Ayer nos chupó la cama. Hicimos siestas largas en momentos inconvenientes como esos en los que la gente toca el timbre o llama por teléfono porque es buen momento para hacerlo. También escuchamos música y comimos juntos. La actividad más agitada de casi todo el día fue patear unas cuadras, desde Almagro hasta Caballito, para compartir una porción de torta y comprar dos libros en Parque Rivadavia bajo la llovizna intermitente.
Estaba gris la ciudad.
Más gris que de costumbre.
Pero con vos, gris y llovizna no acompañan nostalgias o melancolías.
Hoy me di cuenta que, al final, vos pagaste el libro que tengo yo: Zama, de Antonio Di Benedetto; y que yo pagué el que te llevaste: El poder, de Byung-Chul Han. También reparé en que, después del paseo, volvimos a la cama a leer, sin programar qué íbamos a hacer en el resto de la tarde.
¿Qué habrá oculto en esa casual asociación de libros?
El poder y la espera.
La espera y al poder.
Voy a tener que conseguir un buen sofá para esos momentos de rezago activo como son las lecturas de fin de semana, así no nos chupa el abrasivo colchón que compré en aquella promo de Sodimac y que ahora reposa sobre el sommier del que se deshizo el novio de una amiga vía twitter, justo cuando ellos decidían unificar cama de dos plazas y yo mudarme. Recordé y hablamos ayer, entre corte de lectura y corte, del colchón succionador de aquel cuento absurdo que con astucia y buen tino escribió Federico Diperna. Nos reímos esa tarde en el taller. Vos sentado en la punta opuesta a la mía, mirando sin insistencia. Esperando algo difuso que se gestaba en mí. Del maldito autoflagelo de no poder salir de la comodidad hablaba aquel cuento. No lo olvido. Sin embargo ayer, nosotros leímos en la cama. Con poca luz. Como dejándonos devorar, pero leímos. Y algo mejor todavía. De pronto yo llegaba al final de un capítulo y vos estabas cerrando el libro, me mirabas, yo te tocaba el pelo de la barba, te empezaba a decir que el prólogo de Saer, que el haber nacido en Mendoza restó importancia a la obra de Zama, que eso que me habías preguntado al ver las fechas que encabezan los capítulos –y te respondí a la ligera– era un error, que Zama sucede en un lugar “sin tiempo”, de algún modo, y que no hay que leerla como una novela histórica. Vos, a su vez, me explicabas que el poder se disemina, que es un campo de batalla y que no implica la anulación de la libertad. Todo así. Leer y contarnos qué leemos, algo que jamás había conseguido y algo que, además, no sabía que ansiaba.
Pero lo ansiaba.
Lo supe ayer.
Los estudios de la teta que me mandaron a hacer los médicos fueron absolutamente neutralizados por tu presencia. Me siento invencible y hermosa. Hacés que me gusten mi cuerpo y mis canas, las arrugas de esta cara que te mira embobada, que se siente mirada con indulgencia. Como dice Laura Saiz en la historia que escribe sobre su trágico Venado-Tuerto: “él me hacía comer de la palma de su mano”. Eso hacés conmigo, mv. Desactivas mis mandatos y mis discursos dictatoriales. Movés tus dedos y me deshaces en migas de mí. Después me humedecés y volvés a darme forma. Siempre una nueva, parecida, pero mejor. Agua y miga de pan. Dos elementos simples e igual de necesarios.
Qué suerte que después de estar no estamos juntos.
Escribir es el ejercicio de una libertad solitaria.

