Leonardo Toledo
Sep 8, 2018 · 3 min read
Foto: Luis E. Aguilar

Epicentro

“Miró al mar con una expresión seria, grave, interrogándolo en silencio como si aguardara una respuesta honrada, veraz, que no podía negársele a él de ningún modo. Las gruesas olas se desplazaban en masas profundas, empujadas desde abajo por los hombros de un gigante ciego, algún dios condenado a castigo para siempre.”
José Revueltas
Dormir en Tierra

— No vayas — dijo Esposa — las nubes están muy raras y el mar está picado —

Pescador la mira, mira al cielo, al mar, lo piensa un rato…

— Sólo voy aquí nomás, unas cuantas mojarras y me regreso —

Ambos saben que regresará hasta el amanecer.

Sale a pescar él solo. No por gusto, sino porque ya no tiene con quién ir. Hermano se fue a Estados Unidos; Tío ya no puede salir, por la edad y la enfermedad (insistió muchos años en hacerlo, hasta que un día estuvieron a punto de naufragar); Primo dejó de hablarle desde que decidió salir de la resistencia e integrarse a Morena y Sobrinos han perdido interés en la pesca, pues han conseguido un trabajo que les paga diez veces más por descargar bultos en la madrugada.

La lancha se hace al mar. Ya no está tan picado y las nubes extrañas se han ido. Navega hasta que pierde de vista la playa. Aún no echa las redes cuando llega el viento. Nunca había sentido un viento así, no alcanza a distinguir de dónde viene pero lo que es seguro es que no viene de dónde suele llegar. Luego el murmullo, un sonido desconocido, como un hervor. El mar se mueve como empujado desde abajo, no hay a dónde hacerse. Pescador se aferra a la lancha (a babor, a estribor, no recuerda) mientras mira esas olas sin sentido, que no le permiten maniobrar hacia ningún lado.

Entonces, el murmullo se hace ruido. Un sonido brutal que, sabría después, era el sonido de la tierra abriéndose debajo del mar que en ese momento lo sostenía. El ruido lo asusta mucho más que el oleaje y el viento, como si fuera el rugido de una bestia submarina que fuera emergiendo. No hay nada que hacer, sólo se aferra más fuerte mientras mira la proa subir y bajar.

El rugido termina, el oleaje dura un poco más pero no le importa: da la vuelta y a toda prisa regresa a la playa, acelera con toda la fuerza del motor, a la misma velocidad que en su mente desfilan escenarios de desgracia (posibles e imposibles, como la bestia marina) que le esperan al volver a casa. Las escenas donde encuentra a Esposa llorando, herida o asustada son las que más le reconfortan, pues en esas logra imaginarla con vida. El camino se alarga, la ruta de regreso al muelle nunca había estado tan lejos, a pesar de nunca haber estado tan cerca. Baja de la lancha casi sin frenar, corre al caserío, llega a su propia casa y no encuentra ni a Esposa ni a Hijo. La puerta abierta, la casa vacía. Sigue corriendo, sin saber a dónde. La angustia sube hasta casi dejarlo sin aliento. Al primero que ve es a Primo, que le ha visto desde lejos y ha venido a su encuentro:

— ¡Están bien! ¡están bien! Van con los demás camino a la carretera.

Lo abraza. Sus diferencias, que parecían irreconciliables, le parecen ahora tan estúpidas, tan nimias. Le da las gracias a Primo dos, tres, muchas veces, por haberle regresado el alma al cuerpo. Sigue corriendo.

En el horizonte se mira un grupo de siluetas iluminadas por las luces de los autos. Alcanza a distinguir a Esposa, quien tiene a Hijo de la mano. Le grita — o cree gritarle, porque no sale sonido de su garganta por su falta de aliento — , ella le mira, carga a hijo y corren a su encuentro. Un abrazo largo, llanto, besos. Ni un rasguño, todo está bien.

— Ves, te dije que no fueras — dice Esposa.

Pescador sonríe pero el rostro congelado en un rictus de miedo solo acepta dibujar una mueca extraña. Ahí, junto a ella, al fin logra respirar.


Leonardo Toledo

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Comunicólogo en modo contemplativo. También hago etnología de soledades compartidas.

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