Dormías. Me fui. Abajo de la mesa quedaron tus zapatillas tiradas. En la bandeja, sobre la mesada, una taza vacía para que te sirvas café. Di clases y volví para darte un beso con la cara fría. Me arranqué como la mota de un suéter de lana. Costó encontrarme para separarme de vos. Salí abrigada con un gorro en la cabeza. De nuevo a enfrentar la realidad helada de las noticias tristes en las tapas de los diarios. A la noche no voy a verte. Y sin embargo. ¿Para quién me visto así? Es más lindo el invierno si los gorros montan cabelleras en las calles, se vanaglorian, seducen las miradas de los paseantes. Por ahí es para decir sin palabras que me visto así. Medias raras y gorros de lana. Una pequeñísima diferencia individual. La irreverencia del tonto. La muda felicidad de los que aman en un mundo roto.

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