Herencia Inesperada
Capítulo -16
— Busca aquí abajo mientras reviso el piso de arriba — le ordenó Josué, con determinación — . No sé como haré para tolerar el olor de la habitación de Ignacio, pero lo más posible es que esté allí.
— ¿Estás loco? Vamos juntos — le discutió Amanda, demasiado asustada para pensar con claridad — . Ni loca, me quedó sola aquí abajo.
— Si nos separamos, haremos más rápido. No tenemos mucho tiempo. No temas, sabemos que la casa es segura, Ignacio no está aquí.
Con su última palabra, Josué subió corriendo las escaleras, y Amanda permaneció en la planta baja, con una mueca de desesperación.
¿Por dónde iniciaría su búsqueda? Estaba aturdida y asustada, los nervios nunca la habían ayudado a hacer las cosas bien. Había personas que sacaban lo mejor de sí, bajo presión, pero ella era todo lo contrario, en cuanto la apretaban un poco, se desmoronaba por completo.
¿Estaría en la cocina? No, era un lugar muy malo para esconder un libro, con la grasa y todo eso, se arruinaría fácilmente, a nadie se le ocurriría semejante estupidez.
¿En el living? No tampoco, por allí pasaba demasiada gente, y debía estar en un sitio seguro. ¿Quién ocultaría algo valioso en un living?
— Maldita sea. ¿Dónde lo habrá guardado? — Pensó, mirando hacia todos lados, sin mover un músculo, e intentando deducir en que sitio podría estar el grimorio, mientras mordía sus uñas, saltándoles el esmalte, sin siquiera percatarse de ello.
En el recibidor tampoco podría estar. Bueno, comenzaría con los cajones de los muebles e iría avanzando. También estaba la biblioteca, pero le tomaría una vida localizarlo allí.
De lo único que estaba segura, era, que por nada del mundo volvería a bajar a ese sótano.
— ¿Y si lo llevaba consigo? Ahí sí que estarían jodidos. Bueno, tal vez esa niña podría quitárselo, decían que tenía poderes. ¿Qué clase de poderes? Solo había demostrado las palabrerías de una típica adolescente con mucha imaginación. Nada asombroso o fuera de lo común.
¿Cómo le estaría yendo? ¿Habría encontrado a Ignacio? ¿Sería capaz de defenderse ante él? Podre niña, con lo simpática que era y lo bien que le caía.
A pesar de que se sintió una completa hipócrita, comenzó a rezar para que la joven tuviera éxito. Dudaba que Dios oyera los pedidos de una mujer que había adorado a un demonio toda su vida. Aunque no le importó, tampoco sabía si serviría de algo, pero no perdía nada con intentarlo. Por otro lado, presentía que su fin se acercaba, y no venía de más, hacer las paces con el de arriba.
Entre rezos y lamentos, la mujer comenzó a revisar el contenido de los cajones, con la mayor celeridad posible. Uno por uno, revolvía sus contenidos con ambas manos, para pasar al próximo.
Jade continuaba inmóvil, observando a Ignacio, cuando notó un suave ardor en la boca de su estómago, que aumentaba de intensidad, al punto de quemarle, como si hubiera tomado dos litros de ácido de baterías. ¡No, por Dios! Estaba intentando hacer estallar su abdomen, como había hecho con Raptor. No lo admitiría.
— Vamos tonta, despierta — susurró, intentado relajarse para lograr una concentración, pero estaba demasiado nerviosa.
El ardor aumentaba más y más, haciéndose insoportable, y la joven se encorvó sobre su vientre, sujetándolo con ambas manos y gimiendo de agonía.
Especuló que estallaría en cualquier momento y no alcanzaría a protegerse. Desde su primera visión, había supuesto que no sería una batalla fácil, pero tampoco contaba con sus nervios y la incapacidad para concentrarse. De seguir así, no duraría ni dos segundos.
Imaginó una luz fuerte y pura, inmaculada como la perfección misma, y sus ojos se pusieron tan blancos, como negros eran los del demonio, lo había conseguido. Se centró en su armadura y en lo impenetrable que era. Inmediatamente, el escozor comenzó a menguar y su cuerpo se fortaleció. Se supo poderosa y pletórica de energía, llenándose de esperanzas, pero la quemazón regresó y reunió un mayor esfuerzo para frenarlo, dándole la impresión, que estaba pulseando con el mismo Belcebú.
¿Hasta qué punto aguantaría y cuál sería el límite de su vigor? No lo sabía, pero, si había alguna posibilidad de ganar aquella batalla, tendría que empezar a atacar, y no, repeler las agresiones, únicamente, y esperar que sucediera un milagro. Decían que la mejor defensa era el ataque, y era muy acertado.
Se mentalizó en un hombre inmenso y musculo, como Sansón, que se acercaba al demonio y le daba puñetazos en el rostro, y advirtió como Ignacio se enfurecía y retorcía de dolor, llenándola de euforia.
— Toma demonio, te ataco con los personajes de la Biblia — le gritó la joven, entre risas nerviosas.
El demonio frunció el entrecejo, las venas de su cuello se le hincharon por el esfuerzo y los músculos de sus brazos se marcaron, favorecidos por el reflejo del agua, deslizándose sobre ellos. Avanzó un paso hacia la joven, alzó sus manos y tensó sus dedos, como aferrándola a la distancia.
Pese a estar alejados por algunos metros, Jade sintió que aquellas garras se clavaban en su carne, desgarrando sus músculos y aturdiéndola de dolor. La joven, impotente, liberó un fuerte alarido que se alzó sobre los truenos y el murmullo del viento. Debía concentrarse, aquella cosa estaba jugando con ella como con un niño, no podía admitirlo. El gigante golpeador se había esfumado al comenzar el tormento, y ahora solo debía esmerarse en repeler la ofensiva.
Volvió a proyectar su armadura, pero esta vez no logró aminorar el sufrimiento y se sintió frustrada y rabiosa.
— Yo también te clavaré mis uñas — gritó colérica, alzando sus brazos hacia la bestia con la intención de dañarlo con su poder. Pero, Ignacio no se inmutó, y lejos de provocarle algún daño, advirtió que sus propias manos se incendiaban ante el poder que emanaba del demonio.
Josué tomó una gran bocanada de aire, y se lanzó a bucear en la fetidez del dormitorio de Ignacio. Buscó y revisó cada uno de los cajones de la cómoda, pero allí no había nada. Al girarse para salir a tomar aire, no logró vencer su curiosidad, y su vista cayó sobre el cadáver de Ismael. Se quedó escrutando su cabeza, separada del cuerpo y en avanzado estado de putrefacción. De aquellos ojos se derramaba un líquido amarillento y viscoso, e infinidad de moscas se alimentaban de él, depositando sus huevos en la carne, en un frenesí de inmundicia y podredumbre. Esos huevos, pronto serían gusanos consumidores de carroña, y se darían un festín con lo que una vez fue su amigo.
Las lágrimas nublaron su vista, recordando algunos momentos compartidos con el viejo putañero y cascarrabias, que en el fondo, no era más que un hombre temeroso y lleno de inseguridades. Ahora, estaría de fiesta con Pancho, quien, no solo había sido su mejor amigo, sino también su ejemplo de vida. Ismael había sido un hombre inculto, que de joven, hubo momento en los que tuvo que vivir calle como indigente, y Francisco, todo lo contrario, era un hombre atestado de conocimientos. Se habían conocido en el barrio, cuando eran muy pequeños, y a pesar de que se llevaban algunos años, habían compartido grandes aventuras. De seguro, esos dos espíritus volverían a pasarlo en grande.
Al cavilar en ello, sintió un dejo de envidia, los extrañaba y le hubiera gustado estar con ellos. Sin preocupaciones, sin responsabilidades, solo con la amistad y el gozo.
Aisló su vista, asqueado de indignación y melancolía, cuando la acidez del vómito llegó a su boca. Ambicionó salir al pasillo en busca de aire puro, pero se había demorado es exceso, contemplando a su amigo. Se sujetó a la cama y comenzó a expeler el contenido de su estómago, olvidando por completo su apremiante misión.
El demonio le provocaba dolores ocultos e intolerables, por momentos asumía que su vientre explotaría, y luego se ensimismaba en la luz, y remitía el sufrimiento, para sentir el rigor de las despreciables manos, incrustándose en su cuerpo. Otras veces, ambos ataques se sucedían en simultáneo, y sufría el escozor y las zarpas, que se le hincaban como anzuelos. Discernía que su tiempo se estaba terminando, lo presentía con cada una de sus células.
Ante el padecimiento, su mente buscó refugio en el recuerdo, y viajó a un solazoso atardecer vivido el verano pasado, en el que sus animales corrían por las montañas, retozando entre el verdor de la tierna grama. Sus cabras saltaban felices por entre las rocas, mientras Resortina, seguida por sus lechoncitos, se le acercaba en busca de comida y Manchitas miraba con pasión al Don Cuernitos. Nunca volvería a verlos, ni tampoco, a un atardecer tan maravilloso y romántico como aquel. No disfrutaría de otro crepúsculo. Jamás experimentaría el amor, y lo que tener familia significaba. Si Dios le hubiera dado la oportunidad, hubiera sido una buena madre. Les habría enseñado a cultivar la tierra y a preparar conservas, a la vez que alistaría sus aptitudes para el colegio. Hubiera escogido un esposo cariñoso y varonil, que la cuidara y resguardara a ella y a sus hijos. Lucas podría haber sido un buen candidato para ello, ¿por qué no? Era un joven apuesto y una excelente persona. Se arrepintió de no haberlo conocido un poco más, y seguro se hubiera enamorado. Aunque ya era tarde, no saldría de ese fangoso bosque con vida. Hubiera sido el ser más feliz de la tierra. Hubiera, tiempo pretérito, porque en su futuro no le deparaba felicidad por disfrutar.
Reparó en humedad que bajaba por su nariz, y al tocarla y mirar su mano, descubrió que se trataba de sangre. Nunca le había gustado ver sangre, y mucho menos si era de ella, la aterraba, sobresaltando sus nervios. Muy posiblemente, su cuerpo se estaba desintegrando por dentro. También podría ser una venita, reventada por el esfuerzo, pero lo dudaba.
— Vamos JADE, no seas tan llorona — se arengó con enfado — . ¿Acaso no eres una bruja poderosa? Bueno, demuéstralo. Las brujas no se andan con penas y lamentos, pelean con todo su ser.
Sí iba a morir, se llevaría a ese diablo con ella. No lo dejaría ganar. Se concentró lo más que pudo, y una esfera de luz, traslúcida y débil, se manifestó en torno a su cuerpo, refugiándola de los ataques y aliviando sus dolores.
Enfurecida, extendió sus manos hacia Ignacio, e ilusionó que lo despellejaba por completo, y el gruñido de furia de la bestia llegó a sus oídos, reconfortándola. Finalmente, había logrado dañarlo.
— No te lo voy a dejar tan fácil — murmuró la joven, con una sonrisa llena de enojo.
Amanda, frenética, revisaba los muebles. Abriéndo todas las puertas y cajones que se hacían a su alcance e inspeccionando con ímpetu, pero aquel maldito libro no aparecía por ningún sitio. Descubrió dados, juegos de mesa, bebidas alcohólicas, facturas viejas, cartas antiguas, pero nada de la logia. Incluso, llegó a dar con un álbum de fotos de la antigua mujer de Francisco, con sus familiares y mucha gente desconocida para ella. Ningún indicio del grimorio. Arrojó el álbum, con bronca, dentro del armario y continuó su investigación con la mayor velocidad posible. Solo esperaba que Josué tuviera mejor suerte que ella. Por momentos, rumiaba que la había dejado allí, para librarse de ella, como un niño al que se envía al pelotero, para que no molestara a sus padres. Porque, lo más evidente, era que el libro no se encontrara en la planta baja.
Su mente volvió a caer en la niña, e imaginó las peores cosas.
— Apresúrate Josué, la puta madre — murmuró Amanda, sin detener su exploración.
Ya no quedaba nada en su estómago, y a pesar de que continuaba con arcadas y sus ojos llorosos le restaban visibilidad, investigó las mesas de noche, debajo de la cama e incluso levantó el colchón para indagar, allí también.
¿Cómo saldrían de aquel embrollo? Era un tonto, tras tantos años en la logia, tendría que haber buscado alguna forma de escape, de librarse de todo aquello. Estaba cantado, que tarde o temprano, la situación iba a complicarse. Estaban jugando con un poderoso demonio, con la esencia misma de la maldad y la depravación, no había manera de que eso terminara bien. Antes de ingresar a ese grupo, había sido un hombre honesto y humilde, lleno de inocencia y amor para ofrecer, y nada de eso quedaba en su persona. A lo largo del tiempo, esos rituales lo habían corrompido por completo. Esa suerte ficticia, siempre de su lado, permitiéndole lo que le placiera, sin mayores esfuerzos, lo había llenado de arrogancia y presunción. Siempre deseó dejarlo, pese a que su vida dependiera de proseguir con los rituales. Seguro habría algún modo de librarse de ello y ser feliz, solamente, tendría que haberse tomado el esfuerzo de investigarlo y profundizar en el asunto. Pero, como todo vicio, uno iba postergando su eliminación, hasta que ya era tarde para dejarlo atrás, tarde para todo.
Con cuatro largas zancadas, llegó hasta el armario y arrojó la ropa sobre la cama, para aumentar la limpidez del espacio. Cuando indagó en todos los rincones del armario, sin hallarlo, se sintió tonto, la requisa le había tomado más tiempo del esperado, y había sido en vano.
Sus ojos se abrieron en su totalidad, al recordar que Pancho había hecho construir una pequeña bóveda, en la capilla, para resguardar el libro. ¿Pero en que sitio lo había hecho? La capilla no era demasiado grande, y nunca había visto ninguna bóveda.
La joven continuó lanzando ofensivas, sin efecto, y el demonio se le acercaba cada vez más. Su energía se agotaba con celeridad, la estaba quemando muy deprisa, y pese a ello, no lograba detenerlo. ¡Qué ingenua había sido! Se había enfrascado en una pelea, con un campeón de peso pesado, sin siquiera ser amateur. Era la primera contienda que desarrollaba en su vida y no estaba entrenada para ello. Su espíritu se desanimó, perdiendo las pocas esperanzas que había aunado tras el ataque de Sansón. Era una batalla perdida.
— Vamos, no está muerto quien pelea — se animó a viva voz. Al menos tendría que ganar un poco de tiempo, para que sus amigos encontraran el libro y… ¿Qué haría con eso? Los había enviado a localizar el grimorio, pero no tenía idea qué haría, una vez que estuviera en sus manos. Había imaginado toda aquella contienda de una manera muy distinta, y ni en sus peores perspectivas, dedujo que aquella cosa fuera tan intensa.
El demonio acortó la distancia, otro paso, y el halo de luz que la cubría se apagó por completo. Un agudo dolor se instaló en su cabeza, dándole la sensación, de que la estaban exprimiendo con una prensa. Sus oídos y ojos comenzaron a sangrarle, tanto o más que la hemorragia de su nariz, y se aterrorizó al ver tanta sangre. Sufrió un temor muy profundo e íntimo y, por primera vez, necesitó reprimir las ganas de salir corriendo de allí, mas no ganaría nada con ello, le daría alcance y la aniquilaría de todas maneras.
Sus ojos habían perdido la blancura, estaba muriendo, lenta y agónicamente; le faltó el aire y sus piernas le flaqueaban, evidenciándose con pequeños temblores.
Josué bajó la escalera como un enajenado y se encontró con una Amanda histérica, que parecía al borde de la demencia. Cuando aquella mujer entraba en pánico, era el ser más inútiles que hubo visto en su vida.
Amanda revisaba los cajones con amabas manos, pero solo removía lo que había en la superficie, sin tomarse el tiempo de indagar lo que había en el fondo. No le importó, estaba convencido de que no estaría en el living ni en ningún otro sitio, más que en la capilla.
— Deja eso — le ordenó a la mujer, corriendo arrebatadamente por las escaleras — . Vamos a buscar en el sótano, aquí no puede estar.
— No, ahí está Raptor, no quiero volver allí — se quejó la mujer, con expresión aturdida y distante, como si estuviera imaginando la escena del sótano en su mente — . Te lo suplico.
— A mí tampoco me causa ninguna gracia — le explicó el hombre, colocándose a su lado y jalándola levemente por los hombros, hasta colocarla delante de él y comenzar a avanzar hacia la puerta que conducía al sótano — . Pero hay que hacer, lo que hay que hacer. Si no encontramos ese puto libro, podemos darnos por muertos.
— Tienes razón — le respondió con resignación — . También pienso que puede estar allí.
— ¿Recuerdas la bóveda que se construyó para guardar el libro? — La interrogó Josué, con un aire de emoción.
— Sí, pero nunca la he visto. Creo que está oculta o algo así.
— Puta madre.
El cuerpo de la joven comenzó a trepidar muy agresiva e incontroladamente, había llegado al límite de su vigor y las piernas no pudieron mantenerla. Cayó de rodillas sobre el fango, y una de sus rótulas dio de lleno con una piedra, aumentando su sufrimiento. A pesar de que su cuerpo estaba agitado por el esfuerzo, la gélida lluvia y el helado viento que la envolvían, la calaron hasta los huesos, entumeciendo sus articulaciones. El fin se acercaba a todo galope, podía intuirlo.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro, camuflándose entre las gotas de lluvia, y librándola de la vergüenza de que la bestia las notara. De todas maneras, se había percatado de su carencia de fuerzas, y se le acercó con una tétrica sonrisa de triunfo, estirando sus inmundas zarpas.
No consentía la idea de desistir, si llegaba a tenerla a su alcance, quebraría su cuello sin gran esmero. Aquel sujeto era delgado, pero de apariencia fuerte y fibrosa.
— Ayúdame Dios — imploró la joven, desahuciada, y el albor regresó a sus ojos, junto con la luminiscencia de su cuerpo, que emanó su pureza, provocando que los pies de Ignacio resbalaran en el fango y retrocedieran un par de metros. Tras unos segundos de incertidumbre, la bestia regresó a su ímpetu de acercársele, y su blanca energía lo volvió a rechazar, en una especie de juego, que la estaba drenando hasta lo último de su ser.
Sus manos temblaban con más violencia, el frío la estaba helando por dentro, denotando que la vida la abandonaba gota a gota y se apreció la inminente perdida del conocimiento.
Descendieron rápidamente a la capilla, y no lograron someter la pena al ver el cuerpo de Raptor, allí colgado en la cruz, hecho trizas. Se tomaron unos segundos en la puerta, y respiraron hondo algunas veces, antes de ingresar. Josué no tenía nada en el estómago, pero así y todo, las arcadas le dificultarían la labor.
— Soy incapaz de hacerlo — le comentó Amanda, sujetando la manga de la chaqueta de Josué y deteniéndolo — . Te juro que no logro estar aquí, viendo el cuerpo de Raptor, se me erizan la piel y revuelve el estómago.
— Amanda, DEJATE DE PELOTUDECES. Nuestras vidas me chupan un huevo, merecemos todo lo que nos pase. Nos lo hemos buscado, pero aquella niña es inocente, y se está jugando el culo para salvarnos — la amonestó Josué, perdiendo la paciencia — . ASI QUE, PONTE A TRABAJAR, EN ESTE INSTANTE, Y CIERRA LA PUTA BOCA.
Amanda se guardó sus opiniones, y, con expresión de angustia, inició su tarea, junto con Josué.
Allí no había mucho para revisar, cuatro paredes atestadas de crucifijos invertidos, un mueble con cuatro cajones, un estante en “L” en uno de los rincones y una mesa circular, con el cuerpo de Raptor pendiendo sobre ella.
Ambos se miraron asombrados. ¿Dónde habría escondido la bóveda?
Josué estudió la mesa, cuidando de no pisar los trozos de carne de su amigo, pero no encontraba nada fuera de lo común. De repente, se le ocurrió ponerse en cuclillas, y allí la vio. Una pequeña caja estaba asida a la parte inferior de la superficie, en medio de la circunferencia. Supo que ese era el sitio indicado, pero debía abrirse paso entre los órganos e intestinos de su amigo para llegar a él, y por otro lado, notó una pequeña cerradura en el costado de la bóveda, de la que no tenía llave.
— Puedes aguardar afuera si lo deseas. Monta guardia en la puerta. La bóveda está aferrada debajo de la mesa, voy a revisarla — le informó a Amanda, recuperando su paciencia, y comprendiendo el terror que ella estaría sufriendo, porque él también lo sufría.
— Grita si lo encuentras — le pidió la mujer — , y si noto que alguien baja por la escalera, correré a avisarte y cerraré la puerta de la capilla.
Josué apreció como la mujer se retiraba, y luego, con mucho cuidado, fue corriendo los restos de su amigo con el pie, mientras se agachaba debajo de la mesa.
Indagó la pequeña caja, y se deslizó hasta tenerla a su alcance. Intentó abrirla, pero, como era de esperarse, estaba con llave. No se daría por vencido, pensó en aquella niña y lo que debería estar pasando. Extrajo una pequeña navaja de su bolsillo. Durante años había llevado aquella herramienta consigo, sin darle mayor uso que el de cortar algún cordón o abrir un sobre. Siempre preparado para una emergencia que nunca llegaba, hasta el momento, finalmente, tendría utilidad. Abrió su hoja y la introdujo con cuidado en la cerradura, para comenzar a hacer fuerza en un intento por girarla. El sudor corría por su frente y pequeñas gotas se amontonaban sobre su labio superior. A pesar de que estaban bajo tierra, los truenos resonaban por la casa y el corazón se le aceleraba, a la vez que sus piernas se acalambraban por la postura.
Presionó hasta el límite, y el filo de la navaja se zafó de la cerradura, clavándosele en la mano. Grandes cantidades de sangre manaban de la herida, causando que la navaja resbalara y dificultara su manejo. Retiró el pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón, y envolvió la herida con él, frenando levemente el sangrado para permitirle manipular el cortaplumas. La adrenalina y los nervios enmascararon su dolor, y regresó al trabajo.
Uno, dos, tres intentos, y la cerradura no cedía, era inútil, debía buscar otra forma, porque de seguir así, se tomaría horas en abrirla.
Inmerso en la concentración, dejó caer sus distraídos ojos sobre una de las cruces que pendían de la pared, y tuvo una ocurrencia.
Salió rápidamente de debajo de la mesa, buscó la cruz con aspecto más sólido y pesado, y corrió a arrancarla de la pared, y deslizarse nuevamente a trabajar en la caja.
Colocó la navaja en la cerradura, y comenzó a martillarla, utilizando la cruz como un mazo.
Tras cinco golpes, la cruz se destrozó, justo en el momento en que se rompió la cerradura, y la pequeña puerta metálica quedó desprotegida.
Con las manos temblorosas y ensangrentadas, abrió la pequeña puerta y lo descubrió, allí estaba el dueño de sus vidas.
Jade congregó todo su vigor y logró ponerse de pie, mientras impedía que el demonio se le acercara.
Intentó centrar su mente en las piernas de Ignacio y fracturarlas, pero estaba demasiado debilitada para tales proezas, y sus pocas fuerzas eran utilizadas en frenar el avance del demonio, que lentamente iba ganando terreno. Ambicionó absorber la energía maligna y pútrida que brotaba del monolito, pero con solo pensarlo, le provocó nauseas. No podía utilizarlas, cada cual con lo suyo, lo de ella era la pureza, no la putrefacción, eso solo la debilitaría, aún más.
El demonio gruñó con bríos, suscitando que la tierra vibrara bajo sus pies, y la joven sintió un inmenso empellón, que la arrojó de espaldas sobre el lodo. Las agujas de pino se clavaron en sus manos y otras se enredaron en sus mojados cabellos y se pegaron en su rostro.
Había perdido nuevamente la concentración. Se colocó de rodilla e hizo crecer su escudo, impidiendo que Ignacio se le acercara, cuando la agitación del teléfono en su bolsillo la tomó por sorpresa. Lejos estaba del lujo de extraerlo para ver de quien se trataba, solo deseó que fueran sus compañeros, informándole que habían encontrado el grimorio.
En esa altura, no había objeto que pudiera salvarla.
Dividió su mente, cerró los ojos y envió un pequeño mensaje telepático al cerebro de Josué. No accedería a que se acercaran allí en tales circunstancia, apenas podía mantenerse con vida, mucho menos podría protegerlos.
— Josué, toma a Amanda y huye de aquí — le ordenó, junto con la imagen de ellos, indemnes, subiéndose al vehículo, llenos de felicidad — . Vete lo más lejos que puedas.
Aquella idea viajaría y se instalaría en Josué. Daría resultado.
Abrió los ojos y se asombró, su escisión mental no había resultado como lo esperaba. Sus energías estaban demasiado disminuidas para dividirlas, y la parte encargada de mantener su escudo, había fallado. Aterrada, descubrió a Ignacio, parado frente a ella, tomándola por la solapa del abrigo.
Ya nada podía hacer, era inútil. La sangre continuaba manando de sus oídos, nariz, ojos y boca, estaba acabada. Finalmente el demonio había ganado, era de esperarse. Había sido un contrincante muy poderoso, lo supo desde el primer instante en que lo vio.
Cerró sus ojos y percibió la liviandad de su cuerpo cuando el demonio la alzó en vilo. No lo miraría, no tenía sentido ofrecerle su miedo.
Con sus últimas resistencias, envió sus mejores recuerdos a la mente de su hermano, a modo de despedida. Viajó a una navidad, en la que tenían siete y doce años, y habían planeado quedarse despiertos toda la noche, esperando a Papá Noel, sin conseguirlo. Durante horas, la entretuvo con historias fantásticas, sin dejar de aguardar delante de la ventana, hasta que se durmió en los brazos protectores de su hermano, que luego la había llevado a su cama. Brincó hacia otro recuerdo, de una vez que ella, con solo seis años, tuvo mucho miedo durante una tormenta eléctrica, y su hermano, nuevamente la cobijó en sus brazos, permitiéndole dormir en su cama. Otra vez que Armando la defendió con valor, ante un niño, que por meses la había tratado de bruja, para luego invitarle un helado y consolarla hasta que dejó de llorar. Por último, su mente saltó a miles de recuerdos de ellos descostillándose de risa por cualquier tontería, e incluso, muchas veces solo por dicha, ya que ni ellos sabían el motivo de sus carcajadas.
La angustia se aferró a su alma, provocándole la necesidad de llorar, pero en su cuerpo ya no quedaban lágrimas por derramar.
Se imaginó abrazándolo con toda su ternura, y dándole un fuerte beso en la mejilla.
— Gracias, hermanito, moriría un millón de veces para salvarte. Te quiero mucho — murmuró con las póstumas piscas de sus fuerzas — . Adiós.
Armando dormía profundamente, inducido por los medicamentos, y en su reposo, soñó con recuerdos de su niñez, mientras una inconsciente sonrisa se dibujaba en la comisura de sus labios.
Un cálido abrazo, seguido de un tierno beso en la mejilla, lo despertaron.
Sorprendido, abrió sus ojos y escuchó las palabras de su hermana, abriéndose paso en su mente: — Gracias, hermanito, moriría un millón de veces para salvarte. Te quiero mucho. Adiós.
Una lágrima se deslizó hacia la almohada y el sucesivo llanto ahogó su respiración.
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