Hola amor. Acabo de saludarte en el aeropuerto. Fue lindo verte, que me trajeras, hablar algunas palabras en la autopista, dormir anoche con vos, tomar el desayuno en la cama esta mañana. No quisiste agarrar los cien pesos que te di para el peaje, así que, más rápida que vos, metí de prepo el rollito de plata en tu guantera llena de porquerías. Son graciosas esas escenas que nos armamos. “Dejá, no seas loca”. “Dejá vos, encima que me traés”. “Ahí va a quedar, no pienso sacarlo”. “Voy a fijarme cuando vuelva”. Uno necesita dejar algo pendiente para el regreso. El pensamiento trágico se reprime, pero siempre está, existe, se hace oír. Una noche me olvidé los zoquetes en tu cuarto y me mandaste la foto a la mañana siguiente. No me olvido. Dos bollitos color rosa chicle dispuestos azarosamente a los pies de la cama, sobre la pinotea. Debajo de la foto la frase: “Ahí van a quedar. No pienso tocarlos”. Unas semanas despues fui a tu casa y me acercaste los dos puños cerrados mientras me decías: “¿En qué mano está? Pensé que era un caramelo, un bombon, un chocolate. Pero abriste las dos manos y eran las dos medias del par, hechas un bollito en tu palma extendida.

Hoy, al bajar del auto, traté de no pensar en nada. Te abracé y te di un beso rápido al costado de la boca.

Espero un chocolate al lado del billete de cien a mi regreso, en la guantera de los que vuelven. Espero que disfrutes mi ausencia.

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