Sin título

Voy a describirme por un segundo: me dedico a pensar todo el tiempo sobre lo que debería estar haciendo.

Se me ocurrió hacer una nueva tira, esta vez sólo con chistes y sin personajes que tomen el control de la misma (estoy hablando de vos, Mofo). Nada demasiado elaborado o que me dé dolores de cabeza. Chistes con los que tu verdulero podría envolver media docena de huevos, si es que salieran en el diario. Escribí varios, dibujé algunos pocos y… y… ¿dónde está la tira? Bueno, existe un pequeño problema, como siempre.

Tal vez lo sepan, pero a las cosas hay que ponerles un título. Por ejemplo, a esto que estoy escribiendo debería ponerle un título, pero no tengo ganas de pensar en uno. Bueno, para la tira tampoco, ¡pero sí debería pensar en uno! Y por eso todavía está ahí, juntando polvo en algún rincón de mi cerebro. Si no tengo un título, no puedo hacer nada con ella. Porque ese “pequeño problema” que mencioné arriba es el tiempo que me está llevando llegar a dicho título, no sólo no tenerlo. Y sí, el tiempo es mucho.

¿Tengo algún compromiso con esta tira? No. ¿Tengo todo el tiempo del mundo? No porque tengo planeado morir en 2074, y no falta mucho tiempo para eso. Sí puedo decir que nadie me apura. Bueno, nadie excepto… yo mismo. Como dijo una vez Yoda:

La ansiedad lleva a no pensar. No pensar lleva a la desesperación y la desesperación… eehh… bueno, lleva otra vez a la ansiedad.

Mi vieja psicóloga diría que, inconscientemente, no tengo ganas de hacer la tira y por eso todavía no se me ocurrió el título. Es decir, no estoy poniendo la suficiente energía en él. Y tal vez tenga razón, pero claramente tuve yo razón cuando dejé terapia. ¿Para qué necesito pagar por psicoanalizarme si puedo hacerlo yo mismo? Qué locura. ¿Por qué gastan plata en contarles sus problemas a desconocidos? No tiene sentido. Vayan al cine, mejor. A mí me funciona y este texto es prueba de ello.

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