. bitácora de algunas desventuras (parte III: Nadia)

Nunca le conté a nadie sobre ella. Nadia.

Los que me conocen saben la extravagante, selectiva e ineficaz memoria que tengo. Y peor aún, si se trata de calcular sentimientos; pero hace alrededor de quince años que estoy enamorado de ella. Aunque estuvo en mi vida poco tiempo, su recuerdo sigue haciendo ruido sobre mí, como las gotas de lluvia resbalando por los techos aún terminada la tormenta.

Éramos dos desconocidos frecuentando algunos lugares en común, con escasos intereses encontrados. La música, por supuesto, verdadera compañera de vida, estaba entre nosotros. Me enteré de casualidad que después de muchos años estaba en la ciudad nuevamente. Era domingo a la tarde. Salí a caminar, por las calles invernales. La soledad era absoluta. En mi corazón y en el de la ciudad. Las veredas eran hojas secas y el sonido de mis pasos. Voy a Pompeya. Se hospedaba por ahí, en la casa de veraneo de una tía. Aclaro que nunca supe su dirección exacta, me guiaba porque su casa estaba al lado de una despensa que cerró hace muchos años. Paso por la puerta y toco timbre. Lentamente anochecía. Me abre y nos saludamos, como dos amigos, como hermanos. Como dos solos que buscan consuelo y calor humano.

Mientras entramos, me cuenta sobre su nuevo trabajo; en ese instante recuerdo cuando chicos fuimos a tomar un helado a la plaza Colón y me contó que su papá había conseguido trabajo en otra ciudad, y se iban a mudar en un mes. Ahí fue cuando perdí una parte de mi corazón que nunca pude volver a encontrar. Pone la pava. Fuma. Me ofrece torta de manzana, creo, o de alguna fruta. No recuerdo. Mis sentidos estaban absortos en ella. Me pregunta si mi novia sabe que estoy ahí. “Mi novia no sabe absolutamente nada de mí”, le respondí. Se sonríe. Una mueca de lástima. Sabe que desde que ella se fue, nunca pude elegir una mujer que me haga bien. Ni yo hacerle bien a nadie. Ella sabía que se había ido con algo mío. Seguimos hablando mientras calienta el agua nuevamente. Escucha una radio de música clásica, gusto que me heredó hasta el día de hoy. Esas cosas inexplicables hacían que la ame con locura. No mira televisión. Escribe y escucha Chopin. Pero también escucha Pink Floyd. Por eso la amo tanto.

Ese domingo, mientras tomábamos mate, discutimos un rato sobre el último tema de The Wall y sobre los finales felices. Todo era muy vertiginoso, pasábamos de un tema a otro, con mucha velocidad, y exprimiendo cada minuto de nuestro encuentro. Algo de nosotros sabe que no hay otra persona en el mundo que nos entienda más. Por supuesto, hablamos de su partida y de la soledad. Ella se ríe y habla mucho. Pero también piensa y llora. Le cuesta el amor y le cuesta la vida. Le hice un comentario sobre su torta. Algo así como “la mejor del mundo”. Soy muy exagerado y a ella le encanta. Me saca la lengua. Me mira un rato. Hay un silencio. Se levanta de la silla, se acerca, me da un beso en la mejilla y se vuelve a sentar.. Sin duda, fue uno de los momentos más románticos de mi vida. Ahí, con ella. Me sigue hablando. Ésta vez de sus hermanos y su familia Yo me pierdo un poco en mis pensamientos. Me cuestiono por qué todo es tan cruel y paradójico. Por qué teniéndonos tanto amor, no podíamos vivirlo sin miramientos, sin mandatos, sin ataduras. Ella sabe que estar con otra persona, no me hace feliz. Lo sabe muy bien, y en cada palabra y en cada gesto suyo, siento sus ganas de salvarme. Pero ninguno de nosotros puede escapar ya de sus malas decisiones.

Ya era de noche. Tenía que volver a mi casa sabiendo que no iba a volver a verla por mucho tiempo. Otra vez, se subía a un micro que la dejaba bien lejos mío. Ella eligió viajar y estar lejos de nuestra ciudad natal. De la fría costa. De la peatonal en otoño. De la fuente y la catedral. Eligió otro lugar. Se iba a la madrugada. Su bolso era muy chico. Nunca fue apegada a las cosas materiales. Busqué la mejor manera de despedirme. Hacer el amor hubiese sido una despedida digna de nosotros, pero preferimos abrazarnos. Fundirnos en un abrazo que sería eterno, porque ahí se iban nuestros sueños. Cuando nos soltamos, sin decir nada trae una cámara de fotos, y un paquete pequeño, del cual saca un par de aritos brillantes. Me mira y me pregunta “¿Te acordás de esto?”. Por supuesto. Como no voy a recordar el primer regalo que le hice. Eramos muy chicos y según el consejo de mi mamá y mi hermana sobre “qué regalarle a la chica que te gusta”, le compré ese par de aros. “Cada vez que tengo una entrevista de trabajo, o tengo que viajar, los uso. Me traen buena suerte. ¿Me los ponés?”. Agarré el par de aros, con manos un poco temblorosas, porque su piel tan perfecta me hacía vibrar. Le corro el cabello lacio y rubio para descubrir la oreja más perfecta del mundo. Le pongo los aritos y se sonríe. Le gusta saber que por ella hago cualquier cosa. Le da cierta tranquilidad.

Me dijo que quería que nos sacáramos una foto. Lo nuestro siempre fue muy silencioso y clandestino. No hay registros de nuestra existencia juntos. Pero no porque hubiese que ocultar nada. Sino porque no queríamos que nadie supiera que éramos el uno para el otro. Nos abrazamos y nos sacamos una foto, que me prometió mandarme cuando llegue. Nos despedimos con un beso. Y me volví caminando. Era más rápido volver por las calles de adentro, pero decidí ir a la costa. Me senté frente al mar, en La Perla. Donde habíamos ido a ver el amanecer varias veces. Se me cayó una lágrima pensando que se iba. Con los aritos puestos. Con mi infancia y mi inocencia perdida. Pensé en deshacerme de todo lo que tenía acá. De mi novia que me frustraba, de los ambientes que frecuentaba, de mi carrera y mis pasatiempos. Todo, por ella. Pero fue un egoísmo del momento. Las cosas no funcionan como uno quisiera. Me sequé los ojos, y emprendí la vuelta a mi casa, al barrio que me vio nacer.

Pasó un mes, y me llegó una carta suya. Me contaba que estaba muy bien y que se había encontrado con un amigo en común que teníamos de chicos, y que le preguntó si nos habíamos casado. Por un momento yo me pregunté lo mismo. Y ella le respondió, textual, “algún día vamos a volver a ser chicos y me voy a casar con el”. Ahí terminaba la carta. Ella es así. Es relativa como el tiempo y el espacio. No responde a principios ni finales. Dentro del sobre, también estaba la foto que nos sacamos. La guardé donde nadie pudiese encontrarla, como mi tesoro más preciado, durante mucho tiempo. Ahora la tengo en mi mesa de luz. Ya no tengo miedo a extrañarla, ni a quererla. Ella es feliz donde está, y yo, a mi manera, también.