Foto: Tragameluz

Los fondos (II)

Leonardo Toledo
Sep 8, 2018 · 4 min read

La historia de un él.

Lo conocí en una reunión de ciudadanos sancristobalenses por la reconstrucción. Llegué ahí pensando que se trabajaría en identificar y arreglar las casas dañadas, pero en realidad era un grupo de empresarios que buscaban presionar al gobierno federal para que les asignaran las obras de reconstrucción de las iglesias. “El recurso se tiene que quedar en Chiapas”, dijeron varias veces durante la reunión.

Lo volví a ver en un evento que hizo el gobernador, donde entregó equipos de cocina a restaurantes de la ciudad afectados por el temblor. Más de diez mil pesos en equipamiento, desde licuadoras hasta estufas especializadas. Ninguno de esos restaurantes había sufrido ningún daño, en realidad los equipos formaban parte de otro programa de la Secretaría de Economía.

“Nos hicieron ir a talleres y pláticas desde hace como un año a cambio de todo esto”, me dijo en voz baja, mientras el gober daba su discurso que se transmitía por Facebook live. Uno a uno el gobernador habló con los dueños de los negocios. Cuando llegó con él lo saludó efusivamente y le preguntó que cómo estaba. Muy sonriente respondió “Muchas gracias, señor gobernador, gracias a usted los empresarios de San Cristóbal estaremos mejor”. El gobernador lo redirigió: “…pero bueno, esto es por los daños que causó el temblor”, en ese momento dejó de sonreir y puso su cara compungida “así es, así es, a nosotros nos afectó mucho, la cocina quedó muy dañada, se cayó el techo y dañó todo el equipo”. Por poco y logra soltar una lágrima mientras describía con detalle grietas que su restaurante nunca tuvo. Velasco lo abrazaó y le deseó suerte.

— Ni modo que lo rechazara. El negocio lo necesita y además, imagínate, si le hago el desaire al gober, no me la acabo. Capaz me cierran o me manda golpear o quién sabe qué.

Aunque su negocio se salvó, en su casa sí aparecieron grietas. Llamó a Protección Civil y marcaron su casa. “En unos días vendrán los de Sedatu a verificar el daño”, le dijeron. Tardaron como un mes en llegar, pero mientras tanto le fueron entregando despensas. Todos los días llegaba a su fraccionamiento un paquete (marcado con los logotipos de gobierno del estado) con comida. Algunas de las latas traían leyendas de quienes las habían donado, con mensajes de apoyo. Al final empezaron a taparlas con etiquetas del DIF estatal.

— ¿Por qué no llamas para decir que no lo necesitas?
— Ya lo hicieron unos vecinos y ni caso les hicieron, y pues ni modo que se echen a perder, ¿no?

Al tercer whisky ya está más platicador. Cuenta la historia de su primo, el ingeniero dueño de la compañía constructora.

— Está haciendo un negociazo. En cuanto se entregaron las tarjetas de Bansefi, esas que solo pueden canjear por material, mandó gente a comprarlas. Paga la mitad, ya sabes cómo es esa gente, prefieren el dinero para comprarse unas caguamas que reconstruir su casa. Luego factura todo en su propia tienda, a precio amigo, jajaja.

El mismo primo acababa de construir un fraccionamiento por el oriente de la ciudad. 15 casas que vendió luego luego gracias a sus acuerdos con el delegado de Fovissste y un par de inmobiliarias. Todas las casas resultaron dañadas con el sismo. Todas por la misma causa: paredes y techos con material de baja calidad y cimientos mal hechos. Las personas que ocupaban las casas — algunos con deuda a Fovisste, otros con deuda al banco — le pidieron al constructor apoyo en el arreglo de sus casas y a todos les respondió lo mismo: “yo solo construí lo que me pidieron, reclámenle al que se las vendió”.

Pidió otro whisky mientras se carcajea con la historia del primo ingeniero: “con todo el dinero que sacó yo creo que ahora si se lanza para presidente municipal”.

La última vez lo vi en la conferencia de prensa del FONDEN, cuando anunciaron que el seguro pagaría la reconstrucción de las iglesias. Un poco decepcionado porque su empresa quedó fuera de los fondos.

— Nos vamos a desquitar con lo que destinaron a la reconstrucción de Na Bolom y La Enseñanza, esas no tenían seguro, así que ejerceremos los recursos del Fonden directamente. Bueno, nosotros no, pero quien hizo la gestión es mi compadre Juan Carlos, así que al menos de aquí a que termina su gestión, ya me dijo que el contrato es para mi.

— ¿Y hay mucho que reconstruir en esos edificios?

— Pues del temblor casi no les pasó nada, pero ve, ya son casas viejas, están muy deterioradas, una su renovadita si van a querer. Voy a proponer una nueva ala de habitaciones en el hotel-museo y arreglar el auditorio de La Enseñanza.

— Pues a ver si el patronato acepta.

— ¿Cómo no van a querer, si les toca un porcentaje?

— Te equivocas — le digo muy serio — todas son personas honorables y de reconocido prestigio. Forman parte del patronato por su amor a la cultura, no al dinero.

— Asu, se ve que ni los conoces.

Le da un trago final a su bebida, paga su parte de la cuenta y se va. Al despedirse, me dice:

— Ya lo dijo el ingeniero Slim: “todas las crisis son oportunidades”. Ahí donde ustedes ven desastres, nosotros vemos buenos negocios. ¡Ponte trucha!

Le pido al señor de la barra otra cerveza y me quedo pensando en los fondos, en el fondo. Como ese pozo al que bajó Canek por una cubeta y afirmó que en el fondo se veían las estrellas. En los fondos de desastres se puede ver a las personas tal como son. En el fondo de la botella solo alcanzo a ver mi reflejo, confuso e inmovil.


    Leonardo Toledo
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