El Hombre de Cera

Capítulo-2

Tras un Mal Año

José se despidió del último cliente del día y festejó alzando los brazos. Aquel hombre había gastado un dineral en dos barras olímpicas pavonadas, “Rogue”, y todo un juego de discos de goma de la misma marca. Finalmente, las cosas le estaban saliendo bien, la fatídica crisis había quedado en el pasado. El año anterior, a principios de febrero, su socio y amigo de toda la vida, había fallecido en un accidente de automóviles. Tras tan nefasta eventualidad, se vio obligado a comprar la parte del local de artículos deportivos, perteneciente a su socio, antes de que la viuda la vendiera al mejor postor. Sin dinero de reserva, el negocio había pasado por la mayor crisis de su historia, llevándolo al borde de la quiebra. Cómo si el espíritu de su amigo se hubiera enfadado porque él lo había comprado.

Una noche, triste y melancólico, en la oscuridad de su dormitorio, decidió dejar de sentir autocompasión por lo que le estaba sucediendo y decidió tornar toda esta tristeza e impotencia, en energía positiva. Y así fue, como a la mañana siguiente, lejos de resignarse con que sus sueños y trabajo se desvanecían en la crisis, comenzó los trámites y papeleos para adquirir el permiso de vender suplementos dietarios. Mientras la burocracia del sistema avanzaba con lentitud, aprovechó para tomar un curso de nutrición deportiva, con el que podría aconsejar a sus clientes, en un campo en el que no tenía ni la más mínima idea.

Tras muchos trajines, logró obtener el permiso y colocó productos de marcas nacionales e importadas, al mejor precio del mercado. Con la nueva mercadería a la venta, y sus excelentes recomendaciones, sobre cómo utilizarla, las ventas habían comenzado a moverse.

Gracias a Dios, en los últimos dos meses, las ganancias se habían disparado por las nubes, y, como ya no poseía un socio con el que compartirlas, contaba con más dinero del que hubiera imaginado.

El negocio estaba encaminado, había llegado el momento de liberar toda la tensión acumulada, en el último año, y tomarse unas merecidas vacaciones, junto a su mujer y sus hijos, de cuatro y diez años.

Lo tenía todo planeado, le pediría prestada la casa de playa a su hermana, por última vez en su vida, si Dios permitía que los negocios continuaran en vías de prosperidad, por supuesto. Tomaría un largo descanso, recargaría bien las baterías, y en cuanto regresara al trabajo, abriría una nueva tienda en el centro comercial más prestigioso. De realizarse sus planes, era muy posible, que año entrante fuera el dueño de su propia casa de veraneo. Deseaba comprarla en la costa, cerca de donde su hermana poseía la suya. Habían ido tantos años a vacacionar a ese pueblito, que ya le había tomado mucho afecto, sin contar con que su hijo ya poseía amigos en la zona. Por otro lado, podrían ir todos juntos de vacaciones, sin molestarse. Llevaba una eternidad sin vacacionar junto a su hermana y cuñado. En verdad, su cuñado le parecía un tremendo pelotudo, algo así como una planta parlanchina, que únicamente abría la boca para escupir estupideces, y eso que poseía un título universitario. ¡Dios, lo que sería sin él? Aunque compararlo con una planta, era todo un elogio. Era imposible detestar a un vegetal, y si había algo que ese pelmazo sabía hacer, era hacerse abominar por todos. Era un maldito prodigio a la hora de reunir animadversión de toda la humanidad, a excepción de su hermana, único ser, en la faz de la tierra, que lo adoraba con locura. Pero así como era repulsivo, también era fácil de ignorar, era medio tonto, y si uno no lo miraba, podía hacer de cuenta que no existía. Solo debían encender un televisor cerca del sujeto, y asunto arreglado, permanecía pegado a la pantalla como un insecto.

Sí, unas vacaciones con su familia y la de su hermana, estarían bien. El desear unas vacaciones con su hermana, era algo que anteriormente, ni siquiera hubiera cruzado por su mente. Pero la crisis económica había cambiado algo en su interior, transformándolo en una persona muy sensible, atenta a los pequeños detalles, que antes pasaba por alto, sin gastar ni un segundo en cuestionarlos.

¡Cómo extrañaba ir de veraneo a la costa! Con el frenesí del trabajo y la locura de la ciudad, había visto como algo normal que su familia vacacionara, mientras él se quedaba en la ciudad, atendiendo el local. En bien había comenzado a planear su viaje, sintió como la ansiedad lo espoleaba, apreciando la cantidad de veces que había anhelado cerrar el local y huir junto a su familia. Su hija ni siquiera lo había visto en la playa, y viceversa. Tantos años, trabajando sin interrupciones, le habían pasado factura a su cuerpo y mente. Estaba muy mal del estómago, casi siempre tenía acidez o dolor, padecía de hipertensión arterial, contracturas, depresiones anímicas, insomnio, irritabilidad y estaba engordando más de lo aconsejable por el médico, por lo que, le ponía la firma, el colesterol también estaría por la nubes. Según un test de internet, realizado por un ser tan desconocido, que tranquilamente podría ser: Juan Pelotas, todos esos síntomas eran ocasionados por el estrés, incluso la gordura. Así que, estaba decidido, tomaría la pausa necesaria, para recuperar su salud y pasar tiempo con sus hijos. Camino a su casa, llamaría a su hermana, y si le daba el ok, esa misma noche, reuniría a su familia y le informaría que, la semana entrante, partirían hacia unas largas vacaciones de dos meses y medio. Toooda la temporada alta, sería suya. Y en el caso de que su hermana le viniera con peros, alquilarían un departamento o le tiraría unos pesos a su cuñado. Esa rata, era capaz de vender a su madre por una moneda. Como fuera, no daría marcha atrás, solo regresarían, tres días antes de que comenzaran las clases de Maximiliano y el preescolar de Viviana, para comprar uniformes y útiles.

Una semana más tarde, José cargó la última valija, dentro de la inmensa cajuela del Ford Explorer, cerró la puerta del baúl y ajustó la bicicleta de su hijo, en un soporte especial, ubicado sobre la puerta. Se encascó la gorra con visera, a la que llamaba: “Gorra de conductor”, montó sus gafas “Ray Ban” y llenó sus pulmones, estaba listo para la aventura.

— Vamos, todos a bordo del Villegas móvil — gritó el hombre, mirando hacia la puerta entornada del garaje, que comunicaba con la casa.

— Maxi, Vivi, vayan al baño y, antes de subir al auto, controlen que no se olvidan de nada. Ya nos vamos — ordenó su madre, tras escuchar el llamado de su marido, mientras terminaba de preparar los emparedados para el viaje. Detestaba que sus hijos comieran la basura que vendían en las estaciones de servicio — . Miren, que una vez que arranquemos, no vamos a volver a buscar una muñeca o una pelota de fútbol, así que revisen bien, gritó, alzando la mirada para buscarlos al otro lado de la mesada, sin éxito, seguro estarían en sus cuartos.

José observó a su mujer, Marcela, con admiración, no solo era una hermosura físicamente, sino también, como persona y madre. A pesar de sus treinta y ocho años, conservaba la delgadez y frescura adolescente, de cuando la había conocido. Se sintió agradecido por su amor y bendecido por los hijos que le había dado.

Oculta tras las gafas, una pequeña lágrima se arrojó desde su ojo izquierdo, para deslizarse por su mejilla y terminar hamacándose en el mentón, donde José la limpió con el dorso de su mano, sintiéndose tonto. Otra vez le había florecido aquel efímero sentimentalismo. ¿Sería por el estrés, o se estaría volviendo loco? En las últimas semanas, había estado más sentimental que de costumbre, ya parecía una mujer, y no una mujer llena de vigor y coraje, sino una adolescente acosada por el ciclo hormonal. Lo único que le faltaba, era que le salieran pechos, porque los ruleros, se los pondría en cualquier momento. Seguro, cuando se tranquilizara y librara un poco de la angustia acumulada durante tanto tiempo, regresaría a la normalidad. Si esto no sucedía, tendría que inyectarse un poco de testosterona o algo. De seguir así, uno día iba a despertarse, descubriendo sus testículos en el suelo, sin vida. Un psicólogo, también podría ser una buena opción, aunque temía hablar de más, ya que esos sujetos parecían muy ansiosos por llenar a la gente de pastillas, y él aborrecía los psicofármacos. En su vida, había conocido a unas cuantas personas que los utilizaban, y sus efectos daban mucho que desear. Esas tabletas eran capaces de transformar a “Rambo” en “El abuelito de Heidi”, y él no permitiría que le cambiaran la personalidad. Todo hombre que se precie, debe poseer algo de agresividad y perversión en su interior. Eso no quería decir que era correcto agredir al prójimo, no señor, debía ser una agresividad de vida, enfocada a los negocios, los deportes, automóviles, música y demás. En cuanto a la perversión, bueno, eso permanecería siempre bajo las sábanas de su matrimonio, y la intimidad de sus ojos fisgones, siempre a la caza de unos pechos voluptuosos o un redondeado trasero, pero sin dobles intenciones, por supuesto, sino que era como una especie de coleccionista de hermosas imágenes, que las guardaba en una galería, oculta en un rincón de su cerebro. Una galería que se puede compartir con amigos, pero nunca con esposas.

— Quiero ir adelante — grito Viviana, corriendo hacia el vehículo e interrumpiendo sus pensamientos.

— ¿Ya eres una mujer adulta, como para viajar adelante? — le preguntó José, con una sonrisa.

— Sí, ya soy grande, en cuanto regresemos, le voy a decir a mamá que me maquille para salir con mi novio — le respondió la niña, borrando automáticamente la sonrisa de la cara de su padre.

— Bueno, si eres adulta, entonces dejaré todos estos juguetes que estamos llevando con nosotros — la tanteó su padre, intentando disimular su frustración, y continuar con la broma, para ver con que más lo sorprendía.

— Soy una adulta grande, con mente infantil — le respondió la niña con una carcajada, y quitándole una similar a su padre.

— Eres una enana que se hace la niña, eso es lo que está sucediendo aquí — terció su padre alzándola con ternura, sin dejar de reírse, y alzándola para acomodarla en el asiento trasero.

En cuanto la acomodó en su silla ajustable para niños y cerró la puerta, su sonrisa se borró de sus labios. Esa niña le traería problemas, estaba creciendo demasiado rápido. No había llegado ni al primer grado, y ya estaba diciendo que tenía novio. ¿Sería verdad? Tendría que hablarlo con su madre.

— Pá, Risoña — gritó la niña, estirando su pequeña mano por la ventana.

José notó, que al alzarla, la niña había dejado caer su muñeca de felpa, con sus trenzas de lana roja y su rostro lleno de pecas. La había comprado por el gran parecido que tenía con la niña, aunque sus cabellos, rojos como el fuego, hasta los dos años, ahora comenzaban a tornarse un poco castaños. Inmediatamente se agachó para recoger la muñeca, le sacudió el vestido celeste, que se había manchado con polvo, y se la alcanzó a su hija, quien la recogió con entusiasmo y la acomodó sobre la barra protectora de la sillita. Al verla feliz, se sintió un gran padre, y sintió el rumor de su mujer, que se aproximaba hablando con Maxi, así que tomó asiento detrás del volante, segundos antes de que Marcela y Maxi atravesaran el vano de la puerta y ocupaban sus respectivos asientos, dentro del vehículo.

Estudió el reflejo de sus hijos, en el espejo retrovisor y se sintió agradecido con la vida, haciendo un gran esfuerzo para reprimir un llanto. La puta madre, otra vez la adolescente hormonal que brotaba de su interior.

— ¿Los Villegas están listos para la aventura? — indagó el hombre, con una sonrisa que sepultó momentáneamente a la púber histérica e imaginaria.

— Listos — gritaron los niños.

— No los escuchooooo. ¿Están listos? — volvió a inquirir el hombre, imitando el inicio de la canción de Bob Esponja.

— Listos — gritaron los dos niños y su mujer, con todas sus energías y enormes sonrisas.

La camioneta, Ford, cargada con mucho equipaje, todos los integrantes de la familia Villegas y una bicicleta aferrada a la puerta trasera, salió lentamente del garaje, giró para tomar la calle, y comenzó a ganar velocidad, a medida que la puerta automática de la cochera, se cerraba con parsimonia.

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