El hombre que quería ser feliz

Leonardo Pérez
Sep 6, 2018 · 6 min read

Erase una vez un hombre joven que se encontraba afligido. Verán, no había nada que este hombre quisiera más en el mundo que ser feliz. A sus dieciocho años se encontraba preocupado por no saber con certeza si de verdad era feliz. Esta falta de certeza le angustiaba y un día, desesperado, decidió determinar si de verdad era feliz.

Para esta tarea decidió que la forma más adecuada sería anotar aquellas cosas que con seguridad le harían feliz. Así que busco en su casa una hoja blanca y un lápiz. Con determinación comenzó a escribir, con mucho cuidado, todas las cosas que hacen feliz a una persona. Empezó con una casa, y luego pues es lógico que las otras cosas deberían estar en esa casa. Poco a poco fue anotando con detalle todo lo que una casa feliz debería contener.

En la casa abría una cama, por supuesto, y la cama tendría cierto número de almohadas y cierto número de cobijas. Estas las guardaría en un clóset de cierto tamaño que estaría al lado de la sala. Y por lo tanto habrían ciertos tipo de ropa.

Así fue creando su lista. Cada cosa que anotaba, empezaba con una hermosa y adornada letra mayúscula. Y se aseguraba de que cada una estuviera escrita con letras grandes y caligrafiadas con muco cuidado. Para no confundirse, todas las cosas tendrían su propia línea y mucho espacio para leerlas con claridad.

Pronto se quedó sin espacio en la hoja. Así que comenzó a buscar más papel. Su lista crecía y crecía, hasta que tenía cientos de cosas anotadas y ya no había más papel en su casa. Así que fue a casa de sus vecinos. Una por una, tocó las puertas de todas las casas de su calle para que le regalaran sus hojas de papel.

El hombre escribió día y noche por una semana. Cada vez que se terminaba una hoja, leía toda su lista e inmediatamente se daba cuenta de las cosas que le faltaban por anotar. Al final, la lista contenía cientos de miles de cosas, y las torres de papel ocupaban todo su cuarto en cuidadosas pilas perfectamente ordenadas.

Dando su tarea por satisfecha, el hombre se puso a revisar su lista que contenía todas las cosas que un hombre podría necesitar para ser feliz. Una por una, fue verificando aquellas que tenía.

Para su tristeza y desesperación, se dio cuenta que, de su lista, no tenía más que un puñado de las cosas que había anotado. «No puede ser!» se dijo a sí mismo, «tantas cosas tengo y aún así tantas muchas me faltan».

El hombre llegó a la conclusión de que, sin duda alguna, él no era feliz. El cálculo era innegable. Si tantas cosas aún le faltaban, no había forma de que el pudiera ser feliz.

Después de pensar mucho encontró una solución. En la última hoja blanca que le quedaba anotó su plan para conseguir todas las cosas que le faltaban. Pues se darán cuenta, él era un hombre de acción. Decidió tomar el consejo de los más viejos de su barrio. Ellos le habían dicho que para tener todas esas cosas necesitaría mucho dinero, y que la forma de tenerlo sería con una educación.

«En este país la educación es lo más importante» decían los ancianos. «Quienes saben más, son los más valiosos y los que más dinero ganan».

Así que el hombre diseñó su plan para volverse el erudito más estudiado de su país. Durante los siguientes diez años el hombre estudió todo lo que había que estudiar, prestó mucha atención a todas sus lecciones, y finalmente fue reconocido con los honores más altos que le podían otorgar. Con lo que aprendió, el hombre trabajó y trabajó sin descansar. Pero aunque nunca le falto sustento y pudo comprar muchas cosas más, su lista seguía incompleta.

Lo que es más importante, aunque sabía todo lo que había que saber y tenía muchas cosas, el hombre aún no se sentía feliz. Afligido, volvió a consultar con los ancianos, pues siendo tan inteligente entendía la diferencia entre saber mucho y ser sabio.

Los ancianos le contaron que sólo existía en el mundo un hombre que era más sabio que todos. Pero ese hombre vivía muy lejos, en una montaña que estaba fuera de su país. «Y si existe tal cosa como el secreto de la felicidad, él lo debe conocer».

Así que el hombre tomo una mochila y comenzó a andar. Pues a donde iba no existía otra forma de llegar. Caminó y caminó, durante todo un año. Y por fin pudo llegar a la montaña donde vivía el sabio anciano.

Subió hasta la cima y allí se encontró con una humilde choza de madera. Toco tres veces a la puerta, y de la choza salió una mujer anciana y sonriente.

El hombre le preguntó por la persona más sabia del mundo pues tenía una pregunta muy importante que hacerle. La anciana le respondió que ella no conocía a tal persona pero, si el hombre joven requería de ayuda, ella haría lo mejor que podría para ayudarlo.

El joven le contó su historia y todo lo que había pasado en búsqueda de la felicidad. Y la anciana le sonrió amablemente y le dijo, «espera aquí, creo tener algo que te puede ayudar».

La anciana regresó a su choza. Salió de nuevo luego de un momento llevando en sus manos dos cosas. Una hoja blanca y un lápiz. Se los entregó al hombre y le dijo.

«Regresa a tu casa ahora por el mismo camino por donde viniste. Pero esta vez lleva estas cosas contigo. Cada vez que vivas algo que te haga reír, descríbelo con detalle en este papel. Cada vez que recuerdes un momento que te haga sonreír, escríbelo aquí. Cada vez que te encuentres con alguien que te ame y que te haga feliz, anota su nombre en el papel».

La anciana se despidió del hombre con una sonrisa y este se dio la vuelta y comenzó a desandar su camino. Le tomó otro año regresar y en el transcurso vivió incontables aventuras. Cada una la describió en el papel como le había sugerido la anciana, y tomo nota con cuidado de los nombres de todas las personas que conoció en el camino que le hicieron sonreír.

Muchas veces debió pedir que le regalaran hojas de papel, pues se quedaba sin espacio para escribir con gran velocidad. Tanto así que tuvo que mandar a encuadernar sus hojas en un pueblo por el que pasó. Para que no se le perdieran y no se dañaran.

Cuando finalmente llegó de nuevo a su casa, en su país natal, el hombre encontró su vieja lista. Entusiasmado se puso a leerla de nuevo, pues no la había visto por años. Cuando comparó su vieja lista con la nueva que había armado se percató de algo.

Su nueva lista, por supuesto, no tenía ninguna cosa. En su lugar habían muchas historias y muchos nombres. Su nueva lista tampoco estaba cuidadosamente caligrafiada. Las palabras no empezaban con hermosas letras mayúsculas. Ni tampoco estaban todas colocadas con cuidado línea por línea. No había casi espacio en blanco en su nueva lista. Pues muchas veces lo que anotó lo hacía caminando, o recostado de un árbol, y en más de una ocasión carcajeándose de la risa.

Su única tristeza era que, en su afán de seguir el consejo de la anciana, había partido de la montaña sin preguntar primero su nombre. Ahora mismo quería anotarlo en su cuaderno. En ese momento se dio cuenta que en una sola hoja de su cuaderno habían anotadas más personas y recuerdos que cosas en cien hojas de su vieja lista. Ya que el hombre era muy inteligente, diestro con la matemática, prestó atención en todas sus lecciones y sabía todo lo que había que saber. Y aunque no tenía todas las cosas de su lista vieja — y aún menos cosas que cuando partió — al ver su cuaderno no podía evitar sentir que finalmente era feliz.

El fin.

Leonardo Pérez

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Psicólogo social de la UCV | Freelancer | Promotor del pensamiento crítico.

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