Acá hubiera escrito algo, pero me lo negué. A veces hago esas cosas. No me dejo pensar. Me freno en seco y me doy órdenes. Límite y castigo. Represión. No escribas. No pienses eso. No tomes ahora.

Hace unos minutos me serví un whisky y lo dejé en la mesada de granito negra. Me acosté sin ropa y busqué un cuaderno. No escribí eso que venía a mis dedos como un impulso irrefrenable. Antes agarré los cuatro libros que acabo de comprar y leí al azar algunas cartas de amor de Freud a Martha. No hay que escribirlo todo -pensé. Como no hay que darlo todo, sentirlo todo, pensarlo todo. No hay que dejarse llevar, dejarse beber por el alcohol. Es al revés. Uno debe elegir qué bebe y cuándo, dónde y por qué. Por eso el vaso quedó en la mesada y le bajé la compuerta al pensamiento, no escribí el borbotón, a lo Duras, salí del clima propicio, la música enceguecedora, la barra con sus botellas de cerveza negra, los pequeños cigarrillitos armados. El frío en las calles del Abasto me hizo bien. Para qué tentar a los demonios. Mi carne es tan débil, mi ego tan estúpido. Cualquier mirada podría haber torcido un rumbo claro. Pero tampoco me gusta estar tan sola. Me recuerda otras épocas de las que ya me hube arrancado. Un vaso en la mesada y la conciencia precisa, sentada en su trono, reinando para escribir mejor. Duras lo hizo con maestría, entregada a sus pasiones, ebria, a veces, abierta la piel como tela, sangrando, desgarrada, húmedo el tajo de la concha sobre la silla. Cómo no admirar su mano andando sola sobre las pesadas teclas de aquella máquina de escribir, avejentada. Pero acá hace frío, es Buenos Aires, nos hundimos en deudas, tercer mundo, late un dolor del pueblo debajo de las calles, y el homenaje no debe ser al modo propio de otro, que se transmigra y se copia sin filtros, sino a la fuerza de sobreponerse a todo y de creer. En ese punto Duras es mi influencia. No copio su estilo ni su modo de hacer, no emulo su prosa aunque la admire. Me rescato, entonces del vaso aquel, y escribo. Pienso en ese líquido servido en la mesada de granito negra y no me muevo de esta cama. Escribo esto en mi cuaderno, para no escribir el borbotón. Mis decretos primero, vaso. Vas a tener que esperarme vos. Cuando haya evitado el desastre, mi psiquis enferma se acomode, mi escritura entre en razones, detenga el ritmo atolondrado del poema, la ansiedad, y te tenga atada, verba, desarme el nudo que tengo en la garganta, ponga la idea bajo control, la vea siendo, tal vez, entonces sí, vaso de whisky, verba desbocada, entonces tal vez deje que el dique se desborde y el agua arrastre en su vertiginosa caída una energía nueva. Me entregue a vos.

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