leticia martin
Jul 25, 2017 · 2 min read

Nublado en Girona. Una llovizna leve bajó unos grados la temperatura promedio. De todos modos, mejor para viajar. El Ave es una masa. Amplio y limpio, veloz. Male dice que es mil veces mejor que un avión. Comimos en el coche comedor y llegamos enseguida. Girona es una ciudad judía. Vieja, bien vieja, casi toledana. Cruzada por un río, juega a ser Venecia. Sus casitas terminan apenas un metro más arriba de la líneas del río y siguen su curso zigzagueante. No hay veredas sino puentes en esa zona aledaña a la rivera. Más arriba un Castillo medieval, la Basílica de Saint Philip y por último la Catedral mayor. Corona el puñado de edificios enormes, la Universidad de Letras. Justo esa, sí. Fui a verla como si me llamara. Las piedras extraídas del río, redondeadas por la erosión, conforman el adoquinado artesanal que rodea el casco histórico. Tenés que ver cómo están puestas esas piedras en distintas secuencias. Es una obra de arte que todos pisamos sin demasiada conciencia. En círculos, en forma de estrellas, en líneas rectas terminando el friso en un borde, en fin. Como estamos siendo muy agraciadas, caímos en Girona justo el día de la fiesta patronal de San Jaime (patrono del pueblo vecino). Así que la intendencia sacó puestos de comida a la calle, iluminó todo con blancas lamparitas en los árboles, y puso músicos a tocar para su pueblo. Eran las once de la noche acá ya, y no podíamos bajar del casco histórico. El día estaba en pañales. Cerveza, humos en el aire, mucha calma. Una especie de fiesta sin pretensiones.

Antes de eso, subimos a un castillo y lo recorrimos por dentro. Las madreselvas se comen algunas paredes, las que no están derrumbadas, o faltando, las rejas cubren las ventanas altas del castillo y los balcones recuerdan a Shakespeare. Llegamos finalmente a otro de esos castillos de película, esos que tiene un pórtico que se baja y hace las veces de puente, para permitir el acceso a las visitas por encima del foso profundo que rodea la edificación, algunas veces lleno de agua. Tremendo todo. Se dice que en Girona vivieron muchos judíos desde los inicios y que por esa razón los edificios están así de bien conservados.

Esta tarde, en el tren, puse mi música por primera vez después de una semana de viaje. Sonó Lambchop, por azar, y recordé el día que me dijiste que pensabas que sólo nosotros escuchábamos a esa banda. Me quedé dormida con la música y me desperté cantando un tema de Prietto. Soñé que me despertaba sabiendo hablar Catalán. Me sorprendía mucho porque era algo que no me significaba esfuerzo alguno, simplemente me salían solas las palabras de la boca y yo me sentía muy sorprendida.

Ahora me duermo.

Antes te doy un beso en la espalda cuando te das vuelta hacia tu mesa de luz.

    leticia martin

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    poeta bendita / keynesiana de Perón

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