El hijo del verdulero

Un día me desperté con la noticia de que el Papa Francisco había designado al padre Gabriel Mestre como obispo de Mar del Plata. La sorpresa me duró toda esa jornada de (doble) trabajo. Junto con la Iglesia me dediqué a rezar por él desde entonces, y en mi última visita a la ciudad escuché diversas visiones acerca del hecho de diferentes personas. Y ahora que ya ocurrió la ordenación, viendo fotos y comentarios surgió la idea de volver a usar esta plataforma para compartir mi visión.

Claramente estamos en un tiempo de gracia. Alguien dijo que la Iglesia de Mar del Plata “maduró” y que un obispo surgido de ella es un fruto que lo prueba. Me gusta pensar que Dios no nos bendijo por nuestros dones o fortalezas, ni para impulsarnos a cambiar nuestros defectos, sino por pura iniciativa de amor. Nos bendice porque quiere hacerlo porque nos ama, y ya está. No tiene por qué haber una lógica de otro tipo, que queda chica al lado de la lógica de Su amor.

En cuanto a Gabriel, que haya elegido definirse como “padre, hermano y amigo” es sencillamente genial. “Padre”, porque a eso fue llamado, y quienes lo conocen saben que lo es y muy cercano. “Hermano”, porque es uno más de nosotros, que caminó siempre al lado nuestro y no va a dejar de hacerlo. “Amigo”, porque “no hay mayor amor que dar la vida por los amigos”, y por lo tanto, toda su vida habla de una amistad con Jesús. Leí por ahí al pasar un comentario en Facebook de alguien que decía recordarlo como “el hijo del verdulero” de tal lado. Estas historias se replican, y muestran también lo increíble de los caminos de Dios, que elige personas comunes y corrientes para que transformen el mundo. Difícil no recordar algunas anécdotas de personas que se cruzaban en el subte con Bergoglio, y un día lo vieron vestido de blanco por la tele.

En cuanto a todos nosotros, el lema “Cristo es nuestra paz” nos interpela en un tiempo en el que la violencia está a la orden del día. ¿Cómo vamos a construir paz social si no estamos en paz con nosotros? ¿Y qué es estar en paz con uno sino vivir en amistad con Jesús? Porque el hombre no se encuentra mejor que reconociéndose necesitado de Dios. Hay una alegría grande dando vueltas que ojalá se canalice en ganas de trabajar. Porque hay mucho por hacer; todavía somos pocos, faltan jóvenes que se cuestionen su vocación, adultos que anuncien el Evangelio en sus ámbitos y ancianos que nos enseñen a ser constantes en la fe. Hay toda una diócesis por renovar.

Yo personalmente estoy muy contento. Estos años de estar más tiempo lejos que cerca me ha enseñado a amar más a la Iglesia, y en forma particular a la diócesis de Mar del Plata. Y también aprendí que en la oración todos somos uno, y que “entre altares no hay distancia”, dijo Pironio. Por eso me animo a escribir algo, porque mi corazón también está allá. Tengo mucha esperanza en lo que va a venir, y confío en que será bueno para todos.

Por último cabe dar gracias a Dios, que nos vuelve a bendecir de una forma quizás inesperada. Que podamos serle fieles, como Él lo ha sido con nosotros en estos 60 años de caminar juntos. Que sigamos conservando el ser familia, a pesar de que las ciudades crecen y las realidades nos disgregan. Gracias a Dios por regalarnos una hermosa diócesis, y que nos siga bendiciendo así como a Él le gusta: por amor y nada más.

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