El Hombre de cera

Capítulo-1

Desde el Cielo

El pequeño pesquero, Doña Isidorita, se desplazaba por un mar algo agitado por el viento. Mateo apagó el motor y bebió el último sorbo de café de su tasa, disfrutando del sonido del mar, junto al canto de los albatros y gaviotas, que siempre lo acompañaban. Suspiró agotado, se colocó el gastado y sucio impermeable naranja, y salió de la cabina, ya era momento de recoger la red. En cuanto el helado viento golpeó su rostro, se detuvo, situó sus brazos en jarra y se curvó hacia atrás, estirando sus músculos, a medida que liberaba un pequeño quejido. Con sesenta y cinco años, ya estaba viejo para tal trajín, aún no había amanecido, y él ya llevaba tres horas de trabajo. Pronto, su cuerpo ya no le permitiría tal ritmo. Solo esperaba, que tras tanto esfuerzo, aquella madrugada fuera productiva. En las últimas semanas, los peses se habían negado a ser capturados, y de continuar así, se vería obligado a tomar el bote más pequeño, y perder una tarde o dos, en pescar un par de Atunes o peces Espada. Esos bichos se vendían caros, y lo ayudarían a pagar las cuentas atrasadas.

El trabajo de pescador era muy ingrato, no le había permitido acumular ahorros, ni para planear una jubilación decente. A gatas podía mantener la embarcación.

Resollando nuevamente por el dolor de espaldas que se negaba a ceder a pesar de los analgésicos recetados por el doctor, se colocó los guantes de trabajo, refunfuñando contra el holgazán de su ayudante. El muy caradura, al ver que el clima estaba gélido y lloviznoso, había telefoneado para informarle que estaba enfermo. Enfermo de vagancia estaba ese sujeto.

Acomodó los puños de su impermeable dentro de los guantes de caucho, y observó incontables relámpagos estallando en el horizonte. Tendría que apresurarse si deseaba ganarle a la tormenta, lo último que deseaba era que esta lo pillara con el barco lleno de peses. Cuando su carga estaba al máximo, era mucho más difícil sortear las olas. Pero estaba siendo demasiado optimista. Llevaba más de ocho años sin tener la bodega repleta de peces. Como mucho, lo días más gloriosos, llegaba a completar un cuarto de su capacidad. Era evidente, que los años le estaban quitando la lucidez necesaria, como para deducir en que zonas se hallaban los cardúmenes más grandes.

Un trueno llegó a su oído, advirtiéndole que la tormenta estaba demasiado cerca. No lograría terminar antes de que comenzara a llover. Lo único que le falta, sería perder a su Isidorita en manos del mar, como había perdido a su mujer, Isidora, en las del carnicero del pueblo. ¿Qué clase de mujer puede abandonar a un hombre trabajador y honesto, solo porque huele constantemente a pescado?

— Maldita vieja trola — protestó, mesándose su larga y canosa barba.

Era una mujer bonita, pero estaba vieja como para tener aventuras románticas. Cuando una esposa pasaba los cincuenta años, por ley, tendría que aferrarse al hombre que la mantuvo y cuidó toda su vida, y dejarse de huevadas. Veinte latigazos, a la vieja que abandona a su marido. Aunque comprendía, que en los últimos meses, por no decir años, la había desatendido. Siempre de mal humor, detrás del dinero, sin prestar atención a las necesidades de su pareja. ¡Pero qué demonios! Después de todo, si estaba en busca del dinero, era para darle los gustos, y que ella no tuviera que mover el culo de la casa.

Ya vería cuanto le duraba Don Carniza. En cuanto le fuera a pedir dinero o comenzara con sus histerias, le daría un lindo boleo en el traste. Y ahí estaría el viejo pescador, con los brazos cansados, abiertos para recibirla y las manos encallecidas para acariciarla hasta el consuelo.

— Viejo lobo de mar, tremendo cornudo resultaste — murmuró hacia el cielo, como si hablara con Dios.

Sonrió, al recordar las grandes novelas literarias, en las que se describía al viejo lobo de mar, como a un ser endurecido por los años, con temple de acero, una gran barba y una quemada pipa colgando del labio. Aunque nunca decían que ese viejo marino, también era un triste cornudo. Tanto tiempo fuera del hogar, incontables noches, fuera del hogar, navegando en la intimidad del mar, indagando en zonas que el creador no había diseñado para estar al alcance del humano, al igual que el carnicero lo hacía bajo la falda de su esposa.

Maldito pueblo Ciprés, tan diminuto, que de seguro se cruzaría con el mierda de mete cuernos, al menos una vez por semana.

Estaba solo, sin pareja, sin hijos, y sin nadie que se preocupara de él, de su existencia, de sus sentimientos. Uno nace y muere en soledad, y en medio de esos dos sucesos, va disfrutando de la compañía y el amor de los seres que nos rodean, mas, en lo oculto de la esencia, siempre habrá desamparo. Uno goza en la intimidad de su ser y sufre en lo recóndito del alma, pero siempre de manera individual, sin que nadie comprenda la intensidad de tales sentimientos. Hasta un simple abrazo podía ser abrigador, y pese a ser una actividad compartida, la sensación, la calidez o el rechazo, siempre serán individuales.

Apretó su gruesa cintura, rodeándola con la faja de trabajo que le había aconsejado el médico, y jaló la palanca de la grúa. Con un agudo chirrido, las poleas comenzaron a girar, recogiendo la red con lentitud. No necesitó de su vista, para saber que la red estaba vacía, el sonido de la grúa lo delataba. Cuando la red subía cargada de peces, el motor rugía como una bestia embravecida, y aquella mañana, solo zumbaba de aburrimiento. De todos modos, estiró su cuello sobre la cubierta para comprobarlo, y así era, su suerte no había cambiado, la red estaba tan desprovista de peses como los días anteriores.

El hombre estudiaba su nefasta pesca, cuando un destello en el piso húmedo del barco, acaparó su atención.

Apagó la grúa, y alzó la vista, para descubrir, atónito, que una gran masa de fuego, proveniente del cielo, se dirigía hacia él.

No comprendió que era aquello, pero tampoco se tomaría el tiempo para analizarlo. Corrió hacia la cabina e intentó encender el maltratado motor, tan servicial en los años e inútil en la urgencia. El cacharro no encendía.

Apretó el botón uno, dos, tres veces, pero no daba señales de vida. Sabía perfectamente, que cada vez que lo apagaba, necesitaba, al menos de una hora, para poder volver a encender, pero, sin perder las esperanzas, continuó apretando, vanamente, el botón.

Volvió a mirar hacia el cielo, y notó asombrado, que aquellas aves, que siempre lo habían acompañado en alta mar, también lo habían abandonado. Ni en ellas se podía confiar. Uno nace y muere en soledad, no hay dudas.

La esfera de fuego aumentaba su tamaño con rapidez, y comprendió que solo tenía unos segundos para actuar, así que, con impermeable, faja, guantes y botas de goma, saltó de la cubierta.

El inmenso meteorito aplastó la embarcación y la corriente arrastró al cuerpo de Mateo hacia el fondo del mar, junto con su barco.

Mientras el agua inundaba sus pulmones, lo único que llegó a su mente, fueron los deseos, de que Don Carniza fuera una buena persona y tratara bien a su Isidora.

Uno nace y muere en soledad.

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