. expedientes

Con un arma cargada de palabras, me apuntaste. Disparaste. Cada letra perforó mi cabeza. Borrás tu historial de mentiras, con barniz transparente. Solamente las hace más brillantes. Me sigo preguntando, mientras rompes cada cosa a tu alcance, cuánta sombra desangra tu figura. Es infinita a veces, interminable.

Una espiral que se transforma en escalera de una pirámide sin cúpula. Regocijos del pasado, una máscara sintetizada de suciedad que nunca vas a limpiar. Tu alfombra ya no resiste más tierra abajo.

Me tomaste por alguien que no soy. Ya no soy aquel que vocifera. Aquel que te implora. Aquel que alitera siempre las mismas palabras de consuelo. En llamas de una pasión ficticia. Nudo sin desenlace. Obra de la madre naturaleza despojada de nobleza.

¿Cómo despertar a un muerto de su siesta? No está dormido. Simplemente murió para estar consigo mismo por siempre. Ese es el egoísmo de los muertos en vida. Mueren para ensimismarse con su propio ego lleno de avatares de ternura acartonada. En cien años, cuando abran los expedientes donde figuran mis actitudes, dirán que tuve razón.

Y luego volverán a sellarlos, los quemarán y tirarán las cenizas donde alguna vez viví y fui feliz. Pintarán un cuadro, con tu indiferencia. Con nuestros posibles futuros. Con nuestros pasados siniestros. Volarán barriletes, en cielos despejados. Sabiendo que la maestría residía en la solidaridad del ser humano. En la biblioteca de mi resentimiento, en la parte más oscura y prohibida, hay un texto que dice lo siguiente: “¿Qué te hace humano?” reza un graffitti en la puerta de la casa de mi infancia.

Y la respuesta la conseguí ya siendo un hombre grande. Saber de donde venís. Saber quién sos. Y amar sin restricción. Párrafo tras párrafo se devela la falta de todo eso. Si tu vida fuera un libro, serías el papel sobrante de alguna imprenta, esperando resignadamente que te elijan para formar parte de algo. Quizás un panfleto callejero de ofertas de bazar.

Volvamos al presente. Hay un avión en mis emociones. Y le tengo fobia a los aviones. Muy pocos saben eso. Detrás de mi alma, hay una legión de miedos y fantasías inconclusas. Pero hay algo que deje ir hace tiempo. Algo que es muy complicado de explicar. Cuando volví de una de mis tantos estados de coma, hubo una luz de esperanza. A la que me aferré.

Una señal de radio, que escuché. Ahí entre los escombros del muro de la falsedad. Todavía la escucho.

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