El Hombre de Cera

Capítulo-3

Bienvenidos a Pueblo Ciprés

El vehículo se deslizaba a toda prisa por la carretera, solo transitada por esporádicos camiones, a causa de que aún faltaba una semana para que comenzara la temporada alta. Los sembradíos de girasoles, parcialmente alumbrados por audaces rayos de sol, que se abrían paso a través de un cielo levemente encapotado, brindaban un paisaje natural y tranquilizante.

En el interior de la camioneta solo se escuchaba el zumbido del motor. Los niños estaban entretenidos con sus videojuegos portátiles y Marcela leía un libro de terror, titulado Herencia Inesperada, con la foto de un sujeto, con cara de trastornado, en la contratapa.

José, atento al camino, disfrutaba del cambiante panorama que este le ofrecía, mientras el aire puro ingresaba en sus pulmones y, lentamente, la paz iba invadiendo su interior, apoderándose de él.

Marcela abrió un termo de acero inoxidable, lleno de café, y ofreció una tasa a su marido, que la cogió con energía, para vaciarla con dos largos tragos, sin quitar la vista de la carretera.

— Gracias, eso me cayó a las mil maravillas, aunque me quemé un poco la boca — le comentó José, riendo de soslayo, segundos antes de que la camioneta girara en una de las salidas, y el camino se fuera angostando, hasta transformarse en una avenida de solo dos carriles.

Maxi alzó su vista y leyó un viejo cartel de madera, algo despintado, que anunciaba: BIENVENIDOS A PUEBLO CIPRÉS, donde los sueños se hacen realidad.

Al verlo, recordó a sus amigos de todos los años, y también a los nuevos, que había conocido las vacaciones pasadas, esperando que este año, pudieran venir. A pesar de que su amistad se basaba en unos pocos días al año, los quería y extrañaba, casi tanto como a sus compañeros del colegio. Habían sido cómplices de incontables travesuras e interminables ataques de risas, de esos que te hacían doler hasta la cara. Este año sería mucho mejor, ya que, los anteriores, la temerosa de su madre, siempre lo obligaba a regresar a la casa a las cinco de la tarde, pero con su padre, todo sería distinto, más tranquilo. Por culpa de los horarios de abuela a los que se aferraba su madre, se había perdido grandes aventuras nocturnas junto a sus amigos, aventuras que pensaba recuperar con creces. Seguramente, al estar su padre, le permitirían salir hasta las nueve o diez de la noche, él siempre había sido más permisivo. Todo era mejor cuando él estaba, sobre todo el humor de su madre, que cambiaba notablemente en su ausencia cuando su padre debía permanecer en el trabajo hasta tarde.

Lo observó con cariño, allí, detrás del volante, conduciendo por horas sin siquiera quejarse. Admiró su gran porte, el ancho de sus hombros y su aspecto de hombre serio y respetable, con el cabello semicano y expresión agradable, aunque seria. Cuando fuera grande, le gustaría ser como él, un hombre que se podía enfrentar con un tornado y ganarle sin dificultad.

El vehículo empezó a traquetear en cuanto ingresaron en la primera calle sin asfaltar, y, por la falta de transito, la arena de las calles estaba muy floja, por lo que el hombre se vio obligado a colocar la doble tracción de la camioneta para no encallar.

— ¡Cómo extrañaba el aroma del mar! — Exclamó José, abriendo la ventanilla del vehículo y llenando sus pulmones.

— Es olor a peces muertos, papá. Una inmundicia — le respondió su hijo, sin quitar los ojos del juego electrónico.

— Tiene el olor de los s que vamos a comer esta noche — bromeó su padre, pasando la lengua por sobre su labio superior — . s, acompañados por dos vasos de agua de mar, cosecha tardía, y dos aguavivas de postre.

— Nooo, guácala, que asco — protestó Viviana, mirando a su madre con expresión suplicante.

— Está bromeando, hija — le aclaró su madre, para luego amonestar a su marido, con una sonrisa — . ¿Ya ves lo que haces? Deja de asustar a los niños, que después no van a querer cenar. — Regresó su atención a la niña y prosiguió — . Vivi, no te preocupes, que los s son ricos. ¿No los recuerdan del año pasado?

— ¿Qué significa cosecha tardía? — Interrogó Maximiliano, con cara de asombro y retirando la atención de su juego.

— Significa, que la sacaron del mar, y la dejaron el tiempo suficiente, como para que se pudra y tenga un mejor buqué, o tufillo como le dicen los entendidos — respondió su padre, divirtiéndose a lo grande con el disgusto de sus hijos.

— No, yo no quiero, mamá, porfa — suplicó la niña, y todos comenzaron a reír e incluso ella, por empatía, pero sin encontrarle ninguna gracia.

Con un último sacudón, el vehículo se aferró a un suelo de ripio y se detuvo frente a un hermoso chalet de dos pisos.

En cuanto se apagó el motor, todos se apearon, algo entumecidos por el largo viaje de diez horas, y estiraron las piernas.

José fue el último en bajar, y en bien lo hizo, se encontró con dos niños ansiosos por recibir sus maletas, así que colocó sus brazos en jarra y arqueando la espalda, recuperando algo de elasticidad, para alistar su cuerpo antes de enfrentar el trabajo. Tras un pequeño quejido, se dirigió hacia el maletero del auto, quitó las trabas metálicas y desenganchó la bicicleta.

Maxi, con una amplia sonrisa, la recibió sujetándola por el manubrio, y corrió hacia la casa con ella.

— Espera — le ordenó su padre, extrayendo un pequeño objeto del bolsillo trasero de su pantalón — . Aquí tienes la llave del cuchitril del fondo.

El niño regresó a la carrera, en busca de la llave y se retiró de la misma forma, antes de que su padre volviera a su actividad de descarga. Debía acomodarla dentro de un cobertizo, ubicado al fondo del jardín, donde estaría al amparo de la bruma marina que corroía todos los metales.

En cuanto llegó al parque trasero, tras atravesar un pasillo al costado de la casa, se asombró al ver el pasto crecido, y el aspecto de abandono le generó un cierto temor. Pero ya era casi un hombre, no podía continuar con los mismos temores de todos los años, siempre lo había aterrado aquel sucucho con aspecto tenebroso, cubierto de musgo, claveles del aire y oculto bajo la constante sombra de dos inmensos cedros y un ciprés, que la rodeaban. Ya era momento de madurar y enfrentar sus miedos, así que ignoró el silencio abrumador que lo rodeaba, reunió un poco de coraje y se encaminó hacia la pequeña cabaña, intentando no pensar en la cantidad de insectos que allí estarían viviendo.

Una vez frente a la mohosa puerta de madera, buscó la llave en el interior de su bolsillo, y con cuidado, la hizo girar dentro de la cerradura. Era asombroso, a pesar de lo maltratada que estaba la puerta y del óxido de la cerradura, la llave había girado con total suavidad.

Al tomar su amplio picaporte, se manchó la mano con herrumbre y dedujo que seguro, esa puerta no había sido abierta desde el verano pasado, impulsada por sus propias manos para recoger su rodado, antes de volver a casa. Sintiendo el escozor del hierro oxidado que se clavaba en la palma de su mano, tiró con todas sus fuerzas, intentando que la madera hinchada pudiera ceder. Tras un enorme esfuerzo, la puerta crujió y finalmente logró abrirla. El hedor a madera húmeda brotó de las entrañas de aquella vieja cabaña, obligándolo a fruncir el rostro con repulsión, y se detuvo en la puerta, observando la aterradora oscuridad de su interior, levemente apaciguada por una única claraboya, con sus vidrios llenos de verdín y tierra, y la luz que ingresaba por la puerta. Aquel sitio estaba atestado de viejos y polvorientos trastos, sin ningún uso, antiguas maquinarias que no sabía para qué eran, podadoras y corta setos, que, de tanto en tanto, se ponían en uso. El pequeño vehículo debía ir al fondo de todo, en un sucio recoveco entre dos salvavidas, que, un siglo atrás, seguramente fueron rojos o naranjas, pero que ahora solo tenían un leve tinte rosáceo-amarronado, y un viejo Kayak, que siempre lo había asustado, asiéndole imaginar que todo tipo de criaturas desagradables podrían estar viviendo en su interior, dispuestas a saltarle en cualquier momento.

Con recelo, ingresó un pie dentro del cobertizo, y comenzó a caminar hacia el fondo del mismo, sin evitar otro pensamiento más que en la cantidad de arañas que estarían viviendo en aquellas penumbras.

Observó el agujero del kayak y su mente lo llevó, inmediatamente, a la película “Aracnofóbia”, en la que una inmensa araña vampiro se instalaba a vivir en un granero junto a la casa, un sitio muy similar a ese. Con total desasosiego, iba colocando un pie delante de otro, avanzando hacia una oscuridad llena de insectos monstruosos, que lo acechaban ocultos tras los incontables trastos. Con la vista inquieta, indagaba en cada uno de sus rincones, a la espera de que una inmensa tarántula brincara hacia su rostro. Arrastró los pies en el áspero suelo, hasta acercarse a los salvavidas, y comenzó a respirar con fuerza, sin animarse a mirar el hueco de la canoa. Miró hacia abajo, buscando el pie retráctil del vehículo, cuando la puerta comenzó a ronronear, cerrándose con el impulso del viento costero, dejándolo en las penumbras. Solo un diminuto haz, debilitado por la mugre de la claraboya, era su única fuente de iluminación, permitiéndole distinguir solo siluetas sin detalles y sombras alimentadas por su imaginación. El corazón comenzó a tamborilearle con fuerza y su respiración se volvió demasiado sonora, a medida que la transpiración perlaba su frente y bajaba por su rostro. Intentando mantener la calma, llenó sus pulmones y continuó avanzado hacia el fondo, forzándose por anular sus pensamientos negativos. Solo quedaba un metro para llegar al sitio indicado, y podría arrojar su carga y marcharse a toda prisa. ¿Por qué no podría dejarla ahí y listo? Seguramente su padre lo reprendería, si ingresaba a buscar la podadora y se tropezaba con la bicicleta. Nunca comprendería el placer de los adultos por hacer cosas tediosas, como cortar la grama, cuando estaban de vacaciones. Con dos pasos más, llegó al fondo del cuchitril, estaba bañado en sudor, y se apresuró en bajar el pie metálico del rodado, con una patada, antes de apoyarla con suavidad y lentitud, temiendo de que alguien, o algo, notara su presencia y lo atacara. La bicicleta se mantuvo firme en su apoyo, cuando el extraño murmullo, de un objeto deslizándose, llegó a sus oídos y su mirada se dirigió automáticamente al hueco del Kayak. La oscuridad no le permitía saber de qué se trataba, pero había algo allí, con él. Al segundo, pudo notar como una vieja lata de aceite caía desde un estante y se estrellaba contra el suelo. La araña vampiro no estaba dentro de la canoa, pero sin dudas, estaba allí. Su mente le indicaba que saliera corriendo, pero sus pies se negaban a moverse. Los ruidos sonaban cada vez más cerca, y no lograba localizar al causante.

Finalmente, sus pies se pusieron en movimiento, y sin quitar la vista de la pared trasera, de donde provenían los sonidos, retrocedió, precavidamente, en dirección hacia la puerta, agazapado y con las manos a la altura del pecho.

Restaban unos pocos pasos para alcanzar la salida, o al menos eso le pareció, ya que no se animaba a mirar hacia atrás. Rió aliviado al pensar que lo lograría, cuando una figura negra y grande saltó delante de él, borrando su sonrisa en el acto.

¡Dios!, pero si parecía la araña de la película. Un compañero del colegio le había comentado que la historia era real, que una araña gigantesca había matado a todo un pueblo, sin dejar más rastro que el de sus crías. Una especie desconocida hasta el momento, le había dicho.

La figura negra se deslizó hacia él, con gran rapidez, y, ya en su proximidad, brincó hasta su pecho.

Maxi gritó con todas sus fuerzas, sintiendo que algo peludo se posaba entre sus brazos, y obligándolo a trastabillar con uno de los trastos esparcidos por doquier.

Cayó de espaldas y se golpeó con muchos objetos en el interín, aunque el terror no le permitió sentir ningún dolor.

— Auxiliooo — gritó el joven, con desesperación — . Papáaaaa, ayúdame, una araña gigante me está atacando.

La puerta de la pequeña cabaña se abrió de golpe, permitiendo el ingreso de luz, y observó una bola peluda en su pecho, no solo lo había sentido, aquello era real. Aunque, cuando sus ojos se acostumbraron a la iluminación, reveló que la gigante tarántula vampiro que intentaba devorarlo, no era más que un hermoso gato negro, de largos vigores, que se le había trepado buscando cariño y alimento. Se sintió verdaderamente tonto y cobarde, al descubrirlo.

Su madre, al ver la escena, no pudo más que descostillarse de la risa, hasta que le saltaron las lágrimas. A pesar de que sabía que su risa podría ocasionarle años de terapia, cuando fuera adulto, no lograba contenerse.

Marcela nunca hizo ningún comentario sobre el susto del cobertizo, evitando ridiculizarlo delante de su padre y hermana, por lo que Maxi la quiso más que nunca.

Tras presentar al nuevo integrante a la familia, al cual Marcela bautizó “IT”, a la vez que le guiñaba un ojo a su hijo, todos continuaron con sus tareas, hasta que se acomodaron en la casa. No era una mansión, pero si lo suficientemente grande como para que estuvieran en total comodidad, y los niños contaran con un dormitorio para cada uno, como estaban acostumbrados. Los cuatro dormitorios eran muy amplios, la cocina era el doble de la que tenían en su casa, también había un living de generosas proporciones, una sala de estar, un comedor y un lavadero anexado a estrecho pero largo tendedero, de interior, para evitar los estragos de la bruma salada.

Tras colocar sus pertenencias en los respectivos armarios, José, Marcela y Maximiliano, comenzaron a limpiar la casa, mientras Viviana alimentaba y jugaba con IT, sin dejar de supervisar el trabajo de los demás, comentando, con enfado, cuando alguien había dejado un hueco sin barrer. La higiene realizada, a pesar de ser algo superficial como para que pudieran dormir con tranquilidad, les demoró un par de horas. Como se había hecho demasiado tarde, solo quitaron el polvillo de los pisos y muebles, y se apresuraron a tomar una ducha, para ir al diminuto centro del pueblo a buscar un restaurante donde pudieran cenar. Los detalles de la higiene tendrían que esperar hasta el día siguiente.

En menos de media hora, ya estaban dentro del vehículo, camino al restaurante “Don Pipón”, al cual ya conocían de años anteriores, apreciando que su comida era deliciosa, sana y no demasiado cara.

José se dio el gusto de comer dos raciones de sus anhelados s fritos a los que compartió con Marcela, mientras los niños los miraban de soslayo, con expresiones asqueadas, y devoraban unos fideos con salsa de tomate. De postre pidieron la copa helada de la casa, llamada “Copa Pipona” compuesta por helado de chocolate y crema, junto con frutas, trozos de galleta, flan, merengue, mucha crema y cubierta con un jarabe de chocolate, de la cual disfrutaron los cuatro.

De regreso a su casa, Maxi intentaba mantenerse despierto, mientras su hermana dormía plácidamente dentro de su silla ajustable, y sus padres dialogaban sobre cuánto había cambiado el pueblo.

En cuanto ingresaron a la zona boscosa que rodeaba la casa, a pesar de la profunda oscuridad, maxi notó una extraña figura que avanzaba entre los pinos y arbustos, a pocos metros del estrecho camino sin asfaltar. Era como una especie de criatura blanquecina, que brillaba como si fuera de plástico, y caminaba encorvada como un mono. ¿Acaso sería una especie de duende? Sin saber si se trataba de un hombre o de un animal, experimentó una mezcla de miedo y curiosidad.

— Miren, ¿qué es eso? — gritó a sus padres, señalando el sitio en el que había visto la figura.

— ¿Qué cosa? — Lo cuestionó su Marcela, mientras su padre disminuía la velocidad para ver de qué estaba hablando.

Maxi distrajo un segundo la vista para ver a sus padres, y cuando la regresó al bosque, ya no había nada.

— Allí había algo, no sé, era como un mono blanco, pero sin pelo y brilloso — les informó a sus padres.

— Es normal, mucha gente sale a hacer ejercicio por las noches, cuando hace menos calor — le respondió su madre, sin darle importancia, y su padre volvió a acelerar.

— No te das una idea la cantidad de disfraces que utilizan algunos sujetos, a la hora de hacer ejercicio — terció José, con una mueca de desaprobación.

Al llegar a su casa, el niño se había olvidado por completo del asunto, y se acostó en la inmensa cama de dos plazas, tapándose hasta el cuello y suspirando de placer. Había sido un día agotador, pero gracias a Dios, habían comenzado las vacaciones. Cerró los ojos, mientras el murmullo del televisor, en la planta baja, lo tranquilizaba, ya que sus padres estaban despiertos viendo una película.

Maxi se giró en la cama y sonrió, pensando en lo agradable que era vacacionar con ambos padres, y en lo grato que sería reencontrarse con sus amigos del verano.

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