Herencia Inesperada

Capítulo 1

Francisco Castañela observó el mar y sonrió con satisfacción, aquella mañana era perfecta para navegar, ya que una fuerte briza impulsaba su velero a más de 20 nudos. Continuó con la mirada perdida en el horizonte y, por un instante, se sintió agradecido con la vida que le había tocado, porque consideraba que los logros no eran individuales, si no asuntos del azar. Si uno era millonario o si no tenía ni para alimentarse, era solo por cuestiones o niveles de suerte y nada más que eso. Siempre había contemplado la teoría de que todo ser humano, desde el momento en que nace, hace lo mejor posible y se esfuerza al máximo por alcanzar sus objetivos, y si no llega a conseguirlo, no es más que por motivos del destino.

— ¿Talento? ¿Qué demonios es eso? ¿Acaso un pintor o un músico tiene talento para que sus trabajos gusten a otros? ¿Acaso no hubo infinidad de artistas talentosos que murieron en el anonimato? ¿Acaso no hay un sinnúmero de personas sumamente inteligentes que no logran destacarse en nada? ¿Acaso no hay montones de inútiles con poca inteligencia que están bañados en oro? ¿Eso no se llamaría… suerte? — Preguntó en voz alta, sin quitar la vista del horizonte y acomodando la visera de su gorra. Ese era su discurso triunfal, que utilizaba cada vez que discutía sobre el éxito o el fracaso de algún sujeto, con el que callaba a las personas que no estaban preparadas para tal discusión. Él creía que, con aquel silencio, se le daba por ganada la partida, pero, en su fuero interno, era consciente de que había participado en esa discusión muchas veces, demasiadas, y sus contrincantes eran debutantes en el tema. Aunque no le importaba, toda victoria era bien recibida para aumentar su ego y hacerlo sentir pagado de sí.

Se recostó sobre el asiento del timonel y, con una larga calada, encendió un cigarrillo “Marlboro”. No había fumado en más de tres horas y comenzaba a ponerse nervioso, el último lo había arrojado por la mitad, antes de soltar los cabos, y desde entonces se había estado controlando por no consumir otro.

Liberó el humo, lentamente, disfrutando del sabor que el tabaco dejaba en su boca, y se decidió a bajar las velas, para anclar en medio del mar y disfrutar de su única compañía y del silencio. Aunque sus planes se vieron bruscamente interrumpidos por cuestiones de azar, y no llegó a dar ni tres pasos por el pasillo lateral de babor, cuando comenzó a sentir un fuerte dolor en el pecho, tan fuerte que se aferró al pasamanos mientras el cigarrillo caía de su boca y una inmensa opresión le cortaba la respiración. Permaneció inmóvil y descubrió que ya era demasiado tarde, cuando sintió un fuerte hormigueo que recorría su brazo derecho y un gusto a cobre le invadía la boca. Segundos más tarde, perdió el conocimiento y resbaló por la borda, cayendo al mar con la misma gracia con la que lo haría un saco de harina.

Su gorra permaneció flotando en el mar, junto a su cuerpo, y el velero continuó con su trayecto.

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