Las trampas de la fe
Luis Eduardo Barrueto | @lebarrueto

Hace unos días, el diputado unionista Leonel Arango propuso el establecimiento de un Día Nacional de Oración. No hace mucho, el diputado de Líder Marvin Osorio propuso introducir la enseñanza de la Biblia cristiana en escuelas públicas y colegios privados del país. En las elecciones mismas, los candidatos trataron de amistarse con el voto religioso manifestando posiciones ideológicas afines a miembros de las iglesias o buscando su apoyo. Jimmy Morales, incluso, se propone una reconquista moral de la política, un eslogan atractivo pero que esconde una premisa: los valores morales de los que habla son cristianos, en un país que se supone laico.
Muchos de estos líderes tratan únicamente de congraciarse con un electorado numeroso y en muchos casos poderoso. Pero el proceso es mucho más amplio que un simple cálculo político. Arango, Osorio y Morales, entre otros, son parte de una tendencia en marcha desde la década de los setenta, que el académico francés Gilles Kepel llamó provocadoramente “la revancha de dios”.

La tesis de Kepel es que el mundo asiste a una renovación de movimientos integristas y fundamentalistas en el cristianismo, el judaísmo y el islam. En parte, esto es un síntoma del proceso de industralización y progreso, que busca el consuelo y la integración de los grupos y minorías que quedaron al margen de la modernidad, en zonas urbanas vulnerables y en áreas con poco acceso a educación. También es parte de un debate más amplio entre los distintos credos y los valores de la ilustración, imperantes en política desde el siglo XIX. Estos grupos se proponen integrar la fe, que había sido relegada al plano personal, en la vida social y política.
En el catolicismo, el punto de partida fue la actualización de la doctrina eclesiástica en el Concilio Vaticano II (1962–1965) y el surgimiento de una divergencia entre los distintos grupos sobre cómo interpretar esta apertura de la Iglesia: unos lo consideran el primer paso de una tarea más amplia de apertura, mientras que otros lo consideran el límite máximo si se busca la preservación de la fe.
En medio de este conflicto surgen grupos que busca construir la revolución social del marxismo, pero fundamentado en una base cristiana (la teología de la liberación); y los grupos de la llamada “renovación carismática”, que en vez de actualizar la doctrina escarban en las enseñanzas de comunidades eclesiásticas antiguas para adoptar prácticas comunitarias, basadas en los dones o “carismas” del Espíritu Santo, por ejemplo el don de lenguas y el de sanación.
En el protestantismo también surge un movimiento comunitario que se propone reconquistar la esfera pública, las iglesias evangélicas. Se caracterizan por la evangelización, la experiencia de la conversión y la “salvación por medio de la fe en Cristo”. Este movimiento inicia en Estados Unidos pero se expande a Latinoamérica con cierta rapidez, a través de la presencia en medios masivos y la construcción de comunidades de creyentes. Pero estas mismas comunidades tradicionalmente optan a espacios en la palestra pública como universidades y el mismo aparato estatal. Desde ahí han buscado impulsar políticas públicas desde la prohibición del aborto y la homosexualidad, temas claramente delicados, hasta el contenido de la currícula de enseñanza en las escuelas.
Con este análisis en mente, sin embargo, es muy fácil denunciar el movimiento como una estrategia populista y de manipulación. O conmiserar a las masas crédulas o embaucadas. El atractivo de estas ideologías militantes, después de todo, es que ofrecen a los creyentes un medio para alzarse por encima de las jerarquías de poder, de educación y riqueza. Todos pueden aspirar a la salvación (desde campesinos hasta empresarios, indígenas o negros, ricos o pobres). En países como Guatemala, ni el sistema económico ni educativo está abierto a muchos de ellos, con lo que es lógico que acudan a la religión y la comunidad para atender necesidades fundamentales. ¿Podemos usar la razón para procurar que esto cambie?
Publicado originalmente en Diario Digital el 24 de noviembre de 2015