
Esperar al gobierno
Sale muy temprano, apenas amanece. Camina las calles de Paredón cargando una silla hasta llegar a las ruinas de lo que fue su casa. Ahí sobre los escombros se acomoda y espera. Lleva un mes haciendo lo mismo, al igual que varios de sus vecinos.
Luego que el terremoto derribara su casa se fue a vivir con su hijo. Ahí también llegaron dos de sus hijas con toda su familia. Una casa para cuatro familias. Se acomodan como pueden, aguantan, sobreviven.
Se podría decir que llega a los restos de sus casa para no estorbar. O por costumbre, pues de por si ahí se la pasaba en el pórtico, desde que ya no pudo salir a pescar. Está ahí, sentado, sin hacer nada, mirando al fondo de la calle. A veces llegan sus nietas y platica con ellas. A veces platica con otros vecinos. Pero esencialmente no hace nada más que estar sentado, bajo el sol de la costa.
Paredón es una localidad del municipio de Tonalá. Está justo en la orilla de la Laguna del Mar Muerto (así se llama). Aquí llegan los pescadores de la región a vender el camarón del estero, además de todo tipo de pescado: mojarra, bagre, lisa, robalo, charal, macabil y varios más cuyos nombres se me van. Pero el más famoso es el camarón. Imagino que el auge de botaneros en Tuxtla hizo crecer la demanda. Paredón ha crecido mucho gracias a este comercio de pescados y mariscos. En los últimos quince años pasó de ser un pueblito a una localidad urbana, con calles pavimentadas y sistema de drenaje, las palapas y el adobe cedieron su lugar a casas de block y cemento. Muchas de esas casas, no aptas para este tipo de terreno, fueron las que más daño sufrieron.
Luego del sismo los camarones se fueron, así que no solo las casas, sino también la economía local colapsó. Las lanchas regresaban vacías. Le escribí a un amigo, investigador de pesquerías pero de la región del Golfo, platicándole el caso y pidiéndole alguna explicación, porque eso preguntaban los pescadores: “¡Que alguien nos diga cuánto tardará en regresar!”, decían. Mi amigo el investigador revisó la literatura, revisó artículos de prestigiadas revistas científicas, preguntó a sus colegas. “No hay registro ni antecedentes de algo así”, me escribió, “lo lamento mucho, no tengo respuestas”.
Sin los ingresos derivados de la venta de camarón la desesperación creció. Las familias se congregaban alrededor del parque, a donde a diario llegaban los camiones del ejército y la Cruz Roja a repartir despensas. La gente de las colonias más alejadas tenía que levantarse muy temprano porque si no ya no alcanzaban. Pescar despensas para toda la familia, persegir camiones, mostrar sus credenciales de damnificados.
¿Qué hace este señor sentado en las ruinas de su casa, entonces?
Porque una cosa es no hacer nada y otra es soportar el calor. Dicen en Los Altos que cuando la gente de Tonalá muere y se va al infierno, regresan por su cobija. Es un calor cruel y desgastante. Aunque de por sí en Los Altos, si el calor pasa de 20 grados ya lo calificamos de insoportable.
El paisaje también es insoportable. Ruinas de casas por todos lados. En esta colonia casi todas las casas están derrumbadas, unas desde el mero día del temblor otras que se tuvieron que tirar porque estaban a punto de caer. En muchas de esas casas (o ex-casas) hay personas sentadas.
— Creímos que era el apocalipsis. Las casas no paraban de moverse. Todo el mundo gritaba. De pronto escuchamos un rugido- Por allá fue que se abrió la tierra y empezó a salir agua, mucha agua. No terminaba de temblar y el agua ya había rebasado la banqueta y nos llegaba a los tobillos. Nos hincamos y empezamos a rezar, toda la cuadra estaba rezando.
Desde la calle vieron sus casas caer. Delia Llavén le platica el momento a Juan Álvarez, reportero de Televisa: “Ví que venía cayendo, se cayó y se se me cayeron las alas de mi corazón”. La descripción del momento sólo admite metáforas. También Patricia Trujillo le dijo al miso reportero: “parecía que la casa quería caminar”. Así las vieron irse, así pasaronla noche, contemplando los despojos.
Al fin le pregunto qué hace ahí sentado todo el día:
— Un día vinieron los de Protección Civil a revisar las casas dañadas. Eran unos chamaquitos que traían mucha prisa porque en Tuxtla les pidieron el dato para la declaración de zona de desastre. Una vecina había ido a visitar a su prima a una comunidad ahí por Boca del Cielo y no los pudo recibir, entonces pues no entró en el censo y no le dieron tarjeta de damnificada. Se quedó sin despensas y su casa no va a entrar al programa de reconstrucción. Por eso estamos aquí, no vaya a ser que nos pase lo mismo.
Publicado originalmente en Chiapas Paralelo: https://www.chiapasparalelo.com/opinion/2018/09/viajar-en-puentes-caidos-a-un-ano-del-7s/
