Hola mi vida mía. Nunca había llamado a nadie así: mi vida mía. Vos empezaste con mv y acá estoy, ya me ves, redoblando la apuesta, mi vida mía, dos veces más que yo misma. Acabo de leer una carta de Henry a Anaïs y otras varias de Sigmund Freud a su Marthie. Ellos tan separados por tanto tiempo y nosotros tan poco, que dan pena estos intentos por contarte casi nada de lo que pasó entre la mañana de hoy, que te dejé en tu cama y me fui al frío con tu pullover, y esta hora gris del anochecer en que me encuentro sola, en la cama, leyendo y pensando en vos. La vida acá adentro de tu pullover es mucho más contenida que la vida sin él. Todo el tiempo te recuerdo y tenerte sobre el cuerpo, alrededor del torso, me hace sentir una especie de compañía constante y difícil de explicar. Las cosas no fueron muy distintas que otras veces: trámites truncados, reuniones de trabajo aburridas, burocracia, tedio, té. Pero en los baches de una cosa administrativa y otra, mi pensamiento iba a vos, a tu cara feliz de anoche, a tu risa, a tu propuesta que acepté casi sin pensar. Creo que vos sabés que para mí los proyectos extienden nuestras vidas y son como columnas que sostienen las relaciones para que no sea el esfuerzo individual el que se ocupe de eso. Y si no lo sabías, bueno, sos muy bueno adivinando lo que me hace bien. Dijiste algo así como: “para mí todo tiene que ser de a poco y paso a paso”, o tal vez hayas dicho escalón y no paso, no sé, pero eso que dijiste me calmó y colmó como a un niño al que le van administrando las golosinas para que no se empache. Amo que todo sea así con vos. Breve, lento, orbitante pero contínuo. Puro redoblar apuestas y avanzar. Despertás mi deseo y levantás mis barreras siempre. Me hacés sentir un poco más comprometida cada día, más hasta las manos, hasta toda.

Cuando salí de tu casa, feliz y serena, noté que además de un frío intenso había un lindo sol. Buena combinación, la que más me gusta. Y a medida que me alejaba iba notando que en muchos puntos, entre tu casa y mi trabajo, hay lugares que ya tienen algún pasaje de nuestra historia registrado. Caminar San Telmo es recordar momentos, vasos, bebidas, encuentros, cenas, libros, episodios y besos robados con disculimulo. Eso no lo soñé.

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