Foto: BrigadaInfoChiapas

Los fondos (I)

Leonardo Toledo
Sep 8, 2018 · 3 min read

La historia de una ella

“Tenemos un avión lleno de comida”, le dijo su ex compañero de la universidad por teléfono desde Monterrey. “No queremos mandarlo al gobierno porque ya viste que se lo están quedando todo, pero tampoco hay nadie de la sociedad civil que los esté recibiendo allá en Chiapas”. En ese momento ella decidió, sin pensarlo demasiado, que se haría cargo de recibir y distribuir toda esa ayuda.

Al avión siguieron trailers, depósitos, caravanas de autos, grupos de voluntarios, donaciones internacionales… junto a más gente hasta hacer un equipo bastante eficiente, con una idea fija: repartir lo más pronto posible las donaciones y en comunidades donde no estuviera llegando ni Cruz Roja ni Ejército, de preferencia con grupos organizados y sin la influencia de partidos políticos.

En algunos casos tuvieron que brincarse a los caciques locales, en otros las organizaciones regionales fueron un gran aliado. La cadena humana iba desde organizaciones internacionales y donadores de las grandes ciudades pasando por quien prestaba autos y camionetas para el transporte y las propias personas damnificadas, organizando el acopio y distribuyéndolo casa por casa.

“Toma estos cinco mil pesos”, le dijo un amigo un día, “mi hermano organizó una colecta en la escuela de baile que tiene en Nueva York, juntaron esto y dicen que pueden juntar otro poco más adelante”. Ella no quería recibir efectivo “Ya sabes, luego van a decir que me lo gasté porque no te voy a poder entregar recibos ni nada”. El amigo insistió “con que me mandes fotos de lo que se hizo con el dinero es suficiente”.

— Ya ni me acuerdo si le mandé la foto o no. Tomé muchas, de lo que hicimos y de lo que no hacía el gobierno, pero siempre había una cosa más urgente y hubo muchos correos de agradecimiento que al día de hoy, casi un año después, no hemos podido mandar.

De septiembre a diciembre le dedicó todo el tiempo posible a trabajar con las comunidades afectadas. Luego de los alimentos y la ropa siguieron caravanas de distintos tipos, ya en alianza con organizaciones y grupos de voluntarios: hubo brigadas de atención psicológica, hicieron talleres con niñas y niños, llevaron ingenieros civiles porque muchas personas no creyeron en los dictámenes de Protección Civil y Sedatu (en casi todos los casos coincidieron con el dictamen) y hasta le consiguieron una camioneta a una asociación civil que estaba realizando toda la chamba de reparto y atención en un pequeño auto que apenas podía con la terracerías.

En diciembre cayó enferma. Las fiebres y el dolor le impidieron seguir trabajando, aunque siguió asistiendo a reuniones y todavía hizo un viaje más para presentar a quienes le remplazarían. Durante varios meses visitó diferentes especialistas sin que pudieran encontrar un diagnóstico. Los análisis descartaron dengue y chincungunya, pero el dolor, la inflamación y la fiebre persistán. Hace poco al fin le diagnosticaron fiebre zika, pero hay todavía varios síntomas que no coinciden. Un mosquito, en uno de esos viajes a la costa, sumado a alguna otra rara enfermedad derivada de trabajar en zonas de desastre.

La enfermedad le impidió acudir a las reinaguraciones de las escuelas que ayudó a reconstruir, a visitar las nuevas casas de las familias que acompañó. Mientras espera los resultados de una resonancia magnética revisa las fotos de un evento en una de esas comunidades: el cacique local, que usó los fondos de reconstrucción para remodelar su casa, inaugura una biblioteca gestionada por las brigadas.

— No lo hicimos para salir en la foto ni para dar discursos. Me da gusto que se haya conseguido, solo me da un poco de coraje que estos usen nuestro trabajo y el de las comunidades para echarse flores y que su partido se lleve el crédito.

Efectivamente no hay ni una foto con la evidencia de que ella haya estado ahí. Su caso, en mayor o menor medida, se repite en las historias de decenas de voluntarias y voluntarios.


    Leonardo Toledo
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