¿Por qué mi hijo cree que las fichas rosadas de Lego son para niñas?
Hay ideas que no vale la pena perpetuar. La construcción de una identidad no está basada en colores.

En junio Lorenzo terminó el jardín. Como símbolo de la culminación de esta etapa y el comienzo de otra, le regalé una caja amarilla de Lego Classic. Admito que escogí esta caja en particular porque me pareció lo más cercano a los legos con los que yo empecé: juguetes sin franquicia de películas, sin superhéroes de cajas felices de restaurantes. Le expliqué las razones por las cuales le daba el regalo. Él agradeció. Revisó el catálogo de instrucciones y lo ayudé a abrir las bolsas en las que venían las piezas.
— ¿Cómo lo ves? — pregunté.
— Hay fichas rosadas, son para niñas. — respondió.
La respuesta me impactó. ¿De dónde saca un niño de cuatro años el raciocinio de que las fichas rosadas son para niñas?
Antes de que empezáramos a jugar seguí con la conversación.
— ¿Quién dijo que son para niñas?
— No sé.
— ¿Entonces las niñas no pueden jugar con las azules?
— Sí pueden.
— ¿Entonces botamos las fichas rosadas?
— No.
— ¿Crees que hay alguna diferencia entre armar con fichas rosadas o rojas?
— No.
— ¿Entonces Lorenzo puede jugar con fichas rosadas?
— Sí.
Le hice esas preguntas para que él fuera consciente de que, más allá de la diferencia cromática, las fichas eran eso, fichas. Y que todas sirven para el mismo propósito, que es construir, que es divertirse.
No obstante, seguí con la inquietud. ¿Por qué un niño de cuatro años cree que las piezas rosadas son para niñas?
Entonces recordé aquella vez en que estaba en una librería comprando un libro pop-up de insectos como regalo de cumpleaños para un amigo de Lorenzo. Cuando terminé de pagarlo y solicité que lo empacaran en papel regalo me preguntaron si era para niño o para niña. “Niño”, dije, y acto seguido tomaron el papel azul y lo envolvieron. ¿Cuál es el propósito de hacer esta distinción?, me pregunté y salí de la librería. Mientras regresaba a casa imaginaba el escenario de Lorenzo llevando el regalo de su amigo envuelto en papel rosado, la otra opción que tenían en la librería. ¿Desecharía el amigo el regalo? ¿Diría algo la mamá o el papá? ¿Pensaría que le estaría regalando una barbie? ¿Y qué pasaría si fuese una muñeca?
Recordé también el testimonio de un amigo cuya hija de cuatro años se quiso disfrazar de Spiderman. Lo hizo. La niña se disfrazó del hombre araña. Sin embargo, la mamá, sabrá Dios por qué razones, le puso un tutú rosado para que se viera “femenina”. Spiderman con tutú.
Estamos plagados de nociones sobre lo femenino y lo masculino; nociones que a mi parecer son estándares y etiquetas que no definen nada, pero que están tan arraigados en la manera en que crecimos, en la publicidad, en la televisión, en las tiendas de ropa, en los conceptos de belleza que existen desde el momento en que nace un bebé hasta la edad de jubilación. Basta con ver la distribución de una tienda de juguetes o los huevos kinder.
Cuando Lorenzo era bebé una vez la mamá le compró unos leggins que en la etiqueta donde se ubica la talla decía girls. Admito que me sentí contrariado.
— Aquí dice girls. Esto es de niñas. — Le dije a la mamá.
— ¿Y qué pasa? — Me dijo.
No supe qué responder. Los leggins eran bonitos. Le quedaban bien. Me di cuenta entonces de lo ajeno que estaba Lorenzo a estos asuntos, y de que todo ese asunto de que rosado=niña y azul=niño no son más que construcciones que viven en nuestra mente. ¿Pero en qué momento empiezan a ser parte de nuestra visión del mundo?
En la naturaleza hay roles específicos que cumplen los machos y las hembras. En los cortejos, en la alimentación, en su modo de ocupar un territorio. Y el sexo, tal vez, ha sido la mejor estrategia de diversificación que encontró la evolución. Pero no se encuentra un bosque de hembras o un río de machos, o un aguacate para ellas y otro específico para ellos. Hay tenores y sopranos, existen lenguajes para comunicarnos y diferencias en nuestra fisionomía. Teniendo en cuenta que en esta parte del mundo se vive bajo una representación en la que todos tenemos los mismos derechos, hay distinciones que no vale la pena perpetuar porque apelan más a la segregación que a la formación de una identidad.
Recalco que en mi figura de papá -y como hombre también- tengo muchas cosas de las cuales desprenderme. Muchas ideas tan establecidas en mi forma de ser que ni siquiera logro distinguirlas en estos momentos. Pero por algo se empieza y el primer paso es ser consciente de algo. Con o sin propósito, soy y seré ejemplo para mi hijo. Con el fútbol pasa algo particular. Adoro jugar fútbol y soy hincha -y doliente- del Deportivo Cali. Me encantaría que a Lorenzo le gustara el fútbol y algún día pudiera cantar conmigo los goles del equipo de mis afectos. Sin embargo, tengo claro que esos son mis deseos y no tienen por qué ser los de él. No le impondré una camiseta, ni le exigiré que le pegue bien al balón porque todo niño tiene que hacerlo. Eso no quiere decir que no siga jugando con él, o compartiendo los momentos que veo fútbol con él, o que cantemos el himno de la champions o explicarle cuál es la función del arquero. Si a él le gusta el fútbol bien. Si no, pues no.
¿Le compraría yo unos guayos rosa para jugar al fútbol? Si él los quiere, sí. Los goles seguirán siendo goles. Y esa pregunta es el tipo de tonterías que hay que evitar.
@LuchinoVisconti
