Herencia Inesperada

Capítulos -6

Ignacio observaba hacia el jardín, una y otra vez, sin poder creer lo que estaba viendo. Las lágrimas nublaban su vista, antes de lanzarse a recorrer sus mejillas, y el aire se negaba a salir de sus pulmones. Allí afuera, había miembros y partes de cabras desparramados por doquier, y todo el piso, césped, árboles, e incluso las paredes de la casa, estaban salpicadas con sangre, recreando la imagen de un siniestro cuadro de Pollock. Incrédulo a lo que revelaban sus ojos, Ignacio pensó que, sí hubieran introducido a todas sus cabras dentro de una licuadora gigante y la hubieran encendido sin colocarle la tapa, ese sería el resultado.

Estaba completamente ofuscado, sin poder dejar de llorar, allí, en la soledad de la noche, cubriendo su desnudez con una simple bata, apoyado contra el marco de la puerta para no perder el equilibrio, e incapaz de percatarse, que a sus espaldas, una oscura sombra lo acechaba desde el living. Él solo observaba los restos de sus queridas mascotas, con su mente aislada del mundo.

Continuó con su llanto, hasta que su mente lo llevó a la evidente pregunta: ¿Quién había hecho aquella masacre?

Al caer en la realidad del peligro que se cernía sobre él, cerró enérgicamente la puerta y le echó llave. Posiblemente, el autor de todo aquello había sido un animal salvaje. ¿Abría sido la misma criatura que gruñó en el sótano?

Aterrado y tembloroso, corrió a la cocina y comenzó a revisar todos los cajones, hasta que descubrió, que sobre la mesada se hallaba un taco de madera con cuchillos de gran tamaño. Sin dudarlo se armó con el más grande de ellos. En caso de que aquel animal ingresara en su casa, tendría con que hacerle frente, si lo iban a asesinar al igual que a sus cabras, no le allanaría la tarea y pelearía con todo su ser hasta el fin de sus fuerzas.

Aterrado y paranoico, comenzó a observar en todas direcciones, y el halo de luz de su linterna brincaba de un sitio a otro, sin respiro, alumbrando todos los rincones, escondrijos y aberturas. Mas allí no había nada, solo una antigua casa, cubierta por las penumbras de la noche, una imaginación estimulada y su vista fallando bajo un paño de lágrimas.

Pobres cabritas, ni siquiera había llegado a colocarles nombre. Había pensado en utilizar aquellos collares para ubicarles las correspondientes chapitas, como esas que utilizaban algunos perros. Habrían quedado muy simpáticas con ellas. Ahora le habían arrebatado ese placer, al igual, que de niño lo había hecho su madre. Sin comprender el motivo, por su mente cruzó la imagen de su padre disparándole a un perro blanco en la cabeza. ¿Qué había sido aquello? ¿Acaso habían tenido un perro? La memoria acostumbra a guardar la mierda bajo llave, en gavetas bien ocultas en el fondo del cerebro, porque sabe que uno intentará encontrarla a toda costa, y esa mierda puede llegar a contaminar todo el ser, la psiquis e incluso el alma. Aunque algunas veces uno llega a dar con esa gaveta oculta que contiene lo que no hay que recordar, y es cuando suceden los conflictos de conciencia.

Una silueta humana, de inmensas proporciones, se hizo presente en el vano de la puerta que conducía al cuarto recibidor, interrumpiendo por completo su ensimismamiento y haciendo añicos toda su teoría sobre la memoria; silueta que antes lo había estado espiando desde el living.

Ignacio dirigió la luz de su linterna en esa dirección, pero la iluminación reveló que allí no había nada, entonces movió el haz de luz de aquel sitio, para descubrir que aquella sombra se había hecho presente nuevamente en el mismo lugar, pero esta vez no solo se contentó con examinarlo, sino que comenzó a avanzar hacia él. Colmado de terror, sintió como su respiración escapaba de su control, volviéndose frenética y provocándole una ineludible hiperventilación, que le provocó la pérdida del conocimiento. A los pocos segundos, cuando la sombra no había avanzado más que unos pocos centímetros, Ignacio cayó desparramado en medio del living. La linterna se soltó de su mano y giró por el suelo hasta que, con un trompo final, se detuvo alumbrando su rostro. Un rostro pálido en inconsciente en medio de las penumbras nocturnas del terror y aquella sombra que avanzaba hacia él.

Abrió los ojos sintiéndose aturdido, sin comprender donde estaba y, mucho menos, el motivo por el cual se encontraba tendido sobre la alfombra del living. Se puso de pie y descubrió que ya era de día y, fue entonces, cuando regresó la pesadilla del recuerdo para quitar el poco color que mantenían sus mejillas. ¿Qué había pasado anoche? ¿Dónde estaba aquel inmenso hombre de negro? ¿Por qué no lo había matado? ¿Aún estaría en las casa?

El llamado de la puerta lo asustó, de tal manera, que no pudo evitar que un pequeño grito, muy agudo para un hombre, escapara de su garganta.

Aún atontado y sin comprender bien lo que sucedía, comenzó a correr hacia la escalera que lo conduciría hacia el piso superior, perdiendo la bata en el camino y permaneciendo completamente desnudo.

— Aguarda, no te haré daño — grito un hombre de voz gruesa, cuando Igancio ya estaba por alcanzar la balaustrada — . Y vístete, por favor, no quiero estar mirándote el chorizo todo el día.

Ignacio se detuvo en seco y se giró, para descubrir que un anciano todo tatuado, barbudo y vestido con un traje de tres piezas acompañado por un gorro de lana, lo estaba observando desde la puerta de entrada.

— ¿Acaso eres, idiota? No te quedes allí parado, ve a vestirte que te ayudaré a limpiar la cagada que te has mandado en el jardín — le gritó el hombre de una forma demasiado agresiva para su gusto.

Ignacio se quedó observando unos segundos, meditando si lo mandaba a la concha de su madre o si lo obedecía, mientras estudiaba al hombre de unos sesenta años de edad, que poseía tatuajes hasta en el rostro. Ni lo insultaría, ni le obedecería, primero verificaría que carajos hacía en su casa.

— ¿Usted quien mierda es? ¿Estuvo aquí anoche? — Lo inquirió Ignacio con igual agresividad.

— ¿No hombre, acabo de llegar? ¿Tú eres el sobrino de Castañeda, verdad? — Lo volvió a interrogar el anciano tatuado, acariciando su larga barba como si esta fuera una mascota y envolviéndola con el total de su mano con cada mimo.

— Por supuesto — respondió Ignacio con total descortesía — , soy único sobrino y familiar del difunto Francisco, ¿y usted es uno de los “ZZ Top” o solo es un maldito senil que no tenía nada mejor que hacer que venir a romperme los huevos?

— No me obligues a darte una patada en el orto, pendejo, comprendo que es una cagada que nos conozcamos en esta mierda de situación, yo quería mucho a tu tío, siempre ha sido como un hermano para mí, pero tampoco voy a dejar que un mocoso culo sucio, como tú, me venga a faltar el respeto. Así que mejor ve a vestirte y regresa pronto, que tenemos mucho para hablar. Mi nombre es Ismael, por cierto, y ahora que tu tío ha fallecido, soy el nuevo Gran Maestre de la logia.

— ¿De qué logia está hablando? ¿Acaso está usted fumado o ha consumido alguna otra droga?

— Ya veo — le respondió el anciano sin mover un músculo de su rostro — . Estás en bolas, en todos los sentidos posibles, por esta única vez voy a dejarlo pasar. Estás advertido, la próxima falta de respeto que escuche de tu parte, será el desencadénate de algo que no querrás que suceda. Puedo estar viejo, sí, pero aún puedo patear muchos culos, y más de un niño mimado como tú — lo amenazó Ismael señalándolo con su mano — . Cuando llegue los otros miembros de la logia, te pondremos al día y te enseñaremos todo lo que debes saber. AHORA VE A VESTIRTE DE UNA VEZ POR TODAS, MALDITO EXHIBICIONISTA, ¿qué sucede contigo?

Apresúrate que hay muchas cabras por incinerar, que esto parece un prostíbulo de hombres lobo.

Ignacio fue a vestirse rápidamente, mientras el anciano tomaba un café en la cocina.

A los pocos minutos, Ignacio llenó una tasa grande con café y tomó asiento frente al hombre.

— Escuche Ismael — le comentó Ignacio con total tranquilidad — , estuve pensando, y no creo que debamos salir al jardín, hasta que no venga alguien de fauna, guardia civil, seguridad nacional o quien sea que se encargue de eso, ya que allí afuera hay algún animal muy sediento de sangre.

Al oír esto, el anciano comenzó a reír desmesuradamente, mientras introducía una de sus manos en la parte trasera del cinturón y extraía una pistola negra de gran tamaño, a la que apoyó sobre la mesa.

— Mira niño… — dijo antes de interrumpirse y observarlo de pies a cabeza — . Aunque ya estás bien boludo como para que te diga niño — acotó el anciano con una sonrisa carismática, que barrió con el enojo de Ignacio — . Aquí traigo una Smith & Wesson 9mm, te aseguro que esta belleza puede matar a un oso de un disparo, no te preocupes.

Ignacio observó aquella pistola y sintió un escalofrío en todo el cuerpo, nunca habría imaginado que aquel anciano estuviera armado.

— Le agradecería que la volviera a guardar, las armas de fuego me ponen algo nervioso.

— Tú sí que eres todo un niño mimado, ¿verdad? — Bromeó Ismael entre risas, guardando el arma con una mano, mientras con la otra palmeaba el hombro de Ignacio — . ¿Seguro eres el sobrino de Francisco? Porque Pancho no podía ir ni hasta la esquina sin un fierro en la cintura.

Ignacio rió sin gracia y apuró su café, mientras el anciano se quitaba el saco, el chaleco e incluso su camisa, dejando su torso fibroso y plenamente tatuado al descubierto.

— ¿Listo con eso? — Le preguntó señalando la tasa de café de Ignacio — . Vamos a comenzar con la tarea, disculpa que me haya quitado la camisa, pero no quiero heder a humo, sangre y cabra todo el día.

Ignacio asintió con la cabeza, se puso de pie, y ambos se dirigieron hacia el jardín.

Un par de horas más tarde, Ignacio arrojaba los últimos restos de animal sobre una gran hoguera, mientras el anciano utilizaba una manguera para barrer con los restos de sangre y pequeños trozos de carne de las paredes. Los pájaros se encargarían del resto.

Al finalizar la tarea, ya habían ganado la suficiente confianza como para que aquel viejo parco y mal hablado del principio, le pareciera simpático. Había mutado en un hombre lleno de energía y humor, tanto así, que hasta le daba la impresión de que había rejuvenecido unos años. En su mente, dejó de ser uno de los ZZ Top, para transformarse en una mezcla de Iggy Pop y Clint Eastwood, con algunos años más que ambos, pero también con muchos más tatuajes.

Agotados por el esfuerzo, se dirigieron a la cocina y se deleitaron con una gran comida, mientras aguardaban la llegada de los otros miembros de la logia, que según los cálculos de Ismael, al menos dos de los cuatro, llegarían al día siguiente.

Tras el susurro de un automóvil, al que Ignacio hubiera apostado la vida, de que se trataba de un convertible, se hizo presente un hombre alto, delgado y vestido muy elegante, con un traje de tres piezas, al igual que Ismael. Este sujeto tenía algunos años menos que el viejo, pero con mucha más cultura, delicadeza y decoro en el habla. Era el tipo de hombre al que Ignacio estaba acostumbrado a tratar, y con el que podría ser amigo.

Este hombre se presentó con el nombre de Josué, y, tras tomar asiento junto al viejo y frente a él, le comentó que era un placer conocer a un nuevo integrante de la logia, y le hizo saber claramente que estaba complacido de tener sangre nueva en dicha reunión.

El resto de la tarde, transcurrió entre chistes verdes, negros y de todos los colores, fomentados por una botella de Chivas que había pertenecido a su tío.

Luego de una gran cena, Ismael encendió un cigarrillo de marihuana y los convidó a ambos, pero ni Ignacio ni Josué acostumbraban consumir ningún tipo de drogas, por lo que pasaron el ofrecimiento, aunque Ismael tenía aspecto de haberlas consumido todas.

La charla comenzó a hacérsele aburrida, porque transcurrió por derroteros políticos y de gente a la cual él no conocía, y solo por cortesía, permaneció unos minutos más en la sobre mesa, a la vez que peleaba con sus párpados que insistían en hacerse cada vez más pesados.

— Discúlpenme, caballeros, me retiro a dormir, llevo dos noches sin poder descansar como corresponde y eso me está pasando factura — se excusó Igancio levantándose de la mesa.

Ambos sujetos lo comprendieron y le desearon buenas noches, mas las intenciones de Ignacio eran otras, lo que en verdad estaba buscando, era escuchar lo que hablaban sin su presencia. Sabía que allí se le estaba ocultando algo de suma importancia, y aquellos sujetos no le inspiraban ninguna confianza.

Subió a su dormitorio, dándoles tiempo a relajarse mientras se colocaba su pijama y aguardó una media hora antes de bajar, lentamente y sin hacer ruido, alistándose a hacer lo que no se debe: oír una conversación ajena.

Se acercó lentamente a la puerta y se detuvo algunos metros más atrás, no era necesario acercarse tanto, en la casa reinaba tal silencio, que hasta un susurro se hacía escuchar por algunos metros. Pero cuando comenzó a oír, se arrepintió completamente.

— Te digo que está muy furioso y no tengo la energía ni el poder de Pancho como para dominarlo, se me va de las manos — oyó en la voz ronca de Ismael — . Hoy cuando llegué, esto era una carnicería, incluso pensé que me lo encontraría muerto, no sé como descubrió que tiene la misma sangre de Pancho y no lo ha tocado.

— Madre mía, esto es más grave de lo que imaginaba, debemos hacer algo urgente o nos matará a todos, comenzando por Ignacio — finalizó Josué.

Continuará el martes 23.

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