Más miedo que la muerte

Léolo
Léolo
Sep 9, 2019 · 16 min read
El Gigante, grabado de Goya

Albert Camus escribió en El mito de Sísifo que el único problema filosófico serio es el suicidio. Es tan fácil estar de acuerdo con esto que resulta chocante que el suicidio sea un tema del que no se habla. Se evita porque es aterrador, como si al no mencionarlo dejase de existir. Un reflejo normal, pero cuyo efecto es el contrario: evitar nombrarlo lo hace más presente, como el elefante en la habitación, y produce todavía más miedo. O, en palabras de JK Rowling, «El miedo a un nombre aumenta el miedo a la cosa que se nombra» (Dumbledore, en Harry Potter y la piedra filosofal).

En España se suicidan unas tres mil seiscientas personas cada año. Eso son cerca de diez al día. Una cada dos horas y media. Para hacerse una idea de la magnitud del problema, baste recordar que el número de muertes anuales en accidente de tráfico ronda actualmente en torno a un tercio de esa cifra. Además éstas son las cifras oficiales. Las reales se desconocen porque también hay suicidios que no constan como tales, y que para evitar el estigma figuran como muertes naturales.

Según la OMS, ochocientas mil personas se suicidan anualmente en todo el mundo. Las cifras pueden presentarse de una gran cantidad de formas impactantes. Por ejemplo: cada cuarenta segundos hay un suicidio y por cada uno de ellos hay otros veinte intentos. En 1998 el 2% de las muertes en todo el mundo fueron suicidios, por delante de las guerras y los homicidios.

Podríamos seguir dando cifras dramáticas. Sin embargo, lo verdaderamente terrible es que parte de estas muertes son evitables: las que corresponden a personas con depresiones sin diagnosticar o sin tratar de forma adecuada.

Para quien no ha sufrido una depresión es complicado entender qué puede pasar por la cabeza de una persona deprimida que intenta suicidarse. No todas las personas que se quitan la vida comenzaron estando deprimidas ni todas las depresiones acaban en intento de suicidio, pero son los intentos de suicidio como resultado de una depresión los que se van a intentar explicar aquí. Por supuesto, sin pretender que todos los casos sean como aquí se describen, pero sí exponiendo una serie de características comunes muy frecuentes.

La depresión suele ser una distorsión en la percepción de la realidad que hace que quien la padece le tenga miedo a la vida, concretamente a su propia vida. Es un pánico irracional pero que para quien lo siente es real, y eso es lo que importa. La realidad de cada uno en cada momento es tal y como la percibe cada uno en cada momento.

El suicidio como resultado de una depresión no es ni valiente ni cobarde, sino un acto de pura desesperación. David Foster Wallace lo describió con una imagen muy gráfica en La broma infinita como algo similar a estar al lado de una ventana en un edificio en llamas. No es que uno quiera tirarse por la ventana, es que no tirarse es aún peor. Tirarse es el mal menor. No se trata de querer morir sino de no querer vivir.

La idea de la muerte no es tentadora, ni siquiera deja de aterrar: la muerte sigue dando el mismo miedo que en cualquier otro momento. Lo que ocurre con la depresión es que la vida puede dar más miedo aún. Pensar en tirarse por la ventana sigue siendo igual de pavoroso que cuando no hay incendio, pero el incendio resulta todavía más horrible. Se tiende a dar por supuesto que nada asusta más que la muerte, pero sí hay algo que puede hacerlo, y ese algo, por pura eliminación, sólo puede ser la vida.

La analogía del incendio era tan buena que, por desgracia, cinco años más tarde se hizo literalmente realidad durante los atentados del 11-S, cuando hubo gente que se arrojó al vacío desde las Torres Gemelas. Esas personas le tenían el mismo pánico a tirarse que habrían tenido cualquier otro día, pero el temor al fuego lo superó. Foster Wallace vivió para verlo, pero se suicidó en 2008. Sin duda sabía de lo que hablaba.

En la gravedad de la depresión existe una gran variedad de grados, tanto entre cada caso como entre las fases dentro de un mismo caso. Durante una depresión de gravedad media se puede llegar a los escalones previos al último. En ese estado la persona deprimida piensa en cómo se suicidaría si lo hiciera, y siente que no perdería nada que valiera la pena por hacerlo. Porque esa es su percepción distorsionada de la realidad: que en lo que le queda de vida nunca va a estar mejor, y probablemente va a estar peor. Es como si el tiempo desapareciera y las cosas fueran o eternas o instantáneas, sin términos medios.

El primer freno ante el suicidio es el sufrimiento de los seres queridos, cuando se tienen. Acordarse de ellos y pensar en el daño que se les haría, por la pérdida que les crearía pero también por las reacciones normales que tendrían de sentimiento de culpa (pensar que pudieron hacer algo por evitarlo y no lo hicieron) y de rabia hacia la persona que se ha suicidado por haberlo hecho. Sin embargo, en el último escalón de la depresión, en los casos más graves, la distorsión de la realidad hace que se olvide que existen esas personas queridas o, en el peor de los casos, que la persona deprimida esté convencida de que estarán mejor sin ella.

Por tanto, el último escalón es el intento de suicidio. Sería temerario e irresponsable explicar qué se siente en el instante exacto en el que una persona se intenta quitar la vida, además de una falta de respeto hacia quienes lo han hecho. Se habla de vacío, de desesperación, de alivio… Cada intento de suicidio es un mundo porque cada persona es un mundo. Incluso para quien lo ha intentado más de una vez cada intento suele ser distinto. Quienes lo consiguen no pueden contarlo, pero los que sobreviven sí puede que sepan lo que sentían, si es que sentían algo. Otra cosa es que lo recuerden, o que quieran expresarlo, o que puedan, porque algunas experiencias son indescriptibles.

En El demonio de la depresión, de Andrew Solomon, hay un capítulo dedicado al suicidio en el que aparece una cita de Nietzsche: afirmaba que la idea del suicidio mantiene vivas a las personas deprimidas en sus peores momentos. Esto, que puede parecer paradójico, es totalmente cierto. La idea del suicidio es un alivio. Saber que siempre queda esa posibilidad como último recurso ayuda a aguantar. Pensar que si se deja pasar este minuto, esta hora o este día siempre se podrá hacerlo más tarde es algo que da fuerzas para atravesar este minuto, hora o día.

Solomon asegura que nada le horroriza más que el pensamiento de que en algún momento pudiera verse privado de la capacidad de suicidarse. En la imagen del incendio sería como si le pusieran una reja en la ventana cuando las llamas lo rodean. También afirma que no está dispuesto a prometer que nunca va a volver a intentar suicidarse. Podría añadirse que, por muy bienintencionado que sea, no se debe forzar tampoco a nadie a prometer tal cosa, porque no sólo no ayuda sino que puede ser contraproducente.

Esto no tiene nada que ver con el contrato de no suicidio, una forma de acuerdo que usan los voluntarios del Teléfono de la Esperanza con la persona que está pensando en suicidarse para ganar tiempo, y que es temporal. Se puede alcanzar con ella el compromiso de que no va a suicidarse hasta, por ejemplo, la siguiente llamada. Lo que no se intenta hacer es que prometa que nunca lo va a hacer. Todo esto encaja con lo dicho anteriormente: la idea clave es que el suicidio se puede aplazar. Es una solución definitiva a una situación de angustia aguda que puede ser temporal, pero que quien la está sufriendo percibe como permanente y sin posibilidad de mejora.

Contaba también Foster Wallace en su relato «La persona deprimida» que la protagonista «tenía un terrible e interminable dolor emocional, y la imposibilidad de compartir o articular su dolor era, en sí mismo, un factor que contribuía a su horror esencial». La depresión aísla a la persona deprimida y puede llegar a hacerle creer cosas como que nunca nadie en la historia de la humanidad se ha sentido como ella. Cuando se está pasando por un infierno uno de los pocos alivios que pueden quedar es el de saber que no se está solo. Que otras personas han pasado y están pasando por lo mismo, y algunos además consiguen describirlo.

Contra la depresión no se lucha. La jerga bélica, por desgracia tan extendida, puede hacer mucho daño a quien está deprimido. Si de verdad fuera una lucha significaría que hay quien la pierde, y si la pierde es porque es cobarde o débil o tiene poco aguante. En todo caso, la depresión es una guerra entre el miedo a vivir y el miedo a morir, y la mente de la persona deprimida es el campo de batalla. Que alguien sobreviva no significa que sea mejor ni más fuerte que alguien que no, porque no hay dos depresiones iguales, ni dos personas iguales, ni dos conjuntos de circunstancias vitales iguales.

Cada uno de nosotros es el resultado de sus propias experiencias personales e intransferibles, las mejores, las peores y todo lo que queda entre medias de esos dos extremos, y la realidad de cada uno es cómo la percibe, condicionado por esas experiencias. Por eso los acontecimientos que pueden llevar a una persona a una depresión e incluso a intentar suicidarse varían para cada uno de nosotros. Lo que puede hundirme a mí quizá no te hunda a ti, pero al mismo tiempo probablemente exista otra cosa que te hundiría a ti y no a mí.

Además se debe tener en cuenta el efecto acumulativo. No se trata de experiencias puntuales sino de combinaciones de experiencias a lo largo del tiempo. Normalmente lo que vemos que le ha pasado a alguien no es lo que ha hecho que se deprima, o que se intente suicidar. Eso es únicamente la gota que ha colmado el vaso. Como suele decirse cuando se habla de caer en una depresión, «no es que no tengas aguante, es que has aguantado demasiado».

De la misma forma que podemos entender que alguien quiera vengarse cuando pensamos que nosotros en su lugar también querríamos hacerlo, sin que eso signifique que aprobemos el ojo por ojo, deberíamos poder entender que una persona se quiera suicidar sin que nadie se escandalice y asuma que nos parecería bien que esa persona se suicidara.

Entender que alguien piense en suicidarse no sólo es perfectamente compatible con desear que no lo haga, sino que además es fundamental para intentar hacer lo posible para que efectivamente no lo haga. Contestarle a quien dice que está pensando en suicidarse «ni se te ocurra pensar en eso» sólo hace que se sienta más solo e incomprendido. Es negar una realidad: que esa persona está contemplando el suicidio. Y como se recordaba al principio, negar una realidad no sólo no hace que desaparezca sino que por desgracia suele alimentarla.

“Me alegro de que no lo consiguieras. Y entiendo que lo intentaras.” A quien se ha intentado suicidar se le pueden decir esas dos cosas perfectamente. No son excluyentes.

La empatía te permite ponerte en su lugar y entender que estando como está haga según qué cosas, porque quizá tú en su lugar también las harías. Y el apoyo consiste en que precisamente porque no estás en su lugar puedes ver la situación desde fuera, y por eso puedes ayudar.

Es más: preguntarle a alguien si está pensando en suicidarse no va a meterle la idea en la cabeza si no la tenía ya. Tampoco va a empujarle a hacerlo si ya pensaba en ello. Al contrario: en todo caso le hará sentir alivio, y en el peor de los casos ni le empujará a hacerlo ni le disuadirá. Los voluntarios del Teléfono de la Esperanza suelen decir que “es el silencio el que mata”.

Como ocurre con cualquier suceso traumático y desagradable, a menudo se puede aprender de una depresión, por supuesto sin que eso la convierta en algo deseable. Salvo los casos en los que la depresión es puramente endógena (no vamos a entrar en qué porcentaje de depresiones son endógenas), a partir de una depresión se puede aprender mucho, fundamentalmente sobre uno mismo, sobre qué te ha llevado a estar deprimido.

Todo lo que nos pasa en la vida, de lo mejor a lo peor pasando por todos los grados intermedios, nos convierte en quienes somos. «Forging meaning and building identity does not make what was wrong right. It only makes what was wrong precious», dice Solomon en otra de sus charlas llamada Cómo los peores momentos de nuestra vida nos convierten en quienes somos. Una posible traducción sería «Forjar significado y construir identidad no convierte lo malo en bueno. Sólo lo convierte en precioso».

Amaya Sanz, que sobrevivió a cinco intentos de suicidio y hace de hilo conductor de un impresionante programa especial sobre el suicidio emitido en Radio Nacional, dice en la conclusión que «los procesos depresivos o ansioso-depresivos también hacen a esas personas mejores personas. Más conscientes, mucho más empáticas, con mucha mayor sensibilidad, y creo que son fundamentales en esta sociedad. No se tienen que ir. Porque los necesitamos».

Ojalá la escasa energía que se tiene cuando se está deprimido no se invirtiera en disimularlo, sino en intentar estar mejor, dice también Andrew Solomon en una entrevista. Se refiere a algo por desgracia muy frecuente, resultado directo y evidente del estigma que acompaña a la depresión.

La persona deprimida se mueve entre dos extremos en lo que respecta a contar o no lo que le llega a pasar por la cabeza: si no lo cuenta parece que no le pase nada, que se queje sin motivo y se lo invente todo o lo exagere; si lo cuenta (ideas suicidas especialmente, si las tiene) siente como si estuviera haciendo chantaje emocional o exhibicionismo. Si habla, mal. Si no habla, mal.

Otro infierno es el imposible equilibrio entre contarle a los demás lo mal que estás y que no sea chantaje o victimismo, o no se lo parezca a ellos, o no te lo parezca a ti mismo o no estés con la sensación de que se lo parece a ellos. Ésa es otra particularidad de las enfermedades mentales que no ocurre si tienes cáncer, gripe o una pierna rota. Los demás no piensan que exageras, y lo más importante: tú no te torturas con la duda de si exageras. Que eso es lo peor de todo.

Cuando se está deprimido no se tienen todos los síntomas en todo momento, pero la persona deprimida consigue sentirse culpable por todo, incluso el no estar lo bastante deprimida. Es decir, el no dar la imagen correcta de persona deprimida. Se siente mal por estar deprimida, pero si tiene un rato o un día de tregua, o sonríe, o incluso se ríe en algún momento, se siente también mal por sentirse un poco mejor, porque entonces piensa que tan mal no estará, o que ya está bien y está fingiendo y quejándose de vicio, con lo cual le suele resultar difícil aprovechar esos momentos de descanso que a veces, sólo a veces, da la enfermedad.

Muy pocas personas que no hayan estado deprimidas saben cómo ayudar a quien lo está. Son frecuentes los consejos bienintencionados que lo único que hacen es hundir más al deprimido. Aconsejar, recomendar, o incluso simplemente sugerir salir a la calle a quien le aterra salir de casa solamente hace que se sienta aún peor por no ser capaz de hacerlo. Es atarle un bloque de cemento a quien se está hundiendo, diciéndole que es un salvavidas. El mensaje que recibe el enfermo de este tipo de consejos es «estás así porque quieres, no te esfuerzas lo suficiente». El resultado es que la persona deprimida se siente aún peor, como si estuviera mal por su culpa, porque no hace lo suficiente por salir del pozo en el que se encuentra.

A menudo un cambio sustancial es variar los consejos por preguntas tan sencillas como ¿qué necesitas?, ¿hay algo que pueda hacer para que te sientas mejor?, ¿quedarme contigo?, ¿quedarme en la habitación de al lado para que sepas que si me necesitas estoy ahí?… La persona deprimida suele estar aterrada al mismo tiempo ante la idea de estar sola y también de estar con gente, lo cual descoloca a quienes tratan de ayudar.

Lo mejor, y lo único que se puede hacer en muchos casos cuando no se es profesional de la salud mental, es limitarse a escuchar lo que la persona quiera decir, si es que quiere decir algo, y acompañarla. Conviene evitar especialmente cualquier consejo que empiece por «Lo que deberías hacer es…». Porque sea lo que sea lo que vaya tras los puntos suspensivos si no lo hace es porque no puede. Sencillamente no puede. Quien se acaba de romper una pierna no puede correr por mucho que se lo recomienden o le digan lo bien que le sentaría.

Los consejos bienintencionados pero perjudiciales en el fondo equivalen a decir “¿Estás mal? ¡No estés mal!”. Nadie le dice a una persona con cáncer “¿Tienes cáncer? ¡No tengas cáncer!”.

La ansiedad que a menudo acompaña a la depresión funciona como una profecía autocumplida: el pánico de una persona a ser incapaz de hacer algo muy sencillo y que ha hecho un millón de veces la paraliza y la convierte en efectivamente incapaz de hacerlo. Así se llega a extremos como el de no ser capaz de atarse los cordones y en los casos más graves a no poder ni masticar. Es otro círculo vicioso: la vergüenza y el sentimiento de inutilidad por no ser capaz de hacer algo que sabes que es fácil y que deberías poder hacer te lleva a que te dé pánico otra cosa aún más sencilla.

Hay una canción de Imagine Dragons llamada Zero cuya letra dice “Let me show you what it’s like to never feel like I’m good enough for anything that’s real” (“Voy a enseñarte lo que es no sentir nunca que soy lo bastante bueno para nada que sea real”). Es una de las mejores descripciones de lo que es estar deprimido. No eres lo bastante bueno para nada que sea real. La vida real te viene grande.

Hay otra sensación con la depresión que tiene que ver con el vacío, y es que te echas de menos a ti mismo.

En los peores momentos de la depresión el mecanismo no es «haz cosas y estarás mejor», sino «cuando estés mejor harás cosas». Lo primero que necesita una persona deprimida es quitarse de encima la presión, las prisas y los plazos. La depresión es como una tormenta. No puedes hacer nada para que pare. No está en tu mano. Solo puedes buscar refugio y esperar. Sami Moukaddem lo explica muy bien: si te atrapa una corriente e intentas nadar contra ella te agotarás y te ahogarás. La única salida es dejarte arrastrar por ella y cuando te deje en paz buscar el camino a la orilla.

Mark Henick aseguró en una charla sobre sus intentos de suicidio que en los momentos más críticos «lo que importa no es lo que sabes sino lo que sientes». Es otra forma de decir que la realidad de cada uno es cómo la percibe. Uno puede saber de forma racional que no es un inútil, que su vida no carece de sentido y que sus miedos son absurdos, infundados y hasta ridículos, pero no importa lo que sepa si es eso lo que siente. Es más, saber que sus miedos resultan ridículos a ojos de los demás también contribuye a que se sienta peor, alimentando el círculo vicioso. Cuando Mark cuenta la sensación que tenía desde el otro lado de la barandilla del puente del que se iba a tirar dice: «He tenido pocas elecciones en mi vida, pero ésta era ciertamente una. Necesitaba algo, cualquier cosa, de la cual estar completamente seguro. En aquel momento toda mi vida estaba bajo mi control». Su testimonio es una de las descripciones más descarnadas de los mecanismos mentales y emocionales del suicidio. No en vano lleva por título el muy explícito «Why we choose suicide».

La OMS ha comprobado que hablar del suicidio no sólo no incrementa el número de suicidios sino que lo reduce. Siempre que se haga bien, sin romantizarlo ni demonizarlo. No es admirable ni heroico, pero tampoco un pecado ni un crimen. No es algo de lo que enorgullecerse ni avergonzarse. Es lo que ocurre cuando un instinto humano básico, el de huir del sufrimiento, supera a otro instinto humano básico, el de supervivencia. Además cuando el sufrimiento es muy intenso ambos instintos llegan a confundirse.

Ante dos cosas que nos hacen sufrir y/o nos dan miedo, elegimos el mal menor. Lo peor que se le puede hacer a quien ha sobrevivido a uno o varios intentos de suicidio es hacerle sentir vergüenza o culpa por ello. Eso destroza aún más su ya aniquilada autoestima y puede hasta contribuir a un nuevo intento. La vergüenza y la culpa por tener ideas suicidas incrementan el sufrimiento, y el suicidio acaba con todo sufrimiento, incluido el que genera la culpa por tener ideas suicidas. De nuevo el círculo vicioso. Por eso no conviene forzar a nadie a prometer que nunca se va a suicidar.

Para intentar acabar con un problema, o paliarlo dentro de lo posible, es evidente que el primer paso es conocerlo, entenderlo y visibilizarlo. Se debe procurar por todos los medios que quien piensa en suicidarse sepa que no está solo. Que no crea que está loco y mantenga esa idea en secreto. Que no tenga miedo de contarlo y pedir ayuda, porque eso sólo aumenta su aislamiento y empeora su estado. Cuando una persona se nota un bulto lo normal es que piense «podría ser un tumor, voy al médico». Si le duele una rodilla dirá «quizá tenga algo roto, voy al médico». Pero a día de hoy aún hay muchísimas personas que se encuentran lo bastante mal como para sentir que no tienen ganas de vivir, o incluso que tienen ganas de morir, y aun así no recurren a un psicólogo ni a un psiquiatra. Que esto siga ocurriendo en pleno siglo XXI es lamentable.

No existe ninguna división entre dos tipos de personas: las que intentan suicidarse y las que no, o las que se deprimen y las que no. La depresión es como el cáncer o un accidente de tráfico. Puede pasarle a cualquiera. Aunque unos tengan más probabilidades que otros por factores genéticos, nadie está libre.

Nos concierne a todos, no sólo por solidaridad y empatía elemental con quien le toca, sino porque podría tocarnos a todos. La mayor parte de las personas que se deprimen vivieron mucho tiempo pensando que algo así jamás podría pasarles a ellas. Hasta que les pasó.

La ambivalencia es la coexistencia de dos emociones o sentimientos opuestos. No querer vivir pero tampoco querer morir es un estado muy frecuente entre las personas deprimidas.

El suicidio acaba con todas las posibilidades de que la situación mejore y de que empeore, pero a menudo no se sabe si hay posibilidades de que mejore o no. Y otras veces sí parece claro que las hay para quien lo ve desde fuera, pero no para quien lo vive desde dentro.

De nada sirve prohibir a nadie que se suicide, ni hacerle prometer que no lo hará. Sólo podemos intentar que su vida, y sobre todo su percepción de la misma — es posible que haya poco que mejorar objetivamente, de hecho son frecuentes los casos de personas deprimidas cuyas vidas son aparentemente perfectas — , mejoren para que las ideas suicidas se disipen. Mediante terapia, medicación o una combinación de ambas, y contando con el apoyo, la comprensión y el acompañamiento de las personas de su círculo más cercano. Porque para intentar evitar que alguien rodeado por el fuego se tire por la ventana podemos optar por taparla con una reja o podemos intentar apagar las llamas.

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Me puedes escribir a lodemedium@gmail.com

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