deseo olvidado que se desprendió del alero, algo que debía estar quieto y se movió. Dejo las cosas sobre la mesada y salgo al balcón, pero el frío es cruelmente insoportable. Voy a la habitación, me envuelvo en una frazada y regreso lo más rápido que puedo. Ella ya no está. El reloj indica las nueve y veintiún minutos. Y veinte, ella debió entrar por la primera puerta de la galería.

Todo parece estar en su lugar, las siete prendas se mecen en el tendedero, todas las macetas, latamacetas, las sillas y la mesa de hierro, todo está en su lugar, y entonces otra vez algo se mueve e inmediatamente llevo mi vista a la puerta de reja que da a la vereda. Falló. Es tal la desilusión…, es quebrar contra el piso el jarrón mas valioso que uno pueda tener. Ella falló. Toda la perfección se acabó en esa puerta mal cerrada. Entonces, el árbol que da contra la medianera empieza a crujir y las ramas se mueven como en plena tormenta y puedo ver sus patas y sus manchas mientras corre por una, casi hasta quebrarla con su peso, y salta, con tal belleza salta…, con una dulzura y elegancia, que me estremezco hasta el llanto. Es todo tan absurdo, ella con su perfección, rota ahora, una puerta mal cerrada y un tigre en plena ciudad, como si hubiese estado ahí por años esperando este momento. Ahora ya sobre su techo, no puedo más que comprender que la vida es un absurdo.

Ella, ajena a todo, sale a las diez menos cuarto con la perfección que ya no le sienta bien, por la segunda puerta de la galería. Y mientras comienza a descolgar la manguera enrollada que cuelga en la pared, no puedo dejar de llevar una y otra vez mi mirada de uno al otro: ella, el tigre, ella con la manguera ya en el piso, el tigre agazapado acercándose a la cornisa, ella con un extremo de la manguera en la mano, el tigre acercándose a la cornisa, ella inclinándose para conectar la manguera a la canilla del patio, el tigre en la cornisa y yo que trato de gritarle que está en peligro, que vuelva adentro, pero nada sale de mi boca, como un castigo divino, y entonces pasa: el tigre salta y ella se desploma contra el piso y el tigre la toma por el cuello y la retuerce, pero ella inmóvil solo queda sobre el piso, el tigre bebe con sus ojos una vida un poco triste, pero ella inmóvil solo queda sobre el piso. Pierdo por primera vez noción de la hora, el tigre se retira en busca de sombra, necesita calma, necesita frío.

En cuanto pude reaccionar, bajé con la plena ignorancia de cómo enfrentar un tigre y corrí por las calles de la manzana con cierta desesperación. Y al llegar, la puerta estaba cerrada. Cuando la policía acudió a mi llamado le dije que, de casualidad, la vi desde mi balcón desplomarse contra el piso. No les dije que eran las nueve y cuarenta y siete, no les advertí de ningún tigre, pero observé atento como arriesgaban su vida con suma cobardía.

Ya es noviembre, ahora salgo sin titubeos al balcón a observarlo. El invierno fue duro. Mi vida lo fue. Él aún ronda por la vieja casa entre la ropa que aún se mece y que va desapareciendo con el dolor que causa el viento. Es noviembre y mi vida lo es, como para el reloj las once en punto, o como para el tren es Yrigoyen o el 85 para Rulfo. Pronto va tomando rutinas, nueve y media sube al árbol a cazar palomas, a veces una, a veces dos. Y cuarenta y cinco, sube al techo y me gruñe. Es entonces cuando entro y enciendo el televisor para escuchar las noticias, es noviembre y temo que pronto las palomas no le serán suficientes, le temo, quién es capaz de ignorar a un tigre que viene.

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