Estás en el aire. No puedo dejar de pensar que estás en una caja de acero con turbinas que ahora está suspendida en el aire, entre nubes densas que a veces hacen turbulencias y me asustan. Estás ahí, sin aire de verdad, cajuela adentro, oliendo un aire demasiado filtrado por demasiados pulmones, ya. Miro el cielo a cada rato esperando que siga siendo un día despejado. Respiro. Escribo. Abro este cuaderno para anotar algo para vos y enseguida lo dejo. Escribo nuestro libro. Eso es mejor. Eso debo hacer. Tengo que terminar lo que me propuse esta semana, antes de que vuelvas. No estoy pudiendo, te confieso. Me desconcentro. Avanzo demasiado lentamente. Entre mis esfuerzos mentales y el libro aparece el cuerpo muerto de una persona en el Río Chubut. Podría ser el de Santiago Maldonado. 79 días buscando a un pibe que se chupó la gendarmería y todos pendientes, por momentos olvidándonos de todo lo que significa eso en nuestro país. No puedo escribir nada. Tacho, borro, releo una y otra vez. Quiero escribirte y me reprimo. Vuelvo al libro. Santiago Maldonado. Me cuesta asumir que estoy haciéndome el aguante para no llorar. Voy al baño y lloro. No soporto las conversaciones en la oficina. Suena una bomba de estruendo en la calle y todos saltamos sobresaltados en la silla. Alguien dice en voz alta: “ya apareció Maldonado, loco, ¿ahora qué quieren?”. Lloro de nuevo. No puedo creer lo que me está pasando, lo que nos está pasando a todos. También hay silencio. Muchos están callados por obligación como yo. Hago un duelo extraño. Compro jazmines y los reparto entre algunas compañeras. Es un duelo secreto, un silencio ingenuo. No publico nada en las redes. Leo atrocidades. Ayer, mientras la noticia se estaba sabiendo, a la misma exacta hora, yo me caía en la Plaza Almagro y me rompía una rodilla y las dos palmas de las manos. No fue un gran golpe pero sangré. Mi cuerpo se hace eco de todo lo que lo rodea. Es así. Siempre así. Después –todavía no sabía la mala nueva– escribí sobre esperar la llegada de tu cuerpo y después apareció ese otro cuerpo, el que esperé que no fuera pero ya es. Ese cuerpo hundido y las fotos de la miseria humana, del desprecio por la vida del otro. Vi las fitos sin querer, scroleando otra búsqueda, desprevenida. Vi las fotos y volví a llorar en el subte, como tragando sangre. Yo quería escribir nuestro libro por encargo, lo intenté todo el día, lo intenté en la noche, con la netbook sobre las piernas, pero me dolían las manos, me raspaba el talón de la mano lastimada sobre el escritorio, contra las sábanas, y tenía ganas de llorar, todo el día un Río Chubut contenido en la garganta y tu cuerpo lejos, más allá del Norte, sin abrazarme, viajando. Cuando estoy muy triste pienso en vos. Pienso que sos la solución a mis dolores. Abrazada a vos me vuelvo indestructible. Puedo subsistir. Quiero escribirte una carta que no te escribo. Todo el día así. No escribo tu carta y no escribo el libro y me da bronca no encontrarle sentido a nada. Todo está teñido del sinsentido de esa muerte atroz. Pienso varias cosas que diría esta carta, agregaría algunas cosas que no escribí ayer, también. Pero no lo hago. Mando cuatro o cinco párrafos en el word que será un libro, eso lo hago hoy, ahora, y pienso que ese libro no va a ser, tal vez, el libro más lindo de todos sino uno apenas digno de ser escrito, ese que nos encargan, un libro raro, de mujeres que no hubiera elegido entrevistar jamás, el libro de una ciudad que no hubiera admirado, en la que no me habría detenido si no fuera porque pensé que estaba bien escribir ese libro con vos. Decía que mando cuatro o cinco párrafos con el auricular en los oídos, y esas mujeres que entrevistamos hablan de nuevo, repiten artificialmente todo lo que ya nos habían dicho en vivo, y yo escribo mecánicamente y -de pronto- está tu voz, que no había escuchado en estos días, más que la vez que me llamaste, y me doy cuenta que necesitaba escuchar tu voz y acá estoy, escribiendo esa carta que no podía escribirte. Tu voz te hace presente. La parte por el todo. Tu voz. Vos. Mi oído muerto por vos. Aire entrando en mis oídos con vos. El aire que te tiene suspendido en la cajuela de acero. Ahora sí puedo volver a respirar.

Avisame cuando estes recién llegado.

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