Herencia Inesperada

Capítulo -11

Ignacio permaneció allí unos momentos, con el cuerpo laxo y asombrado, hasta que algo se activó en él y reaccionó, no podía permitirlo. El fuego de la ira se encendió en su interior, reavivando sus fuerzas. ¿Quién mierda se creía, esa cosa, para estar jugando con él de tal manera? ¿Qué clase de Dios necesitaba robar la voluntad de la gente? No era ningún Dios, solo un puto monstruo de pacotilla con aires de grandeza.

Lo observó fijamente y se incorporó, sin quitarle sus furiosos ojos de encima. Tendría que enseñarle a respetarlo aunque su vida se fuera en ello, después de todo, no le debía nada, todo lo contrario. No había hecho más que despojarlo de sus fuerzas, sin darle nada a cambio.

— Regrésame la energía, inmediatamente — le gritó a Baal, plantándole cara — . ¿Quién puta te crees?

La figura permaneció inmóvil unos segundos, antes de sujetarlo por la cabeza con la presteza de un rayo.

Ignacio volvió a sufrir aquel fuerte escozor sentido en el ritual, su cuerpo tembló con exagerados e involuntarios movimientos y la visión del monolito lo llenó de súbito.

Era una tarde lluviosa, cercana al crepúsculo, y, a causa de las nubes y la frondosa vegetación, reinaba una oscuridad digna de la noche. Los árboles atajaban la lluvia, formando un precario techado, que mantenía seco el suelo que rodeaba a la tallada piedra. Un grupo de ocho personas formaban un círculo alrededor de ella e Ignacio logró reconocer a su tío entre ellos. Era un joven de aproximadamente unos veinticinco años, con buen porte y modesta vestimenta. Sujetaba un oscuro ternero, amarrado con una brida improvisada con un cinturón, mientras que, con la otra mano, sostenía el grimorio, ojeándolo sin pronunciar palabra y con rostro concentrado. A su lado, distinguió la figura de Ismael, quien parecía no superar los veinte años. Estaba muy delgado y con mal aspecto, seguramente llevaba algunos días sin dormir y alimentándose muy mal, asimilándose a la fachada que tendría un roquero indigente. Sus cabellos le llegaban a los hombros, aunque pulcros, y un vestuario de mezclilla demasiado gastado, hasta el punto de encontrarse rasgado en las zonas de mayor roce, como rodillas y codos. Ismael no perdía de vista a Francisco, manteniendo una expresión de admiración y, con descuido, sujetaba una cuerda amarrada al cuello de una oveja. Junto a él, un sujeto de unos treinta años, con largos bigotes peinados en manubrio, rostro huraño y vestido con un impecable traje, alzaba a un faisán frente a su pecho, como si de una especie de símbolo protector se tratara.

Una mujer, que seguramente bordearía los veinte años, muy bonita, aunque con un aire promiscuo y malvado, se defendía de la lluvia bajo con un impermeable negro abrochado hasta el cuello, y aferraba las patas de un gallo que mantenía colgando cabeza para abajo. Enfrentada a ella, una joven, que muy posiblemente aún no habría terminado el colegio secundario, de apariencia perturbada e inocente y el cabello algo descuidado, mecía, nerviosamente, a un ganso entre sus brazos, al igual que a un bebito.

Cercano a la joven, un hombre de unos cincuenta años, estudiaba las runas de la piedra, con aire distraído, sin percatarse de que el pato al que sujetaba, picoteaba enérgicamente la solapa su saco de corderoy, jugando con un hilo al que de seguro confundía con un gusano. Este hombre poseía el aspecto de un psicólogo, con sus despeinados cabellos salpicados de canas, del mismo modo que su tupida barba.

Sujetándose del hombro del supuesto psicólogo, usándolo de de apoyo, se encontraba una mujer de semblante enfermo y anoréxico, que, con expresión horrorizada, contemplaba el cielo, sin soltarse ni por un segundo el hombro del sujeto a su lado. Una cuerda atada alrededor de su muñeca, culminaba en un lazo que envolvía los cuernos de una cabra blanca, muy rozagante, con sus orejas, boca y hocico tan rosados, que parecía disfrutar de toda la vitalidad y salud que le faltaban a la mujer. A Ignacio le fue imposible calcular la edad de aquel esqueleto en vida, podría haber tenido tanto treinta, como sesenta años. Un grueso abrigo cubría todo su cuerpo, junto a un gorro de lana que enmascaraba su falta de cabello, solo sus frágiles pantorrillas estaban al descubierto. Al observarlas, le dieron la impresión de que se quebrarían bajo su peso, en cualquier momento.

Por último, un sujeto de unos cuarenta años, que irradiaba virilidad y belleza, dignas de un actor de Hollywood, vestido simplemente con una remera negra y un jean, retenía entre sus musculosos brazos a un pequeño lechón marrón, mientras lo acariciaba la cabeza con ternura, intentando calmarlo a base de mimos, para que callara sus chillidos. Le recordó al gesto con el que Ismael se acariciaría la barba, algunos años después.

Francisco elevó sus manos al firmamento y el idioma del libro se hizo presente, mediante extrañas palabras que brotaron de su boca, e Ignacio pudo darles significado: Estaba invocando a su único Dios todo poderoso, rey de las tinieblas, para agasajarlo con el banquete del sacrificio y la adoración.

Pasaron los minutos, y nada sucedía, por lo que Francisco, al notar el escepticismo de los presentes, repitió aquella invocación, una y otra vez, al igual que una grabación. De repente, BAAL los sorprendió, manifestándose sobre el monolito. Los animales gritaban y chillaban en su agónico dolor, sangrando por todas sus cavidades, a la vez que la figura de Baal crecía de tamaño y se hacía más oscura. La cabra blanca, cargada de sufrimiento, comenzó a dar corcovos acompañados por fuertes balidos y la mujer esqueleto, aterrada hasta lo más profundo de su alma, lanzó un alarido extenso y desgarrador que se unió a los lamentos de los animales. La cabra, en uno de sus saltos, efectuó un fuerte tirón, arrojando a la mujer de bruces contra el suelo, donde se silenció en la inconsciencia, mientras los vientres de las bestias se abrían en una orgía de sangre, carne y órganos que volaron por doquier, decorando las vestiduras de los ocho sujetos.

A excepción de la mujer inconsciente, de idéntica forma que en el ritual de iniciación, se desnudaron y frotaron la carne por sus cuerpos, mientras gemían, gritaban e incluso el viejo bigotudo reía. Cortaron sus antebrazos y se colocaron de rodillas en una reverencia.

— Propiedad — gritó Francisco.

— Poder — lo secundó Ismael.

— Atracción — gritó el bigotudo.

— Amor — pidió la niña de secundario.

Y así, fueron presentando sus sucesivos deseos, sin siquiera alzar las cabezas. Cuando el último de ellos culminó, aguardaron unos segundos en aquella reverencia, con la esperanza de oír un débil grito de “salud” de la mujer esqueleto, pero nada sucedió y Baal se esfumó en la nada.

Se pusieron de pie, enérgicamente y dieron rienda suelta a sus deseos carnales. Cinco hombres contra tres mujeres, no importaba, cada una de ellas tenía tres cavidades para introducir sus erguidos penes, y parecía no disgustarles. Las dos más jóvenes, evidentemente estaban gozando con dos hombres a su disposición, y la tercera estaba incapacitada de toda oposición. El bigotudo fue el encargado de penetrar a la pobre mujer desvanecida. La giró para colocarla boca abajo y subió su abrigo y falda hasta la cintura, cuando notó que algo no andaba bien.

— Judit ha muerto — gritó, el bigotudo, sujetando la cabeza de la mujer calva e interrumpiendo la armonía de jadeos y suspiros que invadía el bosque.

Todos se reunieron en torno al macilento cadáver, incluso Baal, que se manifestó detrás de Francisco. Lo envolvió en sus brazos, y gritó convulsionando, con el rostro mustio en una expresión de agonía. Sus gritos crecieron en alaridos, hasta que cayó desmayado sobre el colchón de agujas de pino que comenzaba a humedecerse y amortiguó levemente el golpe de su desmoronamiento, permitiendo el revote de su cabeza.

Así, como se había hecho presente, Baal se desvaneció y Francisco logró incorporarse, asegurando dolor y enflaquecimiento. Gotas de sangre brotaban de su nariz, en lo que había sido una especie de hemorragia.

Ignacio comprendió lo sucedido con la misma claridad, que si Baal se lo hubiera susurrado a su oído: Como castigo por el altruismo de haber invitado a una mujer con un Cáncer terminal para que la presencia la curara, Baal había estado a punto de matarlo como a uno de aquellos animales. Detestaba todo tipo de bondad y, el haber pecado con ella en su nombre, le había robado la oportunidad de el demonio le obsequiaría su don más grande. Aquella mujer había muerto de horror, y Francisco tendría que cargar con su muerte por haber intentado ayudarla.

Ignacio volvió al presente, en el living de su casa, con el cuerpo invadido por la furia y el corazón latiéndole con extrema velocidad y fuerza. Sintió deseos de matar, golpear o cualquier manifestación de violencia, no importaba, solo necesitaba un desahogo.

Lo único a su alcance fue la sombra de Baal, sobre la que se lanzó en un estéril intento de dañarla, pero fue como intentar golpear el humo. Aunque, sus cuerpos se fundieron al ocupar el mismo espacio físico e Ignacio lo comparó con el abrazo a un cable de alta tensión, un gélido y fétido cable de alta tensión que lo estaba quemando, tanto por dentro como por fuera. La figura se desvaneció en la nada, e Ignacio permaneció con los ojos fundidos en la demencia y su cuerpo harto de energía.

Enfurecido, salió de la caza y comenzó a correr por los bosques, sin rumbo, emulando a un energúmeno, en busca de una víctima para saciar su sed de agresión.

Se sentía de una forma maravillosa, pero también, eufórica, con su cuerpo lleno de adrenalina, a punto de estallar.

Corrió por kilómetros, hasta que notó la reja lindante de su propiedad, cortando su paso. Sin importarle, trepó por ella, con la facilidad de un acróbata, y volvió a la desenfrenada carrera en cuanto sus pies tocaron el suelo.

En las cercanías de la casa del vecino, descubrió que un anciano estaba con la cabeza sumida dentro del capó de su camión.

Lleno de furia y odio, sintió repulsión ante imágenes que llegaban a su mente, de aquel viejo de mierda manoseando a una niña a la vuelta de la plaza. Imágenes de ese ser repulsivo, tacaño, y golpeador, que había maltratado a su mujer por años, hasta que, finalmente, ella agradeció que la enfermedad terminara con su agotamiento y pena. Aquel estiércol con forma humana había abusado de su sobrina, sin que la niña de seis años tuviera oportunidad de defenderse o huir. Agazapado, se acercó al pedófilo hijo de puta y tomó una llave inglesa que se encontraba sobre el parachoques del camión, sin que este notara su presencia. El viejo inmundo estaba concentrado en aquel motor del camión, hurgando con sus sucias manos, como lo había hecho con la sexualidad de aquellas niñas. Al igual que el puto catequista, en el confesionario. Escarbando con sus dedos en su miembro y en el interior de su inocencia, sin importarte el costo del trauma acarreado de por vida. Una lágrima corrió por su mejilla y alzó la llave, tan fuertemente aferrada, que sus nudillos se tornaron blancos y la forma de la herramienta se grabó con sangre en la palma de su mano. Con todas la fuerzas de sus ser, bajó la llave sobre el cráneo del viejo repulsivo y contempló como esta se hincaba hasta su pedófilo cerebro. Ignacio rió con satisfacción y volvió a golpear una y otra y otra vez, hasta que ya no había donde descargar su furia. Observó aquel cuerpo, reclinado sobre el camión, con un gran manchón de sangre en vez de cabeza y carcajeó de regocijo. Se sintió pagado de sí por tal justicia y avanzó hacia la playa con pequeños saltos, en los que elevaba sus rodillas y mecía sus brazos de un sitio al otro, al igual que una niña en el recreo, cantando y sonriendo en su delirante frenesí.

Se detuvo frente al mar y pensó en su tío. Sin él, nada de eso le habría sucedido. Se sintió agradecido. Su vida había sido tan miserable antes de la herencia, que el repudio por si propio llenó su alma.

Arrojó la llave lo más lejos que pudo y vio como desaparecía detrás de una ola. No había hecho ningún sonido al hundirse, ni un mísero y simple “plop” de despedida, antes de sumergirse en el mar, donde dormiría hasta que el agua salada la deshiciera en óxido. Nunca la encontrarían, la suerte estaba de su lado.

Su corazón aún palpitaba con desmesurada fuerza, y meditó si debía ir al barco para calmarse, pero se le antojó estúpido, lo que necesitaba era controlarse por sus propios medios. Tomó asiento en la arena e inhaló con fuerza e intentó relajarse, y allí permaneció hasta lograrlo.

¿En verdad aquel anciano había sido un degenerado, o eran falsas imágenes que Baal había puesto en su cabeza para convertirlo en un homicida? No dudó ni por un segundo que Baal le había dado aquella información, pero ¿sería cierta?

Sintió miedo de pisar aquel barco, la culpa lo embargaría y podría llevarlo al suicidio. Lo último que necesitaba en ese momento, era cargar con la culpa del crimen de esa basura. Después de todo había sido un acto heroico el limpiado un poco del estiércol de la creación. Así era, la grandiosa creación, nos alimentaba de maravillas y milagros, aunque, cada tanto, también nos dejaba alguna cagadilla, como aquel viejo.

En verdad, no había más que orgullo en su interior, solo eso, y no lo arruinaría ingresando en el velero, de ninguna manera. Sonrió levemente, y emprendió el regreso a la casa.

Días más tarde, Ignacio se observó en el espejo, y se notó distinto, al parecer, su cambio interno comenzaba a reflejarse en su rostro, en sus expresiones y en su mirada. En tan poco tiempo, se había transformando en una persona distinta, más ágil, más astuta, más corrupta, más siniestra y por supuesto, mucho más peligrosa, ahora era un homicida. Eran pocas las cosas que no se animaría a realizar. Aquel ser asustadizo y respetuoso, que dudaba hasta de hacerse una paja, había fallecido frente al monolito. Ese profesorcillo de mierda, que había sido el hazme reír de todos, ya no existía. ¿Cómo había podido ser tan insignificante y tan cobarde, permitiendo que la sociedad limpiara sus suelas en él? Ahora, era tan diferente de aquel idiota repugnante, como lo sería un tigre de un ratón. Un sucio y miedoso ratón, que vivió feliz de las sobras de los demás, en un sucucho, fétido, al que, con cariño, había llamado hogar.

Volvió a examinar su rostro en el espejo y notó que Baal estaba a pocos metros de la puerta del baño, observándolo, igual que un guardián silencioso a la espera de algo, no sabía de qué. Se impresionó, al comprender que se había acostumbrado a aquella frecuente presencia, nunca imaginó que lo lograría. Incluso, hasta se le hacía amena. Una especie de amigo, padre, protector, Dios y demonio, todo al mismo tiempo.

Por momentos le hablaba, en un diálogo equivalente al que tendría con otro ser humano, pero obviando el respeto y la formalidad que se le debe tener a un ser superior, de ninguna manera, le hablaba como a un amigo. Si no le gustaba, que le agarrara las pelotas, después de todo no podría hacerle ningún daño, pues dependía de él para sus putos ritos.

Al parecer, mientras no utilizara aquel extraño idioma que figuraba en el libro, Baal parecía no comprenderle. Podía decir cualquier disparate en su presencia, sin que este se ofendiera o reaccionara. Un gran amigo.

Luego de aquel episodio, no había vuelto a interactuar con él, y eso que lo había provocado en varias ocasiones, para ver si obtenía algún tipo de respuesta, pero nada.

La última de ellas había ocurrido dos noches atrás, luego de aniquilar el delicioso contenido más de un par de botellas de vino, se había tirado a ver un poco de televisión en el living, con la tercera botella en sus manos.

Baal se ostentó junto a una ventana, a pocos metros de él y sin motivo aparente, aquella figura lo llenó de ira.

— ¿Qué haces ahí parado? — Le había inquirido, con la lengua adormecida por el alcohol — . No seas tímido, ven y mira un poco de tele con tu amigo — lo había invitado, palmeando el almohadón libre a su lado.

Observó a la oscura figura, allí estática junto a la ventana, y no pudo más que reír por lo absurdo de la situación.

— ¿Acaso eres muy respetuoso para presentarte, aquí, en medio de la sala? — volvió a inquirirle, pero esta vez en un tono mucho más agresivo — . Tienes problemas con eso, pero no con jugar con mi cerebro y hacerme matar a un hombre, ni tampoco en romper las puertas de toda la casa. Tuve que cambiar algunos marcos, ¿sabes? Me costó una fortuna, ¿y todo por qué? Porque el GRAN SEÑOR se molestó con mi decisión de dormir en el barco. Bueno, pelotudo, no te me hubiera parado a dos centímetros de la cara, y no me habría ido, ¿o piensas que soy un maricón? ¿Qué pretendías, que te de un besito, Mamón de mierda?

Con gran dificultad, se puso de pie y avanzó tambaleante, hasta pararse a pocos centímetros de la sombra.

— Ya que vas a estar ahí, de sereno toda la puta noche, haz algo útil y ve en busca de un par de mujeres, en preferencia libertinas. Una para ti y una para mí — le ordenó, retándolo, agitando la botella delante de sí, olvidando su existencia — . Ve y tráeme una buena perra. No, ¿sabes qué? Búscame a Brenda — ordenó con aire animoso, sintiéndose un genio — . Te enseñaré lo que es una buena mina, ya verás.

Con una pícara expresión por haber recordado a la joven, retrocedió con sorna, pero la torpeza de la embriagues lo hizo tropezar con sus propios pies y se aferró al respaldo de un sillón para evitar la caída. Desde allí, bebió un largo trago, bamboleándose de un sitio al otro, intentando mantener el equilibrio y concentró su mirada resentida en la sombra.

— VE Y TRAELA, SER SUPREMO Y PODEROSO — le gritó a Baal, arrojándole torpemente la botella, que lo atravesó como a una sombra y se estrelló contra la pared de detrás — . DIJE YAAA, DIOS PELOTSSS, DEMONIO E MIEDA, NO SIEV… — se interrumpió, dejándose caer sobre el sillón antes de soltar el vómito que le estaba impidiendo hablar.

Al recordarlo, sonrió sin gracia, vaya si se había embriagado. Por suerte, no había reaccionado, vaya si le había tocado un demonio cobarde.

El timbre de la puerta de entrada lo sobresaltó. ¿Quién podía ser a esa hora de la tarde? Ya estaba próximo a oscurecer. Lo único que deseo fue que no se tratara de la logia, que viniera a romperle los huevos con sus mambos y mamadas.

Apuró el paso y abrió la puerta, sin molestarse en preguntar de quién se trataba.

Asombrado y excitado a la vez, observó que una joven asombrosamente hermosa, vestida con unos pantalones muy ajustados que marcaban la perfecta figura de sus piernas y una entallada camisa a cuadros con los primeros cuatro botones abiertos en un glorioso escote, que se abría paso a través del delgado saco de lana celeste que intentaba sofocarlo. La mujer estaba apoyada al marco de la puerta, con una rodilla flexionada y sus manos por detrás, en una postura que remarcaba la exuberancia de sus pechos.

La joven inclinó levemente la cabeza, con lo que uno de los rubios mechones cayó sobre su ojo derecho, y sonrió pícaramente.

— ¡Profe, qué distinto que estás! — Exclamó sorprendida, aunque con un gesto inocente — . Me costó mucho averiguar el sitio al que te habías mudado. Tuve que sobornar a unos cuantos colegas tuyos. Aunque, ahora que te veo, comprendo que valió cada centavo — le informó, sensualmente, alzando una de sus cejas con picardía y cruzando la pierna que había tenido flexionada, delante de la otra mientras sacaba pecho.

— ¿Qué haces aquí, Brenda? — Le preguntó Ignacio, sin poder quitar la vista de su escote — . Disculpa, qué modales los míos. Pasa, ponte cómoda — la invitó, sintiendo mariposas en la panza, similar a un adolescente enamorado. La había pensado tanto, que se había terminado enamorando más de su recuerdo que de su persona.

Se asombró al comprender que finalmente Baal le había cumplido su deseo.

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